Un espectáculo fuera de temporada: la limpieza de la colosal araña del Teatro Colón
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No hizo falta que el Teatro Colón abriera el telón esta mañana para reestrenar un espectáculo que a esta altura es, más bien, un ritual: la limpieza y recambio de las 552 luminarias de la imponente araña de su sala principal.

Rodeado en las alturas de los frescos de Raúl Soldi, el colosal artefacto, de cinco metros y medio de ancho y cuatro de alto, descendió los más de 30 metros que separan la cúpula de la platea para que el personal de limpieza y mantenimiento pusiera manos a la obra.

El trabajo comenzó poco después de las diez de la mañana con el descenso, una maniobra que demora alrededor de 40 minutos. Con la majestuosa lámpara al nivel de las butacas y dejando al descubierto el gran hueco que ocupa en su emplazamiento habitual, se inició la operación.

No fueron voces ni instrumentos los que aportaron música a esta "función" sino el tintineo de las lamparitas que pasaban a otra vida en bolsas para su retirada, el casi imperceptible ir y venir de paños secos para quitar el polvo de los bronces y el silencioso engranaje de izado de la araña.
Daiana Maidana, del equipo de limpieza del teatro, fue una de las treinta personas que participaron en el operativo. "El metal se limpia en seco y las doce tulipas, así como el plafón central, solo con agua", detalló.
Una veintena de brazos rodean ahora la lámpara. Con guantes y barbijos, retiran las bombitas. Al giro de las muñecas, desenroscando una a una las luminarias, procede la limpieza. Con delicadeza y bajo indicaciones de los especialistas de Patrimonio, dirigen los plumeros antiestáticos sobre los 1.300 kilos de bronce de la estructura, a la que nadie quita los ojos de encima.

La lámpara de la buena suerte
Turistas, alumnos de escuelas, personal de la casa y funcionarios asisten al ya tradicional espectáculo. Ni siquiera la directora general del teatro, María Victoria Alcaraz, deja de sorprenderse: no solo la lámpara vuelve a llamar su atención por sus dimensiones, sino la sala vacía y poder sentarse en una butaca a disfrutar del proceso. "Me encanta ver cada uno de los detalles que alguien pensó, diseñó y realizó con sus manos en los palcos, cortinados, columnas, tapizados. El teatro es una inmensa obra de arte de los porteños y tenemos que disfrutar no solo de los espectáculos sino de la propia sala", comentó a LA NACION. El ritual incluye las fotos que muchos aprovechan para sacarse junto al artefacto, ícono de la Belle Époque, construido en Europa a finales del siglo XIX por los hermanos Esteban y Luis Azaretto. "La bajada de la lámpara es una ceremonia, un rito muy importante en el teatro y el personal siempre se acerca para tocarla o colocar alguna de las lamparitas porque decimos que trae buena suerte, ya que la araña ilumina al arte".

Las dimensiones de la araña vista a la altura de los ojos contrastan con su reducción apreciada desde lo alto de la cúpula. Arriba, un secreto corredor rodea el cráter que la lámpara deja al descubierto, al que se accede por tramos sucesivos de escaleras desde el paraíso. En algunas óperas hay directores que piden que se ubiqué allí al coro para generar voces celestiales (con campanas, violines).

Junto a las butacas, los electricistas realizan las pruebas de encendido, apagado, enfriado y verificaciones del correcto funcionamiento del sistema eléctrico de las luminarias. Revisan los portalámparas, detectan que algunos no encienden, realizan los ajustes pertinentes y dan paso al ascenso final del artefacto, lo cual dura otros 40 minutos.
Finalmente, a las 15, casi cinco horas más tarde, la araña está lista para deslumbrar otra vez con su esplendor e iluminar las próximas puestas: el concierto de Mozarteum de esta noche y, mañana, el estreno de la ópera Don Pasquale.

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