Mulanas: un viaje por la historia entre caudillas, artistas e indígenas latinoamericanas

Recreación visual de Martina Chapanay
Recreación visual de Martina Chapanay
Cecilia Martínez
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3 de agosto de 2020  • 20:50

La pintora uruguaya Josefa Palacios resuelve un cuadro. Rosita Campusano se confiesa y Leopoldina de Braganza y Javiera Carrera accionan en pos de la independencia en los países vecinos. Estos recortes en la vida de mujeres del continente forman parte de los relatos reunidos en Mulanas, espacio virtual dedicado a la divulgación de figuras de la historia latinoamericana.

A través de narraciones orales, acompañadas de un variado material visual, la autora del proyecto, Emilia Zavaleta, rescata a líderes y caudillas, artistas e indígenas, y vincula lugares, culturas y episodios.

La narradora comparte semanalmente vivos en Instagram (@sermulanas, este jueves, a las 18.30) basados en escritos propios con distintos registros para referirse a estas mujeres a través de diálogos, reflexiones en primera persona tomando la voz del personaje, crónicas y descripciones imaginarias según hechos documentados.

En otras exposiciones, plantea dinámicas compartidas con artistas: una pintora lleva al lienzo en simultáneo lo que ella cuenta sobre Leopoldina de Braganza, una cantante pone música al relato sobre alguna heroína indígena o un corto traslada a la pantalla un intercambio epistolar imaginario entre Rosita Campusano y Manuela Sáenz, interpretadas por Sonia Zavaleta -hermana de la autora- y la actriz Laura Laprida, su prima.

Emilia Zavaleta, creadora de Mulanas
Emilia Zavaleta, creadora de Mulanas

Sus estudios en Relaciones Internacionales e Integración Latinoamericana, junto a los años en Cancillería y su red de contactos con otras profesionales del continente, sumados a su "pasión por la historia", llevaron a Emilia a crear Mulanas, vocablo con el que buscar definir a las mujeres de la historia pasada y presente de América Latina.

En su familia, tampoco es un dato menor la presencia femenina. Hija de la Trilliza de Oro María Emilia, la autora creció rodeada de sus tías y una mayoría de primas, a quienes, según cuenta, criaron "como hermanas". La partida de una de ellas, Geñi Laprida (hija fallecida de María Eugenia), fue un disparador a la hora de replantearse su presente. "Me enseñó mucho y su muerte, más. Empecé a querer incorporar cambios", señala.

En su mesa de luz, la bibliografía se acumula. Le envían material de otros países, acude a las fuentes de la literatura del siglo XIX, romances, y mantiene contacto con historiadores y expertos o descendientes lejanos de sus retratadas. "Hay muchísima obra literaria que no está valorizada en Latinoamérica", opina. Y recomienda revisar clásicos como La Cautiva, de Esteban Echeverría; Amalia, de José Mármol; La Chapanay, de Pedro Echagüe; El Imperio eres tú, de Javier Moro; o Leopoldina, la historia no contada, de Paulo Rezutti. También novelas contemporáneas como Amores Cimarrones, de Marcia Collazo; Nuestras Vidas son los Ríos, de Jaime Manrique; Mariquita Sánchez, de María Sáenz Quesada o Malinche, de Laura Esquivel. Del mismo modo, recurre a fuentes como las memorias de Mitre, Alberdi o Lucio Mansilla; recopilaciones históricas como las de Hernán Urbina Joiro, cartas a reyes y generales de los archivos de museos y obra poética y de historiadores como Pacho O' Donnell, Felipe Pigna o Félix Luna.

Zavaleta busca comunicar desde lo sensorial e ilustra parte de su trabajo con imágenes de escenarios que evocan visualmente a esas vidas. "Al recordar a Encarnación Ezcurra, recurrí al campo, la sierra, el ganado; a Martina Chapanay, al caballo, los valles de San Juan, la región de Cuyo; en Brasil, a los colores. También, si hay monumentos, me gusta retratarlos, como hice con Juana Azurduy o La india Catalina en Cartagena. De Leopoldina de Braganza, archiduquesa, hay pinturas, mientras que otras son dibujadas en base al imaginario colectivo, como Martina Chapanay", apunta.

