
Recuerdo de Marta de Corral: el don de la belleza
En las últimas fotos de Marta que tuve en mis manos, se la veía radiante navegando por el río Neva, en San Pertersburgo, en compañía de sus amigos, viajeros incansables como ella, siempre programando su próximo destino con el entusiasmo de una chica que saca el pasaje para su vuelo inaugural.
El último viaje quedó en el tintero, porque la asignatura dolorosa de la enfermedad la condenó a esa rutina inevitable de tratamientos, médicos, promesas y plazos. Sin embargo, Marta dejó sin desarmar, en su lindísimo cuarto con vista, la valija de mano del viaje que no fue. Como si ese gesto sirviera para desterrar cualquier mal pronóstico.
Nos cruzamos no hace mucho en una comida de amigos en común. Estaba vestida de negro estricto, con la clásica vuelta de perlas, los ojos brillantes, la sonrisa generosa, la alegría de siempre, llena de planes, informada, "con los diarios bien leídos", como le gustaba decir.
En esa escuela, singular amalgama de información, hedonismo y elegancia en dosis poco frecuentes, se formaron sus hijas Luisa y Cecilia Zuberbühler, que hicieron sus primeras armas en la editorial Atlántida para luego encarar proyectos periodísticos propios con mucho éxito .
Marta tuvo el don de la belleza aliado al buen humor, algo que puede considerarse desde el vamos un éxito en todos los frentes. Y vaya si lo tuvo. De eso hablaban y daban fe, entre recuerdos, lágrimas y abrazos, los amigos que acompañamos a sus hijos en el cementerio de la Recoleta, el día del último adiós; una mañana de sol y cielo azul, como a Marta le hubiera gustado, rodeada de rosas blancas como a ella le hubiera gustado.
En la plenitud de su belleza, rompió el corazón del español Dominguín, que sumaba al peligro de ser un donjuán irredimible su condición de bravo torero. Era demasiado para dar el sí. Si mañana no se cumpliera un mes de su muerte, en la agenda de Marta hubiera figurado el encuentro con los amigos de la mesa de los sábados en La Biela.
Hora de copetines y política. Una tribuna que tuvo su origen, para hacer honor a la verdad, en la mesa "inventada" por Miguel Torres Duggan en el bar, que ya no está, de Posadas y Rodríguez Peña.
Mesas eclécticas, divertidas y heterodoxas, donde al análisis político erudito seguía la anécdota de viaje, el último dato recogido en el espinel diplomático y la necesaria cuota de gossip para matizar. En ese instante, con una gracia que no se toma prestada, ella dejaba que la sonrisa se convirtiera en contagiosa y sonora carcajada. Marta, te vamos a extrañar.
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