La lista de los pendientes
Me gusta anotar las cosas que quiero y no tengo. Las simples. Tengo un cuaderno precioso del tamaño de un bolsillo que tiene en la tapa hojas y flores y mariposas (me lo trajo mi amiga Lina de Colombia) en el que escribo los libros que me quiero comprar. Amor sin fin, de Scott Spencer. Música para corazones incendiados, de A. M. Homes. El salto del ciervo, de Sharon Olds. Es una lista larga porque siempre quiero comprar más pero luego recuerdo los que tengo en la biblioteca y aún no leí así que sigo anotando y los dejo ahí. También tengo en algún sitio un papel suelto con los nombres de los países a los que dije que iba a viajar. Para mis 40 años tenía planeado ir a Israel. Todavía no lo hice. Tengo en la computadora un carrito virtual con más de quince prendas de Zara. Tengo un archivo de Word con ideas de artículos para escribir. Tengo un chat conmigo misma en el que lanzo líneas sobre los temas que quiero pensar y me digo “no te pongas muy rabiosa”, “que una cosa vaya detrás de la otra”, “sé comprensiva, la gente no es tonta”.
También tengo una agenda. Cada diciembre voy a la librería de la calle San Martín y me quedo unos minutos mirando las opciones aunque nunca cambio la decisión: algo pequeño, algo liso, algo sencillo. Este diciembre recuerdo que caminé varios pasos con una Morgan negra y elegante en la mano porque tenía un borde dorado pero luego me dio culpa gastar ese dinero y me compré una azul que en la tapa, también en azul, dice 2026. Mis agendas tienen colores distintos porque quiero que se vean lindas en el cajón en que las guardo. Están ordenadas de las nuevas a las viejas y hay días en que las consulto para chequear cuándo fue que tal cosa. 2016. 2022. 2025. Y es que yo en la agenda anoto todo. Las obligaciones, los cumpleaños, los regalos que compré, las veces que voy al médico, las tardes en que meriendo con mis amigas, cuando almuerzo con quien sea. Anoto lo que tengo que hacer en la semana pero también anoto lo que hice en febrero si por alguna razón no lo anoté en su momento y anoto además lo que voy a hacer de acá a que termine el año. Ya tengo días ocupados en agosto y en octubre. No sé qué va a pasar entonces pero lo anoto igual. A mí las cosas que tengo que hacer me ordenan. Miércoles, pilates a las 15 y terapia 16.15. Y el orden me tranquiliza. Lunes a las 9, sacarme sangre. Me da un marco de sentido. Domingo, como con mis padres en La Bernardita. Yo estoy todo el tiempo detrás del sentido. Por eso las listas, los cuadernos chiquitos, los mensajes para mí, las agendas desde la secundaria. Son elementos que quiero a mi alrededor. Me hacen sentir que hay un futuro, que soy una mujer que tiene de qué ocuparse.
Pero hay algo sobre lo que nunca escribo. Apenas lo digo, de pronto, en un momento de gran sinceridad o de tremenda vulnerabilidad. Es algo en lo que ni siquiera me permito pensar: los pendientes que no voy a conseguir. Las cosas que pensé que iba a tener o hacer y que ahora ya no puedo porque es tarde y no porque es simplemente tarde sino porque es infinitamente tarde, imposiblemente tarde. Tener 20 años, no regresar a mi casa hasta la mañana siguiente, no avisarles a mis padres; terminar el colegio y trabajar dos años como azafata; aprender a manejar a los 16 y llegar en auto al colegio; dar el curso de ingreso para el conservatorio de arte dramático y aprobarlo; ganar una beca para estudiar un año en algún país de Europa, mejor Italia. No. De eso no hablo. Eso destroza los libros que quiero comprar y los pasajes que quiero sacar y las ganas de pasar un fin de semana en Mar del Plata con mis amigas y mi voluntad para cumplir con cada uno de los puntos tengo anotados. No. De eso no hablo, no escribo, no pienso. No dejo huellas. Solo intento una única cosa: que la lista no crezca.
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