"Desembarco de los treinta y tres orientales", pintura de Josefa Palacios, Museo Histórico de Montevideo
"Desembarco de los treinta y tres orientales", pintura de Josefa Palacios, Museo Histórico de Montevideo

Al seguir el rastro de algunas mujeres, "van apareciendo otras", de las que toma nota. "¿Cómo nadie nos contó esto?", se pregunta. En la provincia de Buenos Aires, dice que recorrer las estancias de próceres y su patrimonio "poco valorizado" es otra cuenta pendiente.

Relatos sobre Anita Perichón, María Saénz de Vernet, Juana Azurduy, Juana Manso, Teresa de Ascencio, María Sáez de Vernet y otras figuras están disponibles en su perfil o en emisiones del programa Mañanas nuestras, conducido por las Trillizas, donde expone narraciones por temáticas como las mujeres de la revolución, el amor en tiempos de guerra o las "espías". A Spotify también subió una lista de 'Mulanas' con temas de cantantes, autoras y compositoras de estas tierras.

Entre sus próximas protagonistas, irá tras la pista de Mamá Antula, Malinche, Leona Vicario, Bartolina Sisa, Flora Tristan, Tarsila Do Amaral y Violeta Parra.

Un poema para Melchora Cuenca, la lancera

Sobre esta mujer, Emiliza Zavaleta cuenta: "En el río Queguay vivió una lancera abandonada y desamparada. Melchora Cuenca, así se llamaba. De Paraguay llegó Melchora en 1815, junto con su padre, al campamento de José Artigas en Purificación, para dar apoyo a las tropas independentistas. No tardó mucho en caer bajo los encantos del general. Y él en los suyos. Se convirtió en su lancera, su mujer y la mamá de sus dos hijos, Santiago y María. Diestra con la lanza, recorrió campos, esteros y matorrales. Vivió entre los indios, los gauchos y los combatientes que defendieron la tierra oriental, de un lado y del otro de la frontera".

Leopoldina de Braganza y la independencia de Brasil

"Considerada únicamente como la esposa del emperador Pedro I y madre de Pedro II, la archiduquesa austríaca Leopoldina de Braganza fue mucho más que eso para Brasil. Además de ser una de las principales articuladoras entre los grupos políticos de la época favorables a la independencia, sustituyó a don Pedro cuando estaba ausente, primero como princesa regente en 1822 y luego como emperatriz. Abrazó a Brasil como su país y Brasil la adoptó a ella, con paciencia y fortaleza para soportar las desgracias y obstáculos de su corta vida", escribe Zavaleta.

Retrato de época alusivo a Martina Céspedes
Retrato de época alusivo a Martina Céspedes

Martina Céspedes y el secuestro de soldados ingleses

Sobre cómo Martina Céspedes secuestró a doce soldados ingleses junto a sus tres hijas durante la segunda invasión inglesa en 1807, Zavaleta relata: "San Telmo, 1807. No había bastado con aquel primer intento en junio del año 1806 para que la corona británica entendiera que los porteños no estaban tan desamparados como parecían. El peligro llegaba por el río. Martina, viuda y con tres hijas, era popular en el barrio por tener una pulpería. Los ingleses ya estaban dentro de la Iglesia de Santo Domingo. Llega la noche fría y oscura, y Martina escucha la cercanía de un grupo de hombres que finalmente tocan a su puerta. Ella los está esperando. Uno a uno los soldados se sumergen en la oscuridad de la casa, mientras las hadas les dan ginebra, los enrollan, los atan y amordazan, despojándolos de sus armas."

Javiera Carrera, madre de la patria chilena

En relación a Javiera Carrera (1781-1862), la autora indica: "Indiscutible promotora de los inicios de la independencia del país trasandino, dejó todo por la revolución y con un fuerte arraigo a las ideas antimonárquicas, se unió a las filas políticas independentistas de Chile dejando de lado su rol de esposa y madre. Mujer significativamente valiente que bordó la primera bandera chilena durante el gobierno de la Patria Vieja. La familia Carrera, de tres hermanos varones y una hermana mayor, fue la más comprometida con la causa independentista chilena. Esta familia fue juzgada y aislada de la historia, de forma equivocada, cuando sus hermanos fueron -injustamente- fusilados por orden del general O'Higgins y otros integrantes de la Logia Lautaro. Javiera volvió luego del exilio a su tierra y murió a los 80 años en su casa en El Monte, donde hoy existe la Viña Doña Javiera".

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