Jürgen Habermas discutió con todos los grandes protagonistas de la filosofía del siglo pasado
De Heidegger y Gadamer a Foucault, Derrida y Nancy, el pensador alemán que murió este sábado a los 96 años “dialogó” con sus colegas y hasta polemizó con el cardenal Ratzinger poco antes de ser ungido como el papa Benedicto XVI
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Sintetizar en unas pocas líneas una vida tan longeva y productiva como la de Jürgen Habermas es, ciertamente, un despropósito. Por ello, nos limitaremos aquí a recuperar algunos rasgos de su pensamiento. En primer lugar, cabe recordar que Habermas fue uno de los más enfáticos defensores del proyecto moderno, postura que mantuvo incluso en los momentos en los que la crítica posmoderna llegó a convertirse en una suerte de sentido común filosófico a fines del siglo XX.
Para el filósofo, los aspectos cuestionables de la modernidad evidenciaban que se trataba de un proyecto incompleto, no de algo que debía ser abandonado por su obsolescencia. De ahí su insistencia en una razón de tipo universal, intersubjetiva, en la que se apoyó la construcción de su “Teoría de la acción comunicativa” y su “Ética del discurso”.
En la acción comunicativa lo que se busca es que haya entendimiento (a diferencia de lo que sucede con lo que Habermas llama “acción estratégica” en la que el objetivo es el éxito). Por ello, la validez de los argumentos que se emplean en un diálogo resulta capital. En una situación ideal de habla -como la que postulaban Habermas y sus seguidores- los sujetos no intentarían persuadir a sus interlocutores de la verdad de un enunciado empleando argumentos falaces, sino que entablarían con ellos una investigación en la que todos se someterían exclusivamente a la autoridad de la razón. A lo que se aspira es a un consenso ideal apoyado exclusivamente en la fuerza de los argumentos. La ética del discurso que emerge de allí es cabalmente “moderna”: es una ética universalista, sustentada en una razón intersubjetiva y dialógica.
Uno de los principios en los que insistió Habermas fue, justamente, el de “universalización”, que sostiene que “toda norma válida ha de satisfacer la condición de que las consecuencias y efectos secundarios que se derivan, previsiblemente, de su aceptación general para la satisfacción de los intereses de cada particular, pueda ser aceptada libremente por cada afectado”.
Más allá de los conceptos centrales de sus planteos, algo por lo que indudablemente será recordado Habermas es por la infinidad de polémicas en las que se vio envuelto. Discutió con todos los grandes protagonistas de la filosofía del siglo pasado: de Heidegger y Gadamer a Foucault, Derrida y Nancy. Y cuando no le quedaron filósofos con los que “dialogar”, polemizó con el cardenal Ratzinger poco antes de ser ungido como el papa Benedicto XVI.
Como sucede con todo intelectual, más allá de la muerte hay una presencia que perdura en los estantes de la biblioteca (el célebre paraíso borgeano). Pero en este caso, hay algo muy particular. Los libros de Habermas que todos aquellos que entramos en contacto con la filosofía durante el siglo XX conservamos en nuestro pequeño paraíso doméstico –libros de papel, y con algo de polvo encima- atesoran no sólo el pensamiento del filósofo alemán, sino una serie de problemáticas y modalidades de la filosofía muy propias de un tiempo que, ahora lo advertimos, también se nos está escurriendo.
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