Yuyo Noé, el profeta iconoclasta
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Eso que quise negar tantas veces, eso que creí que nunca iba a suceder, sucedió. Acaba de morir mi padre artístico. Esto lo dije muchas veces y es una cuestión personal, aunque sé que para algunos de mis colegas Yuyo también lo fue. Pero eso no importa casi nada frente a la sensación de perdida, desamparo y vacío mucho mas universal que ahora deben estar sintiendo no sólo quienes conocieron a Yuyo más o menos cercanamente, sino todos quienes tuvieron, a partir de su obra, de su pensamiento, de su radiante presencia pública, una visión inédita, radicalmente diferente, del arte, del Hombre, del mundo.
Yuyo es el profeta iconoclasta, ese guerrero de la conciencia que, en urgentes raptos de incentivación frenética, contagiosa, nos reveló y nos inculcó a todos y a cada uno el poder transformador y humanista de la pintura, con esa fuerza arrolladora que rompía no sólo los límites de la pintura misma, sino la propia majestuosidad de su obra y las categorías institucionalizadas, y el oficio y la enseñanza, para despabilarnos y empujarnos a emprender el camino, cualquiera fuera. No sé cuántas de las decenas, de centenares de aspirantes, de artistas incipientes o establecidos, de entusiastas practicantes que pasaron por su mitico taller o tuvieron algun otro contacto sostenido con él continuaron la senda específica de la disciplina. Lo verdaderamente trascendente es que, sin dudas, la vida de cualquiera de ellos cambió, o iba a cambiar esencialmente, después de haber conocido a Yuyo.
El prójimo fue, para Yuyo, más que un eventual interlocutor, el amoroso protagonista de un encuentro que, con todo lo fugaz o casual que pudiera ser, era la tácita promesa de algo por venir. No conozco, ni he conocido ni conoceré a nadie, con un espíritu de generosidad tan elevado y a la vez tan pragmático como el de Yuyo, porque su entrega, llevada a la práctica como una santidad secular, bajo todas las formas posibles, iba a ser un poderoso alimento nutriente, el combustible material y espiritual que alimentaría para siempre nuestra marcha.
Ahora, apenas puedo balbucear lo que todos sabemos: que se nos fue el maestro absoluto, el referente definitivo, el mas grande de los artistas argentinos, y también que se nos fue esa voz, con esa especie de vacilación borgeana, iluminada, que era una de las formas en que articulaba la enunciación de su pensamiento. Esa presencia inclaudicable que, aún con fragilidades y dolores, no dejaba muestra sin visitar. Y esos ojitos quirúrgicos de sabio, irreverente y pícaro, cuya luz quisiera preservar encendida.
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