Manuscrito: del “Conurbano salvaje” al “Dibujo del tiempo”
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Días atrás, en un salón de amigos dedicado a la presentación del nuevo libro de Carlos M. Reymundo Roberts y Daniel Bilotta, Conurbano salvaje, recibí de manos de Daniel Sabsay (“la reencarnación viviente de la Constitución argentina”, como lo bautizó el diputado Fernando Iglesias) el regalo de un ejemplar de El dibujo del tiempo de Silvina Ocampo. El obsequio tenía sentido: un par de días más tarde, el 28 de julio, se conmemoraba los 120 años del nacimiento de la escritora, pintora y extraordinaria personalidad de la cultura argentina, esposa de Bioy, amiga de Borges y hermana de Victoria. Sabsay me entregó el libro y me dijo que adoraba hablar de ella.
Reunidos todos, nos predispusimos a escuchar los relatos. Desde el comienzo del libro, cuando Reymundo Roberts prepara el contexto de sus historias bajo el título de “aquella tierra prometida”, se instala en el oído del lector un repertorio de palabras fulminantes, cuya resonancia atraviesa como balas los capítulos de Conurbano salvaje: “Un territorio enorme, pobre, feroz, desigual, superpoblado e irredento, sinónimo de marginalidad, inseguridad y decadencia”; una ráfaga que nombra el espanto con las patotas, el hambre, la mafia, el miedo, el delito, el adoctrinamiento, la furia, el descontrol y el fracaso (“uno de los fracasos más flagrantes y estrepitosos de la historia política moderna”, afirma en el prólogo el escritor y periodista Jorge Fernández Díaz), hasta arribar a la frase que lo dice todo: “La tierra prometida devino en infierno”.
Por la noche comencé a leer El dibujo del tiempo. Llegué a la evocación que hace Silvina de su gran amigo: “A Borges le gusta la provincia de Buenos Aires. Recuerdo aquel verso de Ronsard que él repite a menudo —dice—: Triste, el pecho abierto en el umbral de mi provincia.”
Y así, con las visiones y los ecos superpuestos de ambos libros, los recuerdos de Silvina Ocampo incorporaron sus trazos emotivos a las crónicas salvajes de Carlos y Daniel. “A Borges le gustan los puentes —continuó—. Le gusta ser argentino. Durante años paseábamos por uno de los rincones más sucios y lúgubres de Buenos Aires: el Puente Alsina. Caminábamos por las calles repletas de barro y de piedras. Llevábamos a los amigos escritores que venían de Europa o América del Norte […]. Aquel puente no se parecía a ningún otro en el mundo. A veces, en el camino, luego de cruzarlo, como en una especie de sueño, encontrábamos caballos y vacas perdidas, como en el campo profundo. “—¡Aquí está el Puente Alsina! —decía Borges, cuando estábamos cerca de los escombros, la basura y la pestilencia de las aguas.”
Llegado el aniversario, le pedí a Sabsay que me hablara de ella. “Tenía una frescura increíble, era divertida, ocurrente, le gustaban los niños y era de una picardía extraordinaria. Lo cuidaba mucho a Bioy —me contó—. La conocí a los 15 años, cuando mis padres, que tenían una editorial llamada Losange, le publicaron Los traidores. Después tuve un noviazgo con Marta, su hija, que murió el mismo día en que murió mi esposa”. Pero esa historia la dejamos para otro día.
Conurbano salvaje es un fresco que habla de experiencias poco conocidas: la República de los Falcon 0,50, por ejemplo, un servicio de transporte urbano ilegal en el que Reymundo Roberts recorrió Laferrere con su vocación de cronista y de viajero. “A Borges le gusta su provincia como un viajero —leí a continuación en las páginas más románticas y menos salvajes de la memoria de Silvina—. En ella descubre un mundo de sorpresas que ya no son nuestros árboles de hojas enormes, el canto ardiente de nuestras aves, nuestras flores perfumadas, nuestro campo por doquier, nuestro Río de la Plata, sobre todo la simplicidad de un lugar, la riqueza de las basuras, un sombrero nuevo entre las cáscaras de manzana —enumeró—, y la pobreza extrema de un paisaje, el genio rebosante de poesías o de estupidez en las frases burdas o sutiles que oímos en la calle”.
Oímos las páginas de Conurbano…, y después, de otro de esos viajes, las vacaciones de Borges en la provincia, cuando recorrían Adrogué: visitaban una casa misteriosa en cuyo jardín se encontraban cuatro estatuas de terracota representando las estaciones del año. Un día la casa se comenzó a demoler y Silvina le prometió a Borges que compraría las estatuas. Lo logró. Las hizo transportar, y las estatuas llegaron a una de sus casas de campo. “Llegaron, pero con el Invierno decapitado, el Otoño sin senos, el Verano sin brazos y la Primavera sin flores ni nariz. Desde entonces, cuando las contemplo, allá abajo en nuestro jardín, me parece a menudo que estoy con Borges en Adrogué”.
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