Avellaneda podría aprender

Andrés Prestileo
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23 de mayo de 2015  

Estos días convulsionados evocaron cuán lastimado dejó a Boca aquella serie con River en la Libertadores de 2004 para jugar la final con Once Caldas. La lógica básica impedía prever que a aquel campeón de raza pudiera hacerlo colapsar un rival inexperto y futbolísticamente inferior. Pero ocurrió, y esa derrota obligó a plantear hasta qué punto un grado tan alto de fatiga emocional puede ser tan decisivo.

River se pregunta si no está pagando la misma factura. Entre quienes dicen comprender las entrelíneas de un partido de fútbol están los que entienden que Cruzeiro aprovechó ese estrés. River quedó aferrado de un cabello a su perspectiva de seguir en la Libertadores, y Boca ya pagó con la eliminación un hecho vergonzante. Qué penoso comprobar que jugar un superclásico, hoy, lejos de funcionar como un incentivo, es enfrentarse a la autodestrucción. La mutua autodestrucción. Aquellos lugares comunes sobre que un Boca-River es "una final" o "un torneo aparte" están a punto de volverse grotescamente literales, de haber resultado un fin en sí mismo pero de la manera más torpe, más estúpidamente improductiva para los dos.

Ya pasó, no queda mucho por hacer. Salvo, quizá, aprender algo. Es un provecho que, por ejemplo, podrían sacar Racing e Independiente. De este descenso del fútbol a las profundidades de su miseria ellos no tuvieron parte esta vez, pero la vergüenza posterior nos roza a todos, quien más, quien menos. Pedir que mañana, en Avellaneda, se recree uno de esos viejos clásicos de los que algunos podemos dar fe, en los que el respeto todavía tenía mucho valor, puede ser utópico. Pero siempre hay un primer escalón. Si es hijo del escándalo, bienvenido sea también. Es lo que tenemos.

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