Alemania le sacó la careta a Brasil

Marcelo Gantman
Marcelo Gantman PARA LA NACION
Fuente: LA NACION - Crédito: Juan López / Enviado especial
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8 de julio de 2014  • 19:48

RIO DE JANEIRO.- Acá ya no se oye nada. Gobierna el silencio del fútbol en la derrota. El vacío de las calles que todos alguna vez conocimos en casos como éste. Se escucha, eso sí, el volumen siempre elevado de los televisores que quedaron encendidos en bares, restaurantes y hoteles. Sistemas de sonido en cadena nacional que traen el lamento del millonario Galvao Bueno, el omnipresente relator de la cadena O Globo que intenta juntar los pedazos del derrumbe. No lo logra.

Brasil tenía este martes un pulso de final de la existencia. En cierto modo su mundo particular se ha terminado. La gente huía por las calles hacia sus pantallas preferidas para ver a Brasil. San Pablo registro colas de automóviles que llegaron a los 165 kilómetros de extensión. Todos haciendo lo mismo para poder ser parte de lo mismo. Eso se acabó. Brasil dejó la parte elevada del Mundial con un 7-1 que reconfigura todos los datos históricos de los Mundiales. Alemania agitó la estadística en todo sentido. Hasta Ronaldo perdió su sitio de máximo goleador con el gol número 16 de Miroslav Klose en la noche de Belo Horizonte. Los alemanes no dejaron ni los registros individuales.

Fuente: AFP

El fútbol es un deporte regido por la baja anotación. Los partidos se deforman con las goleadas abultadas. Producciones como la de Alemania logran que sobren los minutos cuando en general siempre el tiempo es escaso. ¿En qué momento el resultado deja de ser dolor para ser humillación? ¿Con el cuarto gol? ¿Con el quinto? ¿Cuándo la humillación deja de serlo para dar lugar al aturdimiento? ¿Con el sexto gol? Los futbolistas brasileños traspasaron varias líneas de estado de ánimo y de observación del espectáculos. Los torcedores se fundieron en el himno a capella para luego silbarlos y más luego, celebrar la actuación de los rivales, como en aquel 0-5 en el Monumental. La venganza del espectador siempre es cínica.

Alemania ofreció una lección de fútbol colectivo y de respeto por el rival. La manera de no subestimar a Brasil fue, justamente, llevando lejos el rendimiento. Durante los 90 minutos. No se desentendió del terremoto que generó y mantuvo la tensión en el juego. Primero lo hizo para que Brasil no se confundiera luego del primer gol. No dio señales de conformarse con la diferencia mínima ("Alemania hace un gol y después lo justifica..", dice el catecismo de los Mundiales) y fue por todo lo que estaba disponible. Scolari insinuó un equipo ofensivo para que la ausencia de Neymar fuera apenas testimonial. Los alemanes se aprovecharon de todo lo que estaba a disposición.

Es un recurso frecuente en los Mundiales apelar a los archivos para contrastar si lo que pasa ahora es equivalente a otro suceso. A veces parece que el fútbol es apenas una "remake" de situaciones ya vividas, de goles ya gritados y de llantos ya enjugados. Esto pasa ahora y no se parece a nada. Brasil sufre por ser el favorito eterno y además le superpone su condición de país organizador. Alemania le tachó la doble. Le sacó la careta a un equipo al que no llegamos a ver que jugara para campeón. Ni en Belo Horizonte ni antes.

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