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El automovilismo argentino recibe una noticia con felicidad: un argentino competirá durante 1998 en la Fórmula 1. Pero no hay que confundirse en medio de la algarabía. El árbol no debe tapar el bosque.
Esteban Tuero llegó a la máxima categoría gracias a las arduas gestiones del Gran Premio de la Argentina. Como negocio, es formidable. Una carrera de F.1 con un argentino en Buenos Aires es tentador. Varias empresas se unieron y apostaron por el joven piloto para competir en Minardi, el equipo más débil de la categoría y al que se llega con un buen aporte económico.
Tuero no posee una base sólida como para llegar a la Fórmula 1. Y eso no significa que no consiga, en un futuro lejano, buenos resultados. Pero el argentino, tras su título en la Fórmula 2000 italiana, en 1995, jamás completó una temporada en una categoría. Corrió y se adaptó a varias, pero no hizo los pasos lógicos o, al menos, los que desarrolla la mayoría. El mismo Tuero lo admite al decir que le falta experiencia. Y si ello se agrega a los magros resultados que consigue el equipo Minardi, la consecuencia no sería de lo más optimista para aquellos deseosos de logros y éxitos deportivos.
Es destacable la unión de firmas para la llegada de un argentino a la Fórmula 1, algo que se reclamaba desde hace mucho tiempo y que al fin se concretó y con la posibilidad de que también se coronen con éxito las gestiones de Norberto Fontana. Pero tampoco es el camino ideal. Acá nomás, en Brasil, decenas de chicos prueban suerte en las más variadas categorías internacionales con el apoyo de empresas brasileñas.
Es cierto que el país vecino es más poderoso, pero también ellos tienen otra mentalidad. Allá el dinero se aporta desde los comienzos y generalmente acompaña a los pilotos hasta la cumbre de los corredores. La invitación a una copia a ese modelo debe ser constante.
El árbol no debe tapar el bosque. Tuero está en la Fórmula 1 y hay que apoyarlo, pero debe exigirse que exista una política que permita ayudar a los pilotos que luchan diariamente para progresar en el exterior, lejos de la gran vidriera de la máxima categoría. Aún estamos lejos.



