
Los Soprano
Por Laura Ramos Para LA NACION
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Aunque cada capítulo podría definir a su creador, David Chase, como un Dickens moderno, Los Soprano se revela como un dispositivo hipertextual que dispara citas a los grandes maestros del género mafi oso, el cual, por otra parte, funciona como lo que Hitchcock llamaba el mac guffin, el pretexto para hablar de lo que verdaderamente interesa a la serie: la familia como institución burguesa. En supuesta rigurosa y conceptual, Chase se traviste, como Proust al escribir, en una modista meticulosa que cose un vestido. La psiquiatra Melfi puede vacilar sobre cuánto litio prescribir a Tony Soprano; el vestuarista de Carmela Soprano no vacila jamás. A la manera de Coppola, Chase presenta a la mafi a como una tragedia griega y a sus gángsters como personajes de Don DeLillo o de John Updike, pero en algunos aspectos va mucho más allá de la gran novela americana, porque solo Fedra, y la madre de Tony Soprano, atesoran la hondura y la ferocidad suficientes como para intentar el asesinato de sus hijos.
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