Argentina y Alemania, según pasan los años

Daniel Arcucci
Daniel Arcucci LA NACION
Diego y su Copa, en México 86
Diego y su Copa, en México 86 Fuente: Archivo
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11 de julio de 2014  • 23:01

RIO DE JANEIRO. - En el predio del Club América, de México, había un solo teléfono con DDI, Discado Directo Internacional. Los jugadores de la selección argentina, concentrados durante todo el Mundial de 1986 en aquel amplio pero austero lugar, hacían cola para usarlo, como única vía de comunicación con sus familiares, que en su mayoría se habían quedado en el país. Como la estadía se hizo halagadoramente larga, la voluminosa cuenta que en un momento llegó fue un (otro) motivo de discordia en un grupo en el que no faltaban caciques. De hecho, el liderazgo se definió en una durísima reunión entre cuatro paredes de sencillo ladrillo a la vista, inmediatamente después de un amistoso en Colombia y antes del debut contra Corea del Sur. Aunque los dos grandes protagonistas de la contienda dan versiones diversas de la cuestión, lo cierto es que la pulseada la ganó Maradona sobre Passarella y sobre esa base se edificó la historia.

Aquel lugar tenía todas las comodidades e incomodidades que Bilardo pretendía. Suficientes canchas para entrenarse como reyes e insuficientes camas para vivir con sacrificio. Lo pisé por primera vez horas antes de la semifinal contra Bélgica, después de recorrer medio México detrás de Platini, Rümmenigge, Laudrup o Butragueño. Maradona , que venía de hacerle los dos goles a los ingleses e iba hacia el número uno más indiscutido en mucho tiempo, había elegido una forma particular de atender a la prensa, que era más de la que había asistido hasta allí aunque no tanta como ahora. Se acercaba hasta una cancha de entrenamiento, saltaba una verja de alambre que le llegaba al pecho y desde allí enfrentaba a los micrófonos. Tiempo de periodismo gráfico, revistas semanales y diarios, más que TV. Me fulminó con la mirada y la palabra: "¿Qué hacés acá, si no estuviste hasta ahora?", dijo, antes de dar media vuelta y alejarse de los colegas, que me fulminaron también. Se estaban perdiendo la nota del día. Diego caminó diez pasos y dio otra media vuelta, con la sonrisa inundándole la cara: "Naaaa, joda, joda… No hay cábalas, a este equipo no lo para nadie".

Los belgas no lo pararon, es cierto: les hizo dos goles que podrían estar entre los mejores de la historia si no estuviera el otro y ya alguien empezó a pintar, sobre una bandera, el "Perdón Bilardo, gracias". Podrían haber sido, pero no, los funcionarios del gobierno de Raúl Alfonsín que, poco más de un mes antes, habían intentado desplazar al DT de un equipo que llegó al Mundial acompañado por las peores críticas y sin el menor respaldo. La verdad es que la bandera apareció en un rincón del estadio Azteca el día del soñado séptimo partido, el 28 de junio de 1986. Pequeña ante la grandiosidad del escenario y ante la sensación de localía de una Alemania muy alemana, dirigida por Franz Beckenbauer y alentada en masa por los mexicanos.

Ya habituada a jugar contra la adversidad, la selección pegó primero con Brown, que había llegado como suplente de suplente y a esa altura ya volaba tan alto como el salto que pegó, y segundo con Valdano, en un gol que expresó como pocas cosas a aquel equipo: arrancó como lateral y definió como extremo izquierdo. Bilardo vio lo que quería ver y también lo que no: diez minutos antes del final, con dos goles de pelota parada, en el área chica, Rummenigge y Voeller le empataron el partido. Por aquellas jugadas, contó Bilardo, hoy arrepentido, no quiso quedarse con la medalla del campeón, que finalmente su equipo ganó. Porque Maradona, que tuvo durante 90 minutos la sombra de un tal Lothar Matthaus, encontró un espacio para su magia y lo puso a correr a Burruchaga, que le ganó al gigante Briegel y a la salida de Schumacher, que hasta demora en aparecer en el cuadro de la pantalla de TV.

Lo que no demoraron en aparecer fueron las dedicatorias de aquel equipo rabioso y brillante, sorprendentemente innovador en sistema y en rendimiento después del glorioso 3 a 2. El 5-3-2 que había nacido en cuartos de final, contra Inglaterra, quedó para la historia, con una formación que sale de memoria: Pumpido: Giusti, Cucciuffo, Brown, Ruggeri, Olarticoechea; Enrique, Batista, Burruchaga; Maradona, Valdano.

Cuatro años más fueron demasiado para varios de ellos, que quedaron en el camino o llegaron maltrechos, y Bilardo intentó un recambio generacional en Italia ’90. El mix no resultó en juego, pero sí en resultados. "Feos, sucios y malos", arrancaron con una derrota ante Camerún en Milan que llevó a amenazar a Bilardo con voltear el avión de regreso en el Atlántico si tenían que volverse en la primera rueda y terminaron otra vez en el famoso séptimo partido, otra vez contra Alemania. Pero la rueda no giró sobre las placenteras "autostrade" italianas, que el equipo nos obligó a recorrer en tortuoso itinerario por Milan, Napoles, Turin, Florencia, Roma... Se rompieron la uña y el tobillo de Maradona, además de la bandera argentina que flameaba en la concentración de Trigoria, en las afueras de Roma, donde los jugadores se enteraron que la crónica de la eliminación en octavos, jamás concretada, ya estaba escrita.

Eliminar en las semifinales a Italia fue el paso que faltaba, por si hiciera falta, para consolidarse como los más antipáticos allá. Despuntaban los ’90, balbuceaba la TV privada y Carlos Menem, presidente, voló hasta Italia para entregarle a Maradona el pasaporte de Embajador Deportivo del país. Con diplomacia maradoniana, horas después, un domingo 8 de julio de 1990, le hizo leer al mundo de sus labios un "Hijos de puta" que sonó más fuerte que aquellos silbidos del estadio Olímpico que tapaban el Himno Argentino. Después, Codesal vio penal de Sensini a Vöeller y Brehme pudo más desde los 12 pasos que el héroe de los penales Goycochea, que fue héroe igual. Maradona ya no le hacía sombra a Maradona, pero cómo él, con el 10 en la espalda, intentaba y lograba conducir a un equipo otra vez manejado por Beckenbauer desde afuera. Littbarksi le aportaba vivacidad, pero era una Alemania alemana, sólida de atrás para adelante. Sin Caniggia, amonestado en la semifinal, y con Maradona herido, la Argentina era un equipo sin brillo, anárquico y desprolijo, pero bravo. Contra todo y contra todos, hasta contra sí misma, se plantó aquella tardecita de la hostil Roma, con camista azul, ante una Alemania de punta en blanco, que aún en su favoritismo no pudo ser más que 1-0, de penal.

Brillante la de México ’86, pragmática la de Italia ’90, rebeldes ambas, son las antecesoras de esta de Brasil 2014 en cuestiones de séptimo partido, ese que no vendrá a ver Cristina Kirchner aunque le encantaría. Esta selección, con menos mañas y con más valores, tiene cosas de la dos y de ninguna. Desde saber convivir con un genio, hasta elegir qué le conviene sin que se le mueva un pelo. Todas se fueron construyendo, formulando y reformulándose, en siete partidos, hasta definir una identidad.

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