Premio Booker: Los testamentos busca encontrar la esperanza en el horror

Dolores Graña
Dolores Graña LA NACION
La portada del último libro de Atwood
La portada del último libro de Atwood Fuente: AFP
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14 de octubre de 2019  • 18:46

Cuando se publicó El cuento de la criada, en 1985, Margaret Atwood usó las "lecciones de la Historia" (imperfectamente aprendidas, podemos afirmar) para construir con ellas una ficción que buscaba señalar el camino que la humanidad atravesaría -o volvería a recorrer- si daba por sentado y no vigilaba las libertades conseguidas hasta el momento. Su protagonista era tan anónima como los cuentos de Canterbury que inspiraron su título, dado que su tragedia era la de miles, que como ella, veían cómo su lugar en la sociedad quedaba reducido a su capacidad de dar a luz a los hijos que perpetuarían la República de Gilead.

Casi treinta y cinco años más tarde, Los testamentos, su continuación -que acaba de ganar el premio Booker, el más importante de habla inglesa, junto con Girl, Woman, Other, de Bernardine Evaristo - debe realizar una operación tan efectiva como su predecesor, pero de signo opuesto: convencer a quienes están seguros que Gilead está a la vuelta de la esquina, a quienes han tornado un éxito global a la serie inspirada por el libro y han convertido al uniforme rojo de las criadas en el signo universal de la lucha por los derechos de la mujer, de que el futuro no está escrito. Y que, en el caso de que sus predicciones más extremas terminen palideciendo ante la realidad, aún hay esperanza. Pero, sobre todo, realpolitik.

Editado por Salamandra en castellano, Los testamentos está narrado por tres personajes. Dos de ellas son jóvenes cuya identidad será muy fácil de desentrañar por quienes hayan visto la serie, que ha modificado sustancialmente el eje político de la historia original para encontrar una verdadera heroína con todas las letras (con valor y astucia casi sobrenaturales, encarnadas en los feroces ojos de Elisabeth Moss) donde El cuento de la criada sólo encontraba una conciencia maravillosamente humana tratando de dejar constancia de haber vivido.

Los testamentos sin embargo, pertenece a la Tía Lydia, que en esta novela se revela como una de las arquitectas de la teocracia de Gilead, a cargo del control y distribución de su bien más escaso (mujeres fértiles) pero también, quince años después de los sucesos originales, como su silenciosa verduga, desmantelando a fuerza de astucia, chantaje y violencia las estructuras de poder que -explica en su poderoso monólogo, donde vuelven a relucir las conocidas dotes de Atwood para contruir personajes a través de sus paisajes mentales- debió diseñar para contener "males mayores". Si esta novela funciona como apelación de Lydia (y acaso de toda la generación de la autora, parte de la segunda ola del feminismo) ante el juicio de la Historia de que sin su intervención Gilead podría haber sido aún más cruel, también opera como admonición ante el silencio y la complacencia de las generaciones posteriores y como - relato televisivo mediante - amargo final feliz que deja en claro la necesidad de luchar aunque la batalla parezca terminada.

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