Un cronista de la contracultura escribe sobre la ingrata tarea de no dejarse querer
Forma híbrida de novela epistolar, diarios cruzados y anotaciones para un ensayo, el nuevo libro de Juan Carlos Kreimer conmueve a la hora del duelo, la soledad y la reflexión sobre el amor como experimento
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Con esta misma vista de Belgrano R, acaso hacia el atardecer, la computadora semiabierta en el mismo lugar del escritorio dónde está ahora y estas dos lámparas cónicas que cuelgan del techo encendidas, el escritor y periodista Juan Carlos Kreimer (Buenos Aires, 1944) mandaba una inequívoca señal: escribiendo, no molestar. Cuando decidieron que iban a vivir juntos, Kreimer le envió a “ella” por mail un decálogo de convivencia con tres tips vacíos. En uno “ella” escribió “transgredir todas las reglas”. Entonces para hacerse notar Kreimer dice que iba y le apagaba y prendía las luces para, incorregible, interrumpirlo. La mujer, coprotagonista de La ingrata tarea de no dejarme querer (cuya tapa trae reminiscencias de las primeras novelas de Puig), es “ella” en este libro en que el los diarios y las notas del autor se superponen en un tapiz que revela un amor moderno y maduro que condensa los cambios en la relaciones de los últimos 60 años. Seguirá siendo “ella” también en la conversación con LA NACION. Kreimer cumple así con la promesa que le hizo al borde de una cama del Instituto Alexander Fleming. No nombrarla.
“La llevo grabada en el alma”. Lo dice dos veces seguidas y luego, sorprendido de sí mismo, quiere saber si no está siendo demasiado “cursi”. Es que estos no eran temas de los que hablar con uno de los primeros cronistas de la contracultura, el que escribió el primer libro sobre Los Beatles en Argentina (Beatles & co, 1968), el primer inventario del rock argentino (Agarrate!, 1970), un reporte desde Londres sobre el punk (La muerte joven, 1978) y quien lanzó las nuevas corrientes espirituales en los 80 con la revista Uno mismo hasta dar con el best seller Bici Zen (2017). Pero de esto se trata, al fin. Una conversación de amor entre varones que ahora toca el temido día después de cerrar el trabajo sobre una cantidad de libretas en una caja que le revelaron a Kreimer una producción secreta donde, por momentos, él mismo se desconocía. “Una vez que entregué el libro sentí que ya estaba listo. Y con el correr de los días tuve la sensación de que ya nos habíamos soltado y que yo era un poco más libre. ¿Es raro no? De repente con alguna chica que salí en este tiempo he sido muy franco. Yo no sé si voy a volver a tener algo tan fuerte con otra mujer con lo cual quien tenga una relación conmigo tiene que estar lista para estar conmigo y con el fantasma de mi exmujer. Lo que sentí por ella no lo entrego”, dice y se sujeta las manos. Una plegaria involuntaria acaso.

Con su forma híbrida de novela epistolar, diario íntimo y anotaciones para un ensayo, La ingrata tarea de no dejarme querer va desde abril de 2013 a marzo de 2021, el período en el que Kreimer y “ella” hicieron todo lo posible para no volver a formar pareja. Y fracasaron. Kreimer escucha ahora el mismo decálogo del que “ella” da cuenta en la entrada del 17 de octubre (“Día de la lealtad”, había anotado junto a la fecha) de 2018. Y dice que sí, que después de todo lo que pasaron lo dejaría igual. No tocaría nada. Amplía con un outtake de su agenda: “Ninguno de los dos quería apegarse al otro. Por diferentes situaciones sabían que el verdadero amor incluía cierto nivel de “desapego”. No necesitar al otro para sentirse completo. Aprender a prescindir del otro si fuera necesario. No sufrir si era abandonado. También se habían prohibido usar “mi mujer” y “mi esposo”. Nada que implicara poseer. Usaban el nombre o, si era ante alguien que no lo conocía, mi compañero, mi compañera.”
Qué manera de poner a prueba el vínculo, ¿no? La libreta negra de Kreimer (una más entre las que acumula desde los 18 años) parece así un conjunto de instrucciones para la construcción de una defensa antiaérea contra el compromiso. “Bueno, es que cuando el protagonista conoce a la protagonista de este libro apareció un enorme respeto por la soledad del otro”, dice el autor en un giro del punto de vista tal que en la transcripción y montaje los dos se hubieran ficcionalizado. “Algo de lo real se pierde para siempre en un libro. Lo que se pone en juego en esas notas es el miedo a entregarse que es distinto a enamorarse, es más sutil si se quiere. No queríamos entregarnos. Si duraba un año o dos o lo que fuera no importaba pero no queríamos quedar atados al formato. No era el miedo a la aparición de un tercero o tercera. Antes, en épocas de mucha libertad ese era el miedo pero a esta edad hay menos probabilidades de terceros…”.
