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ARRECIFES.- Es temprano. Se despereza el Sol en su ascenso por el Este. Hay pocas nubes, salvo hacia el noroeste. Exactamente donde se encuentra Arrecifes, que tiene un día tan gris como el cielo que la cubre. Claro, Luis Rubén Di Palma, uno de los ídolos tuercas que justifican el apodo de "Cuna de campeones" para el pago, ha muerto trágicamente.
Se sabe que lo velarán en la Escuela Técnica Nº 1 Fray Luis Beltrán; no mucho más. A las 8.45, unos pocos pueblerinos ya están en la esquina de Francia y Sargento Cabral, con semblantes curiosos, pero silenciosos y amargados. Hay tiempo para tomar un desayuno en una estación de servicio; por mera casualidad, se elige la que está situada en la intersección de las rutas nacional 8 y provincial 51, justo la misma en la que El Loco consumía sus primeros alimentos de cada domingo sin carreras, poco después de las nueve. Otra casualidad: son las 9.15 y es domingo. Una más: a unos pasos de la estación está el puente de ferrocaril, el mismo bajo el cual Luis hacía una de sus locuras habituales: pasar con su avioneta o su ultraliviano por el agujero de 4,10 metros de alto por unos 8 de ancho.
En la escuela se espera que el cuerpo llegue de Carlos Tejedor, después de la autopsia que se le practicó en Pehuajó. Allí, organizando todo a costa de su dolor, está Valentín Hanley, fiel escudero de Di Palma desde su debut en TC.Y llega el ataúd a la escuela. Tras unos minutos con los familiares a solas, a las 11.36, se abre a la visita del público en general.
Afuera está fresco y de vez en cuando llovizna; dentro del recinto, un polideportivo, está la capilla ardiente, con varias coronas florales. El grueso de la gente empieza a llegar después del mediodía. La mayoría hace la fila, se detiene frente al féretro, se persigna y se va, con resignación y respeto, aunque muchos se quedan en las tribunas. El grueso del público va haciéndose más y más grueso. La cola se alarga, pero ya no son casi todos varones: hay muchas mujeres. Y muchos chicos. Y jóvenes y viejos. Y bomberos y gauchos. Y arrecifeños y forasteros. Todos quieren saludar al ídolo. Se acercan las 17.30, hora de la partida al campo santo. La cola por fin va achicándose, después de que pasaran miles y miles de personas, buena parte de los 25.000 habitantes del pueblo.
En eso, brota un cerrado aplauso desde el polideportivo. Afuera se lo copia, sin emitir palabra. Al rato, otro igual. No terminan de llegar nuevas coronas. Al fin, la tapa del ataúd cubre su cuerpo, del cual sólo se veía su rostro golpeado, pero acariciado permanentemente por La Tana, su mujer, y Andrea, la hija de ambos. Prorrumpen de nuevo las palmas, en 51 emotivos segundos. Se traslada el cajón al tope de la autobomba que lo llevará por el pueblo al cementerio. Nuevo aplauso, más fuerte, más sentido, más extenso.
Suben al coche de bomberos Patricio, Andrea y Marcos, sus hijos. "¡Veinticinco años aguantándome y no querés subir ahora!", vocifera Marquitos a Tito Hanley, que asciende tímidamente.
Nuevos aplausos. Parte el cortejo. Son más de cien autos; la gente saluda desde las veredas. Al fin, ya no hay más ruidos. Sólo silencio.
Es que la Cuna despidió a unos de sus campeones, el gran Luis Rubén Di Palma. El Loco. Atrás quedaron sus picadas en marcha atrás y sus victorias. Ya Arrecifes se queda sin palabras. No hacen falta. La ciudad ya lo ha dicho todo con sus genuinos aplausos.



