Pensar distinto: cómo transformar la propia mente para enfrentar la nueva realidad
¿Cómo movernos en esta realidad desafiante, en la que las reglas de juego cambian a la velocidad de la mutación del virus? Transformar la propia mente parece ser un necesario primer paso para innovar con los recursos disponibles
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Un ejército de hormigas que caminan por nuestro cerebro. Esa es la inquietante imagen que ofrece Estanislao Bachrach para explicar cómo funcionan los pensamientos negativos automáticos (ANTs, por sus siglas en inglés). Esos intrusos indeseados que no nos conviene matar –porque regresarán con más fuerza, según advierte este biólogo experto en innovación y liderazgo–, sino reemplazarlos por otros “más realistas o racionales”. Para salir así de la trampa del “nunca me sale” o “no voy a llegar jamás”.
“Estamos en temporada alta de ANTs, el hormiguero está que explota”, bromeó el conductor Diego Scott al entrevistar a Bachrach junto con Carola Gil para El primer café, un podcast producido por LA NACION y Spotify. Se refería, claro, a la reacción más común ante las múltiples dificultades provocadas durante el último año por la pandemia, que obligaron al mundo entero a adaptarse a un escenario desconocido.
¿Cómo movernos en esta realidad desafiante, en la que las reglas de juego cambian a la velocidad de la mutación del virus? ¿Cómo contribuir a crear la era pospandémica, con paradigmas actualizados y sustentables? Cambiar la forma de pensar y abrirse a trabajar en equipo para aprovechar al máximo los recursos disponibles parecen ser necesarios primeros pasos. Así lo sugieren varios libros sobre neurociencias, psicología, creatividad e innovación; algunos de ellos se volvieron best sellers y masificaron el conocimiento sobre cómo funciona nuestro cerebro.
“Hay un viejo proverbio chino que dice: ‘Cuando el viento cambia de dirección, unos construyen muros, otros construyen molinos’. En las épocas de cambio, nuestro instinto natural es el de excavar un agujero o construir muros que nos protejan”, observan Dorte Nielsen y Sarah Thurber en Conexiones creativas (Gustavo Gili, 2018), libro centrado en la tesis de que la habilidad de establecer conexiones es esencial para desarrollar la creatividad. Y esta última, sostienen, “nos ayuda a construir molinos. Es el tipo de pensamiento que nos permite aventurarnos en territorio desconocido, atisbar oportunidades, generar opciones y encontrar nuevas soluciones en nuestra vida privada, en la política, en nuestras escuelas y en nuestros trabajos. No hay innovación sin creatividad”.
Cuando se detienen en esta cualidad cada vez más importante para el liderazgo y para cualquier empleo, aclaran las autoras, no se refieren solo a la capacidad de expresión artística, sino a “la resolución creativa de problemas, al tipo de pensamiento que te permite permanecer abierto a la ambigüedad, descubrir huecos, hacer caso a las corazonadas, revertir asunciones, detectar oportunidades estratégicas, conectar ideas e imaginar un futuro tan atractivo que los demás querrán seguirte hacia él”.
“Una vida creativa es una cuestión riesgosa”, anticipa Stephen Nachmanovitch en Free Play (Paidós), su clásico tratado sobre la improvisación aplicada a la vida cotidiana. Destaca, sin embargo, que el uso de la imaginación contribuye a la comprensión, el placer, la responsabilidad y la paz. Sin duda, cuatro de las cosas que hoy más necesitamos.
Asumir ese riesgo implica salir de lo conocido y de la rutina para descubrir otros puntos de vista e intercambiar ideas. Desarrollar empatía y resiliencia para contribuir a la inteligencia colectiva, sostiene Facundo Manes. Aprender a escuchar para lograr conversaciones cooperativas, señalan Martina Rua y Pablo Martín Fernández. Pararse en el límite donde se cruzan las disciplinas, aconseja Sebastián Campanario. Superar la grieta que lleva a defender argumentos aunque no sean verdaderos, advierte Guadalupe Nogués. Todo eso mientras seguimos desarrollando nuestros músculos de flexibilidad, paciencia y tolerancia, recomienda Andrea Churba al presentar su decálogo de habilidades que llegaron durante la cuarentena para quedarse en forma definitiva.
“Tendré que evolucionar en mi modo de pensar, y aprender a generar conexiones inéditas entre personas, proyectos y recursos –observa Sonia Abadi–. Y abrirme a crear nuevas relaciones por fuera de mis círculos cercanos, activando la diversidad y los encuentros inesperados. Convocar a los conectores, esos que saben contagiar ideas y conectar personas. Desplegar la intuición para leer entre líneas el contexto y la empatía para sintonizar con los que me rodean”. ¿Empezamos?
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