Muchachos, nos volvemos a ilusionar
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La Argentina ganaría sin dudas el campeonato del mundo si echarle la culpa al otro fuera un deporte. En la cancha, el gol es por culpa del árbitro que no vio el offside, o del arquero, o del defensor (y sí, a veces puede ser, pero no siempre). En la calle, el que choca señala al chocado. El que recibe la multa se enoja a los gritos con el gobierno de turno porque lo único que quiere es ”recaudar”. En el trabajo, uno se molesta con su compañero porque no hizo las cosas de determinada manera o, si algo no funciona de acuerdo a lo planeado, se lo atribuye a que le dieron mal las instrucciones. Y como en los casos anteriores, a veces es así, la culpa es del otro, pero es raro que eso sea la regla y no la excepción. Es un deporte en el que competimos todos los argentinos. Y se convierte en cosa seria cuando los que disputan el campeonato son los diputados, senadores, gobernadores, el presidente, los famosos. Se echan culpas por el triple crimen en Florencio Varela; se apuntan con el dedo por los errores propios justificando los errores ajenos del pasado o del presente; se gritan e insultan porque uno acusa a otro de golpista y el otro se siente ofendido porque lo señalan como oficialista. Pero pocos se hacen cargo. Y por eso seríamos campeones.
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