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PARIS (De un enviado especial).- Algo pasa en Roland Garros. Llora una archicampeona por su sexta consagración a los 29 años, casi 30. Un día después, llora el rey del carisma y el más taquillero porque ya es parte de la historia, también a los 29. Steffi Graf, el sábado, y Andre Agassi, ayer. Dueños de las emociones en dos finales increíbles. Para que el Abierto de Francia se jacte eternamente de haber conmovido en 24 horas al más insensible, le guste o no el tenis.
Claro que la final de varones tuvo un plus sobre la femenina, y no porque Agassi se convirtiera en el quinto tenista en ganar los cuatro Grand Slams. La diferenció la grandeza del perdedor, un muchacho de 24 años que jugó el torneo de su vida, que parecía listo para patear el tablero y al que después de 2h55m de pelea se le derrumbó la ilusión, pero no las neuronas ni su hombría. Fue cuando Andrei Medvedev abrazó a su verdugo como si fuese un hermano y no quien le quitó el objeto más preciado. Y no conforme con ello, minutos después, ante 16.000 personas, empezó su discurso al revés: "He perdido con un gran campeón. Ha sido un honor para mí estar aquí adentro en un día histórico, para el tenis y para Andre". ¡Qué diferencia con Martina Hingis!
Rod Laver, la zurda indeleble, el australiano al cual suena utópico igualarle las cuatro conquistas en un mismo año -y además, hacerlo dos veces- le dio el trofeo de los Mosqueteros a Agassi, 30 años después de su epopeya, y llevándose la reverencia de Medvedev y del flamante campeón. Agassi saldó una cuenta personal -con dos frustraciones: 1990 y 1991- y de la mejor manera para el gusto norteamericano: con un come-back (regreso) de dos sets, algo que sólo sucedió cinco veces -una de ellas, de Laver- en una final en Roland Garros. Fue por 1-6, 2-6, 6-4, 6-3 y 6-4.
Así logró su cuarto Grand Slam y 41º título profesional ¿El cheque? Reconfortante: 696.000 dólares, el doble de lo que se llevó Medvedev. ¿El ranking? Agassi es hoy el Nº 4; el Camello queda entre los 20 primeros (estaba 100º hace dos semanas).
Vayamos a esa definición electrizante. Paliza de Medvedev: 19 minutos para el primer set; dos sets arriba en 53. Ni la lluvia, que por media hora interrumpe el partido, cambia la tendencia. Por TV, John McEnroe decía: "Hay un monstruo bombardeando a Agassi en Roland Garros". Elocuente. Saques (en total, 23 aces; 25 servicios ganadores) y palos certeros. Agassi, una sombra. Demasiados errores. Demasiada presión.
La gente lo estimula, pero a Agassi le cuesta hacer el click. No puede demorarse. Tiene, en el 6º game -sí, pasaron dos sets y medio para ello- su primer break-point. Lo gana y se prende en la final, a pesar de que el siguiente juego lo pierde en 0. Pero ya está. Y cuando Medvedev pierde ese parcial, sabe lo que se viene...
Todo a ganador. El ucranio resiste con su formidable saque y algunos cruces, pero Andre ya lo tiró dos metros atrás y juega un metro adentro. Encima, mete todo lo que antes erraba. Manda, gobierna. Con un solo break se lleva el cuarto. Van 2h06m y la gloria se reduce a ese quinto set. La historia espera.
Inolvidable. Cambiaron golpes como dos noqueadores que buscan la mano decisiva. Aplica un directo Agassi (quiebra y se pone 3-2). En el 5-3, tiene el KO a disposición; tres veces. Medvedev sale como puede de las cuerdas. Su gente, su novia (Anke Huber), parece que se cayeran del palco, con medio cuerpo afuera. Vuelven del descanso 5-4 y lo imprevisto: la cancha divide sus preferencias. El aliento es compartido. Agassi tiene dos oportunidades más y después de 4 años -Melbourne 95- vuelve a experimentar lo que es el delirio interior. Llora con su coach (Gilbert), llora con Medvedev, se arrodilla después de cumplir con su saludo reverencial, el que espera el público.
"Es la experiencia más fantástica de mi vida. Después de estar 140º del mundo, con lesiones y algunos problemas personales, ganar aquí, y de esta manera, casi perdido, es fabuloso. Me siento en paz", dijo Andre, el hombre que concretó lo que no pudieron tantos.
La historia ya no espera. Le hizo un lugar a Agassi. Si consideró que era lo menos que merecía por todo lo que dio al tenis, y no se equivocó.




