Rabiosa informalidad
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Mario (42 años) está indignado. Maestro mayor de obras y gasista matriculado, desde hace 15 años tiene una pequeña empresa de mantenimiento de hogares: albañilería, carpintería, pintura, plomería… Eficiente, honesto, responsable, no le falta trabajo. Su problema, lo que lo tiene harto, es la informalidad de los operarios que contrata. “Me faltan, llegan tarde, me mienten. Este gremio [construcción] es complicado: parecería que no quieren trabajar. Como si les sobrara la plata. Es increíble: no vienen, y por lo tanto dejan de cobrar, y al día siguiente te piden un adelanto porque no tienen para ‘alimentar a los pibes’”. La mañana del sábado en que descarga su bronca era un ejemplo. Alcides, su principal ayudante en los últimos años, lo llamó a las 11: “Perdón, me quedé dormido. ¿Voy igual? ¿Me necesitás?” Habían quedado en encontrarse a las 7.
Por faltar, José se perdió una paga de 60.000 pesos por media jornada. “Tiene tres hijos, siempre anda justo y se da el lujo de quedarse en su casa”. Martín dice que habló con colegas y a todos les pasa lo mismo. Probó dando un plus por presentismo y productividad, y nada. “Cada mañana me despierto y digo: ¿hoy quién me fallará?”.
Su reflexión final es dolorosa. “Quizá debería pensar en contratar a bolivianos, peruanos, paraguayos…”.
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