Dakar: la noche minimalista en el desierto con carpa, bolsa de dormir, ración militar y “comida para gatos”
La etapa maratón tuvo el “premio” de pernoctar a la intemperie, sin más asistencia mecánica que un teléfono; dormir con la misma ropa
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HAIL, Arabia Saudita.– Frunció la nariz mientras el índice y el pulgar marcaban el tamaño del colchón que les habían dado. La fina piel de una carpa los separó de la intemperie y una bolsa de dormir fue todo el abrigo. Valentina Pertegarini, la navegante bicampeona del mundo, intentó describir la noche que pasó en el desierto junto a su esposo, el piloto Nicolás Cavigliasso. Comieron de una bolsa. “Como la comida para gatos”, contó la cordobesa luego de compartir la pernoctación a la intemperie que el Rally Dakar impone cada año a todas las tripulaciones. Sin distinción entre profesionales y aficionados, ésa es una experiencia saliente del rally-raid más exigente del mundo, que se repetirá la semana entrante. Así es la etapa maratón, en la que nadie tiene asistencia mecánica ni comodidades, sosteniendo una cuota de la historia a modo de tradición.
Las etapas 4 y 5 del Rally Dakar 2026, unidas por la noche del miércoles, tuvieron la característica de ser “maratónicas”. Así se acostumbra calificar a las dos jornadas en que los competidores acceden a un campamento íntimo, aislado del resto de la caravana, para que afronten el desafío de ser sus propios mecánicos y resuelvan ellos mismos toda situación problemática. Los miembros de los equipos que no corren fueron a Hail, con sus talleres rodantes y comodidades, mientras que los pilotos salieron de Al-Ula y llegaron a un valle en medio de los cañadones de piedra que caracterizan la zona. Allí les dieron lo mínimo necesario para pasar la noche minimalista del Dakar: “Estábamos en el medio de la nada. Nos entregaron unas bolsas de dormir, carpas y una caja donde está la comida, en bolsa, como la comida para gatos, que se calienta en otra bolsa”, relató Pertegarini, copiloto de su marido.

El matrimonio cordobés ganó la etapa y tenía el auto en perfecto estado cuando se expresó para LA NACION, por lo que no tuvo más inconvenientes que la incomodidad del campamento improvisado. “La verdad es que no comimos casi nada”, dijo Vale. “Sabíamos que era una vianda militar”, añadió Nico, señalando que, precavidos, tenían algo para salvar el día. “Llevamos unas provisiones arriba del auto, latas de atún que llegaron batidas después de 450 kilómetros de carrera y con alta temperatura. Quizás no es muy recomendado, pero comimos igual”, reconoció con una sonrisa quien intenta replicar el triunfo del año previo con un Taurus T3 Evo del equipo Vertical Motorsport.

La presentación de la comida fue la novedad este año, con el producto de la firma Jomipsa. Con más de cuatro décadas en el rubro alimenticio, es referencia en la producción de kits para emergencias o ayuda humanitaria, lo que en el ámbito recreativo se transforma en una opción para excursionistas. En este caso, con la versión de alimento para combatientes, se utilizó una de las innovaciones: calentadores carentes de llama que se activan con una mínima cantidad de agua y en pocos minutos le dan temperatura a un plato. “La ración tiene mucha tecnología. Nos causó sensación la bolsa”, comentó Javier Vélez, el piloto colombiano que tiene en el cordobés Gastón Matarrucco a su ladero de confianza. “Le echas agua hasta una marca, metes el producto que quieres calentar y lo cierras. En cinco minutos está completamente caliente y con un cucharón te la comes”, dijo el hombre que comanda una Toyota Land Cruiser en la modalidad Dakar Classic. El plato no fue lo más deseado, ciertamente, pero, sentados alrededor de fogatas, fue lo que tuvieron a mano los competidores para pasar la noche y esperar la siguiente jornada.
La experiencia no terminaba en la comida, sino que el parón en medio del desierto arábigo no incluía estructuras de refugio ni baños. “No llevamos otra ropa, así que con la misma estuvimos toda la tarde reparando el auto y después fuimos a dormir”, continuó Pertegarini, intentando recordar con una sonrisa la vivencia. Y graficó con dedos el diminuto tamaño del colchón que los había protegido del frío que traspasaba la carpa desde el arenoso suelo del desierto. La seña, que en un bar porteño implicaría el pedido de un “cortado”, dejó en claro que el cojín no sobresalía por brindar confort: “La carpa terminó con más arena que la que había afuera y dormimos en unas colchonetas que tienen este espesor”, dijo, uniendo un índice con un pulgar. “Está bueno como experiencia, aunque no sé si en una carrera tan dura como ésta”, dijo la cordobesa, sabiendo que para la segunda semana se planificó otra expedición. “Era un lugar hermoso, pero ahora vamos a disfrutar de poder bañarnos”, bromeó, ya instalada en el bivouac de Hail.

Otro punto, insoslayable, es el aspecto deportivo. La estrategia invita a pensar una y mil veces el par de jornadas y los equipos de primera línea dejan de lado lo pintoresco con el propósito de no perder el foco, pues su objetivo es ganar. “Hacer la etapa maratón y solucionar los problemas nosotros mismos ha sido importante”, manifestó Lucas Cruz, histórico navegante de Carlos Sainz, para LA NACION. Equipados con teléfonos satelitales, cuando tenían dudas podían llamar a los mecánicos para recibir una instrucción detallada. “Tuvimos algunos problemas de embrague ayer y estuvimos haciendo reparaciones por la noche, pero los solucionamos”, rescató el español.

El clima ha sido benévolo esta vez. El año anterior nadie se alejaba del fogón, por las temperaturas bajo cero, hasta que el sueño vencía al cuerpo. Algo así eran las noches en el período en que la carrera se desarrolló en África, cuando se inició la tradición que transformó este encuentro en el rally-raid más difícil de todos. Hoy es inimaginable lo que fue para Thierry Sabine, el creador de la París-Dakar, estar perdido durante nueve días en el desierto de Sahara con su moto. Lo que vivió en 1977 fue la inspiración para organizar una carrera para la que se anotaron 170 vehículos y apenas 72 alcanzaron a completar, con aquel recorrido de 10.000 kilómetros por Argelia, Níger, Malí, Alto Volta y Senegal.

Actualmente es David Castera el director de la competencia. Creció entre los fierros, hijo de un mecánico de pilotos de primera línea, antes de lanzarse él mismo a la competencia todoterreno. La diferencia es que el Dakar avanzó, en todo sentido, a la par de la tecnología: “Ahora hay una parte de la gente que no ha conocido el Dakar de los años ochentas. Yo he corrido cinco veces en los noventas y siempre dormí en la carpa, al pie de la moto”. El francés mencionó el “campamento refugio” que él mismo diagramó para este año, defendiendo el concepto de esta etapa: “Para mí es una filosofía importante. Intentamos mostrar cómo fue el Dakar. La evolución de hoy tiene camiones y casas rodantes, pero yo quiero guardar la idea de lo que fue ese esfuerzo”, señaló el ideólogo de todo lo de ahora, que no tuvo tiempo ni para mirar alrededor y apreciar el paisaje. Es que, más allá de la vista, a pesar de las incontables estrellas que miran a los nómadas modernos, nadie en realidad pudo desconectarse de la carrera.
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