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PARIS.- Si París era una fiesta en la época de Hemingway, y era patriótica en los tiempos de De Gaulle, la noche en que Francia ganó la Copa del Mundo ya debe estar acuñando una leyenda que aúne aquellos dos atributos. Fue como si el anfitrión, después de atender cortésmente a sus huéspedes, ya a solas, dueño del final del banquete, se celebrara a sí mismo. ¿Cuántos miles o cientos de miles caben a lo largo de los Champs Elysées, a lo ancho de la explanada del Hotel de Ville, del Palace Royal, de la Plaza de Italia, de La Concorde y de Saint Denis?
No sería improbable que mañana se hablara de dos millones de personas. París y alrededores tienen cinco millones, más otros dos o tres millones de turistas. Pero no es la cantidad lo que resuena como un notable síntoma de desnudamiento espiritual y físico. Es una marea humana, hasta ayer inconcebible en cualquier análisis de la temperatura, y súbitamente expuesto como una coreografía descomunal que había estado oculta, disimulada detrás de un comportamiento cauto, distante, apenas conmovido como advertencia la noche del triunfo ante Croacia.
Las bocinas, los tambores atravesaron, atraviesan a la madrugada el aire de la ciudad, inesperadamente insomne, en un concierto espontáneo y descontrolado cuya teatralidad y resonancia ya deben hacer dudar acerca de la atemperada y criteriosa expresividad francesa. Mañana va a haber estadísticas de todo: del récord de telespectadores franceses -el anterior fue en la inauguración, con unos 17 millones-, el récord de despacho de cerveza y, si alguien se pusiera a contarlos, el récord de gritos de "Allez a France" o "les Bleus".
Si el inexorable resultado fue una sorpresa, más sorpresa es esta ciudad saltando por el fútbol como si fuera napolitana, carioca o porteña. La Etoile, el Arco de Triunfo, empezó a apiñarse de autos y de gente desde la mañana. Al empezar el segundo tiempo, como si temieran no entrar en la calle, miles de personas, envueltas en banderas de Francia, algunas en banderas de Brasil (país futbolísticamente adherido a la idea que en Francia se tiene del fútbol como estética), perros con pañuelos al cuello con los colores de la bandera francesa, bares desde cuyos equipos y altavoces difundían La Marsellesa que la gente de paso coreaba como si se tratara de una gesta patriótica. Hubo quienes se atrevieron a comparar este júbilo con el ya célebre e histórico del día de la liberación en la Segunda Guerra.
En la vereda del Hotel de Ville, cerca del gigantesco arreglo floral ya algo marchito, y cuando ya el partido estaba terminando con el funeral del equipo de los sueños, vi una escola de samba en una esquina. Segregaba una tristeza de Africa en los años de los esclavos. La integraban mulatas de importación que llevaban la etiqueta del marketing adherida a los glúteos y cuya especulación carnal acaba saturando a los varones educados; habían dejado de sambar: parecían muertas disfrazadas para entrar en un camposanto pagano.
Vi a un señor paseando un perro salchicha con la camiseta de Ronaldo en miniatura y ya parecía una ilustración antigua; y vi a un acordeonista pobre con el platito, en su parada de la estación La Concorde, del metro, luciendo la cara pintada con los colores de Francia y mostrando una clara percepción del mercado, ya que recibía más ofrendas que las habituales cuando posa a cara lavada; y vi miles de banderas de Francia.
Oí el descomunal ruido de las cornetas de avanzada que suenan apretando un aerosol y vi autos Jaguar y Mercedes teatralizados de autos de hinchas y con conductores que parecían jugadores de tenis recién bronceados en Córcega. Vi, en fin, a una ciudad que hace apenas dos noches había celebrado con paquetería social a los tres grandes tenores y que ahora, como una de esas señoras cautas que un día se embriagan y tiran la chancleta, había mudado sus formas y pasaba a hermanarse, por efectos de una pelota y su entorno, en una de esas ciudades de pueblos hirsutos, temperamentales, escandalosos, que hacen aspavientos por el fútbol como si se tratara de algo más importante que la vida.
Ver caer París bajo el sudor, el descontrol, el triunfalismo y el patriotismo elemental que se creía únicamente inherente a sociedades todavía silvestres fue una sorpresa comparable a ver, al pasar por el atemorizante palacio de la Asamblea Nacional, al lado de uno de esos próceres de peluca enrulada convertido en estatua y que en la escuela, al nombrarlo, los alumnos deben ponerse de pie, colgar un inmenso cartel blanco que arengaba:"¡Allez les bleus!".
Hasta Alain Delon escribió una cartita de hincha para el diario Le Journal de Dimanche, cuya portada deportiva vino coloreada de azul. A esta altura de la noche, esta ciudad es una gran ostra dentro de la cual retumba el mar. El mar es la gente. Sospecho que si hay franceses demasiado clásicos, demasiado sensatos, demasiado delicados al ruido deben de creer que está viniendo otra vez el desprolijo desborde del asalto a La Bastilla. Maradona tenía razón: Francia es campeón. Brasil fue un partenaire de una elegancia de huésped casi filantrópica. Los franceses más no podían pedir. La Copa de cinco kilos de oro está llena. Fue un negocio redondo. El presidente Chirac aumentó su popularidad durante este mes y casi ha evolucionado al rango demagógico de un presidente latinoamericano, y le dio la Legión de Honor a Joao Havelange.
Desde los tiempos de De Gaulle -dicen franceses con opinión política- no había en Francia este sentimiento patriótico. Mientras escribo, en un cuarto en el pulmón de una manzana, de cada una de las ventanas de los edificios vecinos surgen vivas y gritos de alegría. Tenía razón, tal vez, la señora de Ortega, esposa del cónsul nicaragüense en Uzbekistán, quien me dijo en un diálogo espontáneo de vecinos de mesa, que ella residía en Buenos Aires en 1978 y que esto le hacía acordar a aquéllo. Se refería únicamente al júbilo del fútbol, sin entrar en zonas oscuras.
Lo más original y melancólico que vi este día de fiesta lo vi en el aeropuerto. Un señor, vestido como tal hasta donde empezaba la cabeza, formaba en la fila para viajar en el vuelo de las 19.20 con destino a Buenos Aires. Llevaba un sombrero de ala ancha gauchesco. Me acerqué a oír qué hablaba con sus otros compañeros de viaje sin imponer mi presencia. Era un argentino desalentado, que había apurado su viaje después del despacho del equipo, y ya no quería ver más nada. Tortuoso, masoquista, argentino y futbolero, mientras se disputaba la final él iba a estar en el avión, viajando.
Ya en Le Etoile, sentadas a una mesa de Chez Clément, a metros del Arco de Triunfo, con una bandeja de ostras sobre un mar de hielo, y obviamente champagne, dos mujeres que dialogaban alternativamente en francés y en español contemplaban sorprendidas la masa de gente embanderada de azul o de amarillo. Francia y Brasil. "Nunca desde los tiempos de De Gaulle vi tanto sentimiento francés como ahora" me dijo la que no dio su nombre, pero que era evidentemente francesa y viajada. A veces, incluso, había quienes compartían ambas banderas. Incluso se vendía una especie de bufanda de seda mitad y mitad, como los "tuco y pesto" de Pipo.


