
La ciencia como saber conjetural
EL MUNDO DE PARMENIDES Por Karl Popper (Paidós)-400 páginas-($ 32)
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AL promediar las consideraciones que realiza en este libro, Karl Popper (1902-1994) enuncia una convicción que lo pinta de cuerpo entero: "Como es natural, no podemos abandonar la racionalidad parmenídea (la búsqueda de la realidad tras el mundo fenoménico y el método de las hipótesis rivales y la crítica) ni tampoco la búsqueda de invariantes. Mas lo que sí hemos de abandonar es la identificación de lo real como lo invariante".
Esta identificación, califiada por Popper de improductiva, encontró en Aristóteles a su primer promotor. "No me gusta Aristotéles -confiesa sin pudor el autor de La sociedad abierta y sus enemigos -. El cree que conoce." Y que crea conocer significa, para Popper, que Aristóteles está convencido de poseer episteme , es decir un saber irrefutable. De esta manera, el preceptor de Alejandro Magno habría puesto fin a una tradición venerable que aún en Platón puede ser reconocida: la de los cosmólogos presocráticos. Entre ellos hay tres en los que este libro se demora con inocultable deleite: Jenófanes, Parménides y Heráclito de Efeso.
De las meditaciones que estos tres pensadores nos legaron, dos son las que concentran el interés de Karl Popper. La primera atañe al problema del cambio, vale decir a las relaciones entre transformación y permanencia. La segunda remite a la distinción por ellos efectuada entre doxa y episteme . La episteme , saber verdadero y concluyente acerca del mundo y la naturaleza de las cosas, sólo está, para los presocráticos, al alcance de los dioses. La doxa , conjetura susceptible de incesante perfeccionamiento, es todo lo que el hombre puede elaborar acerca de ese mismo mundo y de esa misma naturaleza de las cosas. La sabiduría, en consecuencia, es exclusivo atributo celestial; la opinión, entendida como hipótesis, es un ineludible destino humano que, no obstante, puede combatir su propia precariedad aventurando sin pausa nuevas teorías, desplegando incesantemente la crítica, revelándose contra las seducciones del dogmatismo. Y si es cierto que con ello no alcanzará jamás la episteme , sabrá embestir en cambio,una y otra vez, contra el encierro en la inmovilidad de un conocimiento falaz y estéril a fuerza de ser ciego ante sus propias limitaciones. Si no nos es posible acceder a lo definitivo, nos es al menos factible desterrar sin pausa la ilusión de haberlo alcanzado, empeñandonos en la confrontación de hipótesis contrarias. No en otra cosa consiste el progreso científico. Tal es la convicción más íntima de Popper, su bandera metodológica fundamental.
Como un nuevo Prometeo, Aristóteles habría pretendido arrancar a los dioses el privilegio de la episteme y ofrendarlo al hombre. De esta manera escaparían los mortales al yugo de la doxa , a las perpetuas incertidumbres del pensamiento conjetural. El obsequio, por supuesto, resultó más que cautivante. Durante siglos, promovió el fervor dogmático y adoctrinó a muchedumbres. Hoy todavía, dice Popper con pesar, abundan los epistemólogos que en su incurable afán de certeza se inclinan con veneración ante el método inductivo de Aristóteles.
Es mucho más, sin embargo, lo que la ciencia moderna -de Galileo a Einstein- debe a los presocráticos que a la asfixiante presunción del pensador de Estagira y su nutrida caravana de adeptos. "Nada más estéril que convertir a las definiciones en una fuente de conocimiento rica." Aristóteles, decreta Popper, "mató a la ciencia crítica" y su resurrección se demoraría cientos de años. Pero, puesto que tal resurrección tuvo lugar, se trata ahora de reconocer lo que la ciencia supo llevar a cabo: la recuperación plena del espíritu y el rumbo de los grandes creadores presocráticos. A este resarcimiento debe ella su formidable desarrollo actual. De esta manera enlaza Popper pasado y presente, resaltando un parentesco cuya fecundidad lo cautiva y sobre cuya importancia no se cansa de insistir.
El otro célebre destinario de la crítica popperiana es Francis Bacon. Popper refuta el principio baconiano que asegura que "la ciencia parte de observaciones para pasar luego, lenta y cuidadosamente, a las teorías." Proponía el redactor del Novum Organum que, procediendo de tal modo, podía probarse que los enunciados científicos eran verdaderos . Popper, por supuesto, decreta ilusoria esa afirmación. Para él, todos los enunciados de la ciencia sólo son y serán siempre hipótesis, suposiciones o conjeturas, pues ninguno de ellos podrá agotar jamás la necesidad de reconsideración crítica. Popper desalienta la creencia según la cual las conjeturas de la ciencia pueden partir de la observación. Acaso al hacerlo, Popper haya tenido presente la memorable advertencia kantiana de 1787, cuando el autor de la Metafísi ca de las costumbres afirmó que es la razón la encargada de convertir en hechos observables éste o aquel aspecto de la realidad. En otras palabras, un objeto observable lo es en virtud de una categorización previa que lo apronta para que pueda ser percibido como tal. No otra era la convicción de los cosmólogos presocráticos y en los desarrollos de la física moderna es posible reconocer la prodigiosa vigencia de aquellos planteos remotos.
Karl Popper dejó este mundo tras haberlo habitado largamente y haber meditado, también largamente, sobre él. El último libro que nos legó remite a los orígenes de una actitud en la que se acoplan los ideales democráticos y los científicos. No podía ser de otro modo en un filósofo que aconsejó renunciar al sueño de la posesión de la verdad pero no al ideal de su búsqueda.


