Fito Páez: esa que sabemos todos
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Yo no entiendo de música. Lo único que puedo hacer con ella es escucharla. Mientras hago la cama, mientras riego las orquídeas, a veces si cocino o lavo los platos. Tengo un aparato blanco y redondo que me regaló mi amiga que se fue hace tanto a vivir a Estados Unidos y al que solo tengo que decirle la canción que quiero y la reproduce. Esas cosas de hoy. Obedientes. Pero antes, cuando escuchaba más música, cuando la bailaba por las noches, tenía un minicomponente (así se lo llamaba) que me habían comprado mis padres y allí escuchaba compact discs, radio y casetes. El aparato lo perdí o está en la casa de mi hermano (es lo mismo) pero lo que sí guardo es el mueble alto en que coleccionaba los CD. Lo conservé aunque ya no tenga dónde escucharlos. Por la tristeza.
En aquellos años de sonidos apilados había inventado una categoría para los álbumes que se habían convertido en clásicos (esos que teníamos todos). Era un apodo. Hace días que intento recordarlo pero solo puedo enumerar los títulos que había metido dentro: “Sin documentos”, de Los Rodríguez; “Big yuyo”, de Los Pericos; “Aries”, de Luis Miguel; “El amor después del amor”, de Fito Páez; “Tratar de estar mejor” de Diego Torres; “Tercer arco”, de Los Piojos.
En cada casa, la mía, la de las mellizas, la de mi amiga que se fue, la de mi tío. Algunos quizá faltaban, sobraban, había 3 de la lista, 4, pero el que jamás no estaba era el de Fito. La tapa apenas anaranjada, el don en el pelo, la nuez, la mirada en el rumbo. Preciosa.
A mí este disco me abruma porque (sin pensar en los Beatles, de otro orden) no comprendo cómo puede ser que tenga tantas canciones maravillosas. Ahí, juntas, como si el paraíso pudiera entrar en dos tapas de plástico de esas que quedaron sin sentido (y eso que era lindo tener las cosas en la mano). Lo ponía y lo escuchaba una vez y otra. Los días, las semanas, por meses, hace apenas días, 30 años más tarde, antes de ir a escucharlo a un estadio, de conseguir que me pasara lo mismo que en aquellas tardes en que apretaba el botón play y sonaban los acordes. Cuando él, Fito, consiguió que nos pasara lo mismo a los miles que fuimos. El retumbe en el pecho, las palmas para que por fin saliera al escenario este joven grande de los rulos oscuros delineados de plata, la memoria de algún baile de primaria, los lentos con los brazos estirados, la celebración del álbum más vendido de la historia del rock nacional, la voz desatinada, los dedos en el piano, la cabeza hacia atrás en un espasmo (¿quién dijo que lo masivo no es también genial?).
“El amor después del amor” es un tema hermoso (como “Pétalo de sal”, “Creo” y “Tumbas de la gloria” que arranca: “Tu amor abrió una herida porque todo lo que te hace bien siempre te hace mal, tu amor cambió mi vida como un rayo para siempre, para lo que fue y será”) y es tan hermoso que es el título del álbum (del 92). El amor después del amor. Dos veces amor. Dicen que importó mucho el amor. Que es el disco que cerró en los primeros tiempos de su relación con la actriz Cecilia Roth. Que “Brillante sobre el mic” es sobre su amor anterior, la cantante Fabiana Cantilo. Dice la periodista Leila Guerriero en un perfil que publicó en la revista Gatopardo sobre Fito y los amores: “Siempre fue igual: enamorarse como quien se cae en un estanque”. Fito, en esas entrevistas, dice: “Entendí que abrazarte a la idea del amor es infinitamente más poderosa”. Yo pienso de nuevo en las dos veces que dice amor y me pregunto cuánto importa para hacer cosas lindas.
Hace unos días las mellizas me dieron un libro que yo quería y no encontraba (ellas lo hicieron por mí). Se llama Cartas de amor de hombres ilustres. Es pequeño, parece casero y algunos de sus autores son Beethoven, Einstein, Mozart, Bolívar, Van Gogh, Voltaire. Tremendo. Hay algo ahí, ¿no?
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