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En todo lugar del mundo, o casi, la gente honra a sus ídolos. No debe sonar descabellado: cuando hay voluntad, no existen impedimentos para rendirles reconocimiento a los deportistas que llevaron el nombre de un pequeño pueblo o de una provincia a la consideración general. En todo lugar del mundo, menos, claro, en la Argentina. Mientras cuatro estatuas de Juan Manuel Fangio estaban instaladas en las principales ciudades europeas, aquí se debatió largo y tendido el lugar para ubicar la correspondiente a la patria del homenajeado. Hablamos del máximo deportista argentino de todos los tiempos. Imaginar, entonces, qué queda para el resto.
Aunque es el hombre más ganador de la historia del TC (la categoría número 1 de la Argentina), ningún autódromo lleva en el país el nombre de Juan Gálvez. Y cuando se decidió que el autódromo de Buenos Aires llevara el nombre de otra leyenda, Oscar Gálvez, la burocracia se tomó su tiempo y éste fue reconocido mucho más tarde que cuando se le tributó el homenaje en vida al Aguilucho, en marzo de 1989, nueve meses antes de su fallecimiento.
Por suerte, existen excepciones. Al museo que Fangio llevó adelante en Balcarce con el empuje de su pueblo se sumó otra gente que no olvida, y hoy Roberto Mouras es recordado como se lo merece en Carlos Casares y otro tanto ocurre con Osvaldo Morresi en su querido San Pedro.
Hacia fin de 2006, la nueva buena vino desde Tucumán, cuando familiares, amigos y allegados a Nasif Estéfano emularon a aquéllos y decidieron hacerle un lugar a la memoria al "Califa Chico". El mejor piloto tucumano de todos los tiempos debía tener su lugar en el mundo para que quienes sólo conocen su apellido por escucharlo de boca de sus padres o abuelos tengan la posibilidad de ilustrarse acerca de un deportista ejemplar.
Porque más allá de la grandeza del piloto, hay cosas que deben saberse. Como que su padre, Jorge, cuando Nasif perdió la vida en aquella traicionera curva de Aimogasta, donó el seguro de la muerte de su hijo al hospital de Concepción. O que su abnegada madre, Elia, la que lo esperaba a la llegada de ese GP de 1973 que Nasif lideraba y nunca concluyó, es toda una institución en Tucumán y a sus 95 años dona ropa de cama para ayudar a la misma entidad en cada aniversario de la muerte del piloto.
Ejemplo. Vaya palabra en desuso para nuestros días. Nasif la cultivó por años, lo que no sorprende, teniendo en cuenta el linaje de sus progenitores. Por eso, puede descansar tranquilo: en un acierto de la memoria, el único campeón post mórtem del TC ya tiene su lugar en el recuerdo.


