Nada “parece” fuera de lugar en el Museo de Arte Decorativo donde investigan el robo de 20 piezas
El recorrido que puede hacer un visitante cualquiera, con cámara en mano, muestra las salas y espacios del Palacio Errázuriz con jarrones y obras de arte al alcance de la mano
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Mientras puertas adentro se busca al ladrón de las veinte piezas desaparecidas de vitrinas y paredes, en las salas, pasillos y escaleras del Museo Nacional de Arte Decorativo nada parece anormal, fuera de lugar o inquietante. Ya ni siquiera es necesario reservar turno para visitarlo y la entrada es libre y gratuita, de miércoles a domingos, de 13 a 19. En días de sol, la cafetería tiene todas las mesas con sombrillas ocupadas en el empedrado de la entrada. Un vigilante da la bienvenida y ofrece alcohol para las manos a la vez que pide que se use barbijo y recuerda que las fotos y videos deben tomarse sin flash. El recorrido es completo, es decir, por todas los espacios del museo, ya no hay restricciones ni áreas cerradas por la investigación. No se ven cámaras de seguridad, pero sí mucho personal de vigilancia: un cuidador por cada sala. Por si acaso, tampoco faltan los matafuegos.

Lo que puede parecer un descuido es una práctica común en los museos de artes decorativas, donde los visitantes acceden sin mediación a las ambientaciones de palacios de antaño. Por ejemplo, el Museo Carnavalet, que cuenta la historia de París, ni siquiera cruza una soga sobre el sillón digno de Madame Recamier, que observa desde una pintura de François Gérard colgada en la pared.
El Palacio Errázuriz Alvear, diseñado en 1911 por el arquitecto René Sergent en un estilo neoclásico francés, guarda valiosas colecciones de esculturas, pinturas, tapices, armas, libros, cerámicas, mobiliario y miniaturas, fundamentalmente europeas y orientales, de los siglos XVI al XX (más de 6500 piezas que en este momento se están escrutando una por una para ver que no falte nada más). En 1936, el Estado Nacional compró la casa y las colecciones y un año después se creó este museo.
En un recorrido por los salones y dormitorios se ven sillas y camas acordonadas para que nadie se siente, pero nada más. Si se es proclive al ensueño, se tiene la sensación de que la vida en ese lugar podría continuar en cualquier momento: el Decorativo ofrece un viaje en el tiempo.
La falta de un circuito cerrado de video vuelve vulnerables a los jarrones y esculturas que se apoyan sobre pedestales, y a los muebles de época, máxime sabiendo que anda suelto un ladrón hormiga. En los pasillos dicen que todavía podrían estar adentro del museo (y las piezas faltantes, ocultas en alguna parte, detrás de alguna de las incontables puertas cerradas que se visualizan en el recorrido). Otros señalan a encumbrados personajes del mundo del arte que tuvieron acceso libre al museo durante el verano pasado: en estas y otras hipótesis trabaja la policía.
La mano se estira y el visitante husmea adentro de la chimenea o alcanza a tocar un cairel: se crispan los ánimos de los vigilantes. Las escaleras del primer piso, donde hay esculturas de Antoine Bourdelle, apenas están custodiadas por El Pensador de Auguste Rodin... ¿cavilará sobre todo este misterio?
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