Un espectáculo fuera de temporada: la limpieza de la colosal araña del Teatro Colón

Tiene el encanto de lo secreto y verla de cerca causa impacto, pero además la lámpara de la sala del Colón trae buena suerte, por eso todos quieren acercarse a cambiar una de sus quinientas lamparitas en la jornada de limpieza
Tiene el encanto de lo secreto y verla de cerca causa impacto, pero además la lámpara de la sala del Colón trae buena suerte, por eso todos quieren acercarse a cambiar una de sus quinientas lamparitas en la jornada de limpieza Fuente: LA NACION - Crédito: Fernando Massobrio
Cecilia Martínez
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23 de septiembre de 2019  • 16:41

No hizo falta que el Teatro Colón abriera el telón esta mañana para reestrenar un espectáculo que a esta altura es, más bien, un ritual: la limpieza y recambio de las 552 luminarias de la imponente araña de su sala principal.

Entrevista a la Directora General del Teatro Colón

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Rodeado en las alturas de los frescos de Raúl Soldi, el colosal artefacto, de cinco metros y medio de ancho y cuatro de alto, descendió los más de 30 metros que separan la cúpula de la platea para que el personal de limpieza y mantenimiento pusiera manos a la obra.

De guantes y barbijo, la limpieza de la araña del Teatro Colón involucra a unas treinta personas
De guantes y barbijo, la limpieza de la araña del Teatro Colón involucra a unas treinta personas Fuente: LA NACION - Crédito: Fernando Massobrio

El trabajo comenzó poco después de las diez de la mañana con el descenso, una maniobra que demora alrededor de 40 minutos. Con la majestuosa lámpara al nivel de las butacas y dejando al descubierto el gran hueco que ocupa en su emplazamiento habitual, se inició la operación.

La tarea es un ritual que nadie quiere perderse y toma unas cinco horas desde que comienza el descenso de la lámpara hasta que vuelve a colocarse en la cúpula
La tarea es un ritual que nadie quiere perderse y toma unas cinco horas desde que comienza el descenso de la lámpara hasta que vuelve a colocarse en la cúpula Fuente: LA NACION - Crédito: Fernando Massobrio

No fueron voces ni instrumentos los que aportaron música a esta "función" sino el tintineo de las lamparitas que pasaban a otra vida en bolsas para su retirada, el casi imperceptible ir y venir de paños secos para quitar el polvo de los bronces y el silencioso engranaje de izado de la araña.

Daiana Maidana, del equipo de limpieza del teatro, fue una de las treinta personas que participaron en el operativo. "El metal se limpia en seco y las doce tulipas, así como el plafón central, solo con agua", detalló.

Una veintena de brazos rodean ahora la lámpara. Con guantes y barbijos, retiran las bombitas. Al giro de las muñecas, desenroscando una a una las luminarias, procede la limpieza. Con delicadeza y bajo indicaciones de los especialistas de Patrimonio, dirigen los plumeros antiestáticos sobre los 1.300 kilos de bronce de la estructura, a la que nadie quita los ojos de encima.

En total, son unas 552 bombitas que se cambian en esta ceremonia anual; los bronces se limpian con paños y plumeros antiestática
En total, son unas 552 bombitas que se cambian en esta ceremonia anual; los bronces se limpian con paños y plumeros antiestática Fuente: LA NACION - Crédito: Fernando Massobrio

La lámpara de la buena suerte

Turistas, alumnos de escuelas, personal de la casa y funcionarios asisten al ya tradicional espectáculo. Ni siquiera la directora general del teatro, María Victoria Alcaraz, deja de sorprenderse: no solo la lámpara vuelve a llamar su atención por sus dimensiones, sino la sala vacía y poder sentarse en una butaca a disfrutar del proceso. "Me encanta ver cada uno de los detalles que alguien pensó, diseñó y realizó con sus manos en los palcos, cortinados, columnas, tapizados. El teatro es una inmensa obra de arte de los porteños y tenemos que disfrutar no solo de los espectáculos sino de la propia sala", comentó a LA NACION. El ritual incluye las fotos que muchos aprovechan para sacarse junto al artefacto, ícono de la Belle Époque, construido en Europa a finales del siglo XIX por los hermanos Esteban y Luis Azaretto. "La bajada de la lámpara es una ceremonia, un rito muy importante en el teatro y el personal siempre se acerca para tocarla o colocar alguna de las lamparitas porque decimos que trae buena suerte, ya que la araña ilumina al arte".

Como "la araña ilumina al arte", María Victoria Alcaraz, directora del Colón, dice que tocar la araña da buena suerte
Como "la araña ilumina al arte", María Victoria Alcaraz, directora del Colón, dice que tocar la araña da buena suerte Fuente: LA NACION - Crédito: Fernando Massobrio

Las dimensiones de la araña vista a la altura de los ojos contrastan con su reducción apreciada desde lo alto de la cúpula. Arriba, un secreto corredor rodea el cráter que la lámpara deja al descubierto, al que se accede por tramos sucesivos de escaleras desde el paraíso. En algunas óperas hay directores que piden que se ubiqué allí al coro para generar voces celestiales (con campanas, violines).

Vista desde la cúpula, que queda al descubierto tras el descenso, la lámpara cobra otras dimensiones
Vista desde la cúpula, que queda al descubierto tras el descenso, la lámpara cobra otras dimensiones Fuente: LA NACION - Crédito: Fernando Massobrio

Junto a las butacas, los electricistas realizan las pruebas de encendido, apagado, enfriado y verificaciones del correcto funcionamiento del sistema eléctrico de las luminarias. Revisan los portalámparas, detectan que algunos no encienden, realizan los ajustes pertinentes y dan paso al ascenso final del artefacto, lo cual dura otros 40 minutos.

Finalmente, a las 15, casi cinco horas más tarde, la araña está lista para deslumbrar otra vez con su esplendor e iluminar las próximas puestas: el concierto de Mozarteum de esta noche y, mañana, el estreno de la ópera Don Pasquale.

Fuente: LA NACION - Crédito: Fernando Massobrio

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