Enigma: ¿Era realmente cristiano Leonardo Da Vinci?

Pablo Gianera
Pablo Gianera LA NACION
"La Última Cena", un mural religioso de Leonardo
"La Última Cena", un mural religioso de Leonardo
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8 de junio de 2019  

En el altar de la parroquia Inmaculada Concepción, de Belgrano, hay un bajorrelieve del escultor Miguel Castellanos que replica, gesto por gesto, La última cena, el mural que Leonardo da Vinci pintó, a instancias de Ludovico Sforza, en el refectorio del convento Santa Maria delle Grazie, en Milán. No es raro que, desde su conclusión en 1497, y aun con el deterioro producido por evitar el buon fresco y trabajar con una nueva técnica mixta al temple que fracasó, fuera reproducida en muchísimas copias e imitaciones y se convirtiera en modelo para el tratamiento del tema.

Leonardo elige un momento muy particular, aquel en el que Jesús les dice a los discípulos: "Les aseguro que uno de ustedes me entregará" (Mt. 26, 21). Hay asombro y tribulación. Pero el desorden del anuncio se compensa con el uso de la perspectiva central, merced a la cual todas las líneas convergen en la cabeza de Cristo y se subraya así la centralidad del Redentor. No menos conmovedor es el Salvator Mundi, vendido hace poco por 450 millones, y de cuya autenticidad puede dudarse con todo derecho. El Redentor, nuevamente, nos contempla allí con la misericordia en los ojos.

Pero a pesar de esta devoción de las representaciones, ¿era Leonardo realmente cristiano?

En su amplísima introducción (un libro en sí mismo) a la versión española de Cuadernos de arte, literatura y ciencia del artista, José Emilio Burucúa y Nicolás Kwiatkowski señalan ciertas inconsecuencias en la biografía escrita por Giorgio Vasari. En la segunda edición de las Vidas de los pintores, fechada en 1568, Vasari escribió que en el momento de su muerte Leonardo tuvo un impulso final, in extremis, de "informarse diligentemente de las cosas católicas y de nuestra buena y santa religión cristiana, y luego, confesado y arrepentido con mucho llanto, quiso recibir devotamente el santísimo Sacramento fuera de la cama". Sin embargo, en la primera edición, de 1550, se leía lo siguiente: "Disputando de las cosas católicas, volvió al buen camino y se convirtió a la fe cristiana con mucho llanto". Todavía hay más. Vasari también excluyó un pasaje, a propósito de sus investigaciones científicas: "Por lo que erigió en su ánimo un concepto tan hereje que él no se adaptaba a ninguna religión y estimaba ser más bien filósofo que cristiano". Es claro que Vasari intentó proteger y adecentar a Leonardo.

El censo de la biblioteca que poseía el artista no revela un interés marcado por las lecturas cristianas. Encontramos allí la Biblia, La ciudad de Dios, de san Agustín, una vida de san Ambrosio y poca cosa más. A esto podemos agregar un proverbio consignado en sus Cuadernos: "Fariseos quiere decir frailes santos". Esto sin contar que su pintura del Bautista parece más bien una imagen de Baco.

"La Anunciación"
"La Anunciación"

¿Son suficientes estas evidencias para concluir que Leonardo no creía en el Dios del cristianismo? Habría que responder que no. En otro pasaje, el propio pintor señala: "Te obedezco, Señor, en primer lugar por el amor que razonablemente te debo, en segundo lugar porque sabes abreviar o prolongar la vida de los hombres". Como señalan con agudeza Burucúa y Kwiatkowski, en Leonardo podía haber anticlericalismo y alergia a la teología, algo muy propio de la época por lo demás, lo mismo que el desdén de la metafísica, inmune a la prueba de la experiencia. Sin embargo, ni una cosa ni la otra implican impiedad cristiana.

Habría que formularse una pregunta más: ¿cambiaría nuestra emoción al contemplar La última Cena, la Anunciación o la Virgen de las Rocas si tuviéramos la certidumbre de que la mano que las pintó no estaba movida por el fervor? ¿Es verosímil que tales pinturas fueran construidas como puro artificio?

En este punto, ya no nos importa qué pensaba Leonardo ni en qué creía porque acaso fue él una herramienta. Después de todo, y como observó el filósofo Hans-Georg Gadamer, en toda obra de arte no solo se remite a algo fuera de ella, sino que en ella misma está efectivamente aquello a lo que se remite.

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