Los diarios de ella y las notas de Kreimer se abren de lo íntimo a lo social. Son almas gemelas de una generación que se encuentran al final de las sucesivas metamorfosis de las relaciones (del amor libre a Tinder) y que atravesaron el doloroso pasaje de la utopía a la desilusión: una militante de izquierda ella; un activista de la contracultura él. Discípulos de la profesora Susana Milderman, con parejas rotas en la mochila, en una edad en la que él dice que es imposible vivir algo parecido al “enamoramiento” y cuyo encuentro así narrado ofrece la extraña experiencia de que fueran los primeros y únicos a los que algo así les pasa.
El libro, que puede tomarse como una novela claro, sería entonces también una bitácora acerca del amor como experimento. Tal como le pasó a Kreimer en 1964 cuando vio La vida conyugal del francés André Cayatte en dos salas distintas porque la película eran dos (“El” y “Ella”) y se recomendaba dejar pasar una semana para verlas. Lo que hay entre tapas, a no dudarlo, quedará como testimonio de época mañana, cuando se quiera saber algo sobre la intimidad en el pasaje de los siglos XX y XXI.
Kreimer intenta diseccionar lo que les tocó vivir y la incertidumbre que vivimos. “Mi generación, la de los 60, fue la primera en la que las parejas se separaban y no era un drama familiar. Por otro lado antes la soledad era algo muy temido. Poca gente se lo bancaba. Preferían resignar algo de sí mismos a cambio de estar con alguien. El proceso de individualización que se profundizó en los 80 derivó en esta epidemia de soledad en la que vivimos donde hay todo un sistema perfeccionado para que la gente viva sola. Ahí aparecen varias ramificaciones. Se empiezan a crear familias que van más allá de los lazos de sangre. Eso reemplaza la configuración anterior. Se forman hermandades. Hay una escena clave para mí en la película Invasión donde aparece Bioy con una chica joven en un bar y le dice “podemos compartir nuestras soledades”. Está muy bien eso de compartir las soledades porque no nacimos para simbiotizarnos. Soledad también implica libertad”.
Los mandatos se deshicieron por las buenas razones, pero al final del día asistimos a un mundo que se extingue y no solo a causa del desastre ambiental sino porque se mueren más de los que nacen. Proliferan las parejas de, siguiendo a Eric Sadin, individuos-burbuja y la tasa demográfica cae a niveles alarmantes en Europa pero también en la Argentina. Boomers, Kreimer y “ella” tuvieron hijos de otras parejas pero para el autor ninguna época fue tan hostil como esta para proyectar descendencia. “Hay una sombra que está provocando este fenómeno: en el mundo hay algo que se muere y algo que nunca termina de nacer y no sabemos como será. Nadie sabe a donde estamos yendo. Ante esta situación lo mejor es guardarse, ¿no? No involucrar a nadie nuevo en el problema. En este momento tener hijos puede ser un acto irresponsable, casi egoísta. Primero entendamos cómo arreglar esto y después se verá”, asegura.
En estos diarios cruzados también se cuelan los nuevos feminismos del siglo XXI. “La protagonista del libro tenía un grupo de amigas en el que yo no podía entrar nunca. Ese fue un gran cambio y hubo que aceptar y respetarlo. Para mí fue todo un aprendizaje esta relación. Antes yo vivía marcado por los roles. Esta relación fue sacarse los roles de encima. Fueron cinco años con cama afuera hasta que se dieron las circunstancias para que los dos pudiéramos convivir en este departamento”. Aquí, Belgrano R, donde a ella le llegó por mail el decálogo que transgredía; dónde él, abstemio, convivía con su solapado alcoholismo; dónde le tocó a ella encontrarlo desmayado y rescatarlo de una muerte súbita; dónde pasaron la pandemia. Dónde, con fecha 31 de marzo de 2021, ella escribió lo último que leemos de sus diarios: “Hoy es mi último cumpleaños. Si para algo vine, ya está. Me devuelvo a la vida. Le agradezco los mensajes, no puedo responder a cada uno. El dolor no anula la belleza del momento”.
Dónde, por muchos meses, Kreimer siguió escuchando “Juan Carlos” de “ella” llegando por detrás de las cortinas. Ya no.
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