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Si en 1983, la temporada de su debut, Indios Chapaleufú había pateado con dos purretes (los mellizos Gonzalo y Horacio –h.– Heguy) el tablero polístico, directamente lo hizo añicos su equipo primo Indios Chapaleufú II cuando apareció dos años después: se presentó en sociedad con un 11-6 sobre Coronel Suárez (cinco goles superior en handicap, 35 contra 30) en el Abierto de Los Indios y Tortugas, y luego accedió a la final del Argentino, que perdió por sólo un tanto, 15-14, ante el poderoso La Espadaña (37).
Y en medio del primer torneo y el tercero de su temporada inicial, la de 1985 (terminada en mayo de 1986 por epizootia o tos equina), logró ya una conquista: la del Abierto de Hurlingham. Del tablero, efectivamente, no había quedado nada: Chapaleufú II le había pasado por arriba a caballo...
Ahora bien: ¿por qué el nombre de Indios Chapaleufú II? Resulta que Alberto Pedro Heguy era titular en Chapaleufú junto a su hermano y los mellizos. Cuando Marcos, el tercer hijo de Horacio, estuvo apto para el alto handicap, Alberto quiso meter a los dos primeros suyos, Eduardo (El Ruso) y Alberto (Pepe), al circuito. Para eso se fue a buscar a un viejo conocido, Daniel González, a quien debía convencer de volver a jugar, en un equipo nuevo que, como su predecesor, conjugara los nombres de sus clubes: Los Indios, de San Miguel, y Chapaleufú, de La Pampa. Entonces se fue a Estancia Vieja, el campo de Daniel en Sampacho, cerca de Río Cuarto, y persuadió a González de regresar al alto polo..., a sus 47 años.
Había que armar casi a los ponchazos la organización, con 21 caballos del ex delantero de Coronel Suárez y un puñado aportado por González. La primera práctica fue en el otoño y en septiembre, ya cerca de la Triple Corona, hubo una mala noticia: Pepe, de 18 años, se fracturó la clavícula izquierda. Martín González, hijo de Daniel, ocuparía su lugar hasta que volviera el hermano menor de Eduardo, que tenía 19. Y con Alberto, dos de sus hijos y González –hoy su director técnico en Chapaleufú II–, el equipo echó a rodar una historia que lleva 20 años, pero que va por su 17ª temporada.
Sucede que de 1992 a 1995 El Ruso y Pepe actuaron por La Martina. Hasta el año anterior, Indios Chapaleufú II había vuelto a ganar Hurlingham, en 1987, y obtenido Los Indios y Tortugas en 1991, la temporada del regreso y la despedida definitiva de Alberto Pedro, que se había retirado provisionalmente en desacuerdo con la conducción de la Asociación de Polo. Su adiós a los 50 años, según recuerda el propio protagonista, fue casco en mano saludando a unas tribunas de Palermo que lo ovacionaban sin que él hubiera anunciado su retiro...
Después de él, Chapaleufú II quedó congelado por aquellas cuatro temporadas y volvió en 1996, ya con Ignacio Heguy, hermano de El Ruso y Pepe. Y ese mismo año llegó por fin a la gloria máxima: superó a Chapaleufú en la final del Argentino y conquistó por primera vez La Catedral. Y al tiempo, con Milo Fernández Araujo junto a los tres hijos de Alberto, llegó la mejor época, con otros tres festejos en Palermo.
Por poco no se le dio la Triple Corona (le faltó Hurlingham, donde fue subcampeón) en el 2000; cerca estuvo de los 40 goles de valorización (subió a 39 en el 2002). Pero sus 10 cetros en certámenes de Triple Corona son inamovibles, tanto como su lugar entre los ocho más veces campeones argentinos (4 títulos). Tal el exitoso currículum de Indios Chapaleufú II, uno de los grandes equipos de la historia del polo.
Vaya si es especial en la historia de Indios Chapaleufú ese título de campeón de Palermo de 1995. Sus jugadores no son de recordar años, estadísticas ni detalles, pero las sensaciones pasaron por sus corazones y en su momento ellos hubieron de disfrutarlas como casi ninguna otra en el polo. Tal vez aquello sea comparable sólo con la coronación, tan memorable como monumental, de 1986, cuando el histórico gol de Marcos Heguy sobre La Marsellesa entregó a Chapaleufú su primer cetro en La Catedral. O con la de 1991, la primera con cuatro hermanos, no sólo del equipo, sino también de la historia del Campeonato Argentino Abierto.
Ese año está marcado a fuego en el historial del cuarteto de los Heguy. Que llegaba al Campo Argentino de Polo tras la afrenta de Ellerstina de triplecoronarse en el ’94, luego de aquel triplete ’91-’93 de Chapaleufú y sus dos años de invicto. Pero la mayor contrariedad era la terrible lesión que Horacio Segundo había sufrido en mayo en Inglaterra: un bochazo en el ojo derecho le había quitado, para siempre, la visión de ese lado, por lo cual el Nº 3 perdía no sólo campo visual, sino también percepción de profundidades y distancias. Cosa fundamental en el polo, por supuesto.
Pero el capitán siguió –esa temporada y por lo menos diez más–. Siete meses después del accidente y de las dudas sobre su continuidad, fue el más ovacionado de una tarde en que Indios Chapaleufú alzó por quinta vez The Championship Cup. “Independientemente de cómo estoy, creo que jugué bien. Lo más importante para mí es que quien estuvo en la tribuna y no sabía de mi situación, vio a un hombre que estaba actuando en buen nivel. No la rompí, pero tampoco fui un perro”, contó satisfecho, pleno, Horacito.
Resultó, por un lado, un desquite –y vaya de qué magnitud– contra el infortunio. Por otro, la última ocasión en que los cuatro hermanos, Bautista (entonces, con 24 años), Gonzalo (31), Horacio (31) y Marcos (28), compartirían el más encumbrado peldaño del podio palermitano. En las dos temporadas siguientes caerían en finales; en las dos subsiguientes, en semifinales. Y ya no habría más, porque el destino tenía algo mucho peor para ellos: la muerte de Gonzalo (6 de abril de 2000), por un accidente vial. En el recuerdo quedaban los 40 goles de handicap –tercer y, por ahora, último conjunto de la historia en alcanzarlos– logrados en 1992 y el polo, vistoso, sencillo, hábil, rápido, formidable de los cuatro hijos de Horacio Antonio. Y se perdía una de las condiciones que habían situado a Chapaleufú en el cariño masivo de la afición: la de estar compuesto por cuatro hermanos.
“Lo mejor que teníamos era un poder ofensivo fatal y un ritmo bárbaro, mucha velocidad. Fue el mejor momento. Una época en que ganábamos Palermo o llegábamos a la final varias veces seguidas, en que teníamos como un récord de remontar partidos que parecían totalmente perdidos. De aquella final me queda la imagen de estar los cuatro en el podio de Palermo”, comenta hoy Marcos.
Desde entonces, la alegría en forma de trofeo fue sentida sólo en 2001, con Mariano Aguerre en lugar de El Mosquetero de la Bondad. Por eso, con cada año, ese tiempo glorioso del Indios Chapaleufú 100% fraterno es más y más valorado. Porque, aunque Chapa vuelva a ser monarca argentino, nada será igual a aquello del inolvidable 1995.




