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Cuando se extralimita en la mayoría de los deportes, uno pierde. Cuando se extralimita en la llamada inmersión a pulmón libre, uno muere.
La inmersión marina libre –zambullirse a la mayor profundidad posible después de una sola aspiración de aire y sin equipo de buceo– es una de las diversiones más riesgosas del mundo de hoy, y el último fin de semana le costó la vida a Audrey Mestre, una mujer francesa de 28 años, cuando su intento de establecer un récord mundial frente a las costas de la República Dominicana se malogró trágicamente.
Supuestamente, la inmersión de Mestre, en la que esperaba batir el récord mundial de 162 metros logrado por su esposo, Francesco Pipin Ferreras, debía durar tres minutos. Cuando fue sacada del agua después de casi nueve minutos –su esposo la cargó durante los últimos metros hasta la superficie– Audrey estaba, según los relatos, inconsciente. Los primeros auxilios para hacerla revivir fueron infructuosos.
Mestre, ex estudiante de biología marina, ya había alcanzado los 170 metros de profundidad durante una práctica unos días antes. Y el sábado 12 del actual, mientras Ferreras observaba con una máscara desde la superficie y con la presencia, según los organizadores, de otros 13 buzos que se zambulleron para verificar el descenso, Mestre aspiró a fondo y se aferró a una especie de trineo con pesas conectado a un cable que la transportaría hasta la profundidad prevista de 171 metros.
Una vez allí, la mujer debía supuestamente inflar un globo que la transportaría de vuelta a la superficie. Pero surgieron complicaciones, que aún requieren de explicaciones, y los buzos de seguridad debieron intervenir y transportarla hasta la superficie. Aunque la primera autopsia, realizada en Santo Domingo, especificó que la causa de la muerte había sido por ahogo, se está preparando un informe final que podría llevar varias semanas completar.
“Esto nos provocó una gran conmoción a todos”, afirmó Loic Leferme, un inmersionista a pulmón libre francés y amigo de Mestre que, a pesar del desafortunado episodio, tiene previsto intentar batir el récord mundial mañana frente a las costas de Niza.
En tanto asoman nuevos detalles sobre las causas del deceso de Mestre, podría haber repercusiones incluso en el plano legal. También surgen interrogantes respecto de cómo la muerte de Mestre afectará el futuro de ese deporte de alto riesgo.
“Era evidente que algo semejante podía ocurrir tarde o temprano –comentó Rudi Castineyra, presidente de Free (Libre), con sede en Miami, una de las tres organizaciones que homologan los récords de la inmersión a pulmón libre– porque en esta disciplina no interviene el esfuerzo físico, por decirlo así: uno baja por una especie de trineo y luego lo izan de vuelta. Se pueden alcanzar profundidades sorprendentes, y éstas comienzan a plantear amenazas fisiológicas para los inmersionistas”.
Varias disciplinas distintas fueron apareciendo en la inmersión marina libre. Existe la llamada “de peso constante”, en la que un sumergista que usa patas de rana, pero ninguna otra asistencia mecánica se zambulle a la mayor profundidad posible después de aspirar aire a fondo. También existe la “inmersión libre”, en la que un inmersionista desciende aferrado a una cuerda. Pero la disciplina que más ha captado la atención es la que se da en llamar “ilimitada”.
Para algunos críticos, incluyendo a Castineyra y al ex as italiano de la inmersión a pulmón libre Umberto Pelizzari, se trata más de un viaje emocionante que de un deporte. Pero no hay duda de que la inmersión ilimitada significa un desafío físico.
A 170 metros de profundidad, los sumergistas están sujetos a presiones sumamente intensas. El ritmo cardíaco puede disminuir a menos de 20 latidos por minuto, y los pulmones se contraen hasta adquirir el tamaño de una naranja. Los mecanismos de supervivencia del cuerpo reorientan el flujo sanguíneo de las extremidades hasta los órganos vitales.
“Allí abajo hay un mundo hostil”, advirtió Leferme, de 32 años, que se sumergió hasta los 154 metros en un intento previo para batir el récord.
Castineyra se opone definitivamente a esa clase de inmersión marina libre. Después de la muerte de Mestre, su organización anunció que ya no homologaría récords en categorías de lastre variable como la “ilimitada”.
Aun así, Castineyra expresó su convencimiento de que el accidente de Mestre pudo haber sido evitado. “La razón principal por la que sucedió y no pudo resolverse de una manera satisfactoria fue que ese equipo no observó sus propias medidas de seguridad; sorprendentemente, no se ajustó a una serie de reglas propias”, añadió Castineyra, que no estuvo presente en el momento de la inmersión pero asegura haber hablado con testigos y haber mirado un video filmado desde una lancha.
Castineyra, que también señaló que conocía a Ferreras desde que ambos eran adolescentes, en Cuba, cuestiona la posibilidad de que hubiese trece buzos de seguridad a diversas profundidades, y aventuró que pudo haber apenas tres debido al tiempo que tardaron para transportar a la mujer hasta la superficie. También señaló que el video que miró no muestra la presencia de personal médico en el lugar de la inmersión, aunque sí muestra que a Mestre le fue administrada CPR por parte de Carlos Serra, presidente de la Asociación Internacional de Inmersionistas Marinos a Pulmón Libre (IAFD), un grupo creado por Ferreras en Miami a cargo de la homologación del récord.
“Luego vi –prosiguió– cómo Pipin (Ferreras) y otro miembro del equipo subían a la mujer a la lancha y a toda velocidad la llevaban a tierra firme. Pero en ningún momento advertí la presencia de un médico que se ocupara de administrarle los primeros auxilios”.
Los esfuerzos por lograr una comunicación con Ferreras fueron infructuosos ya que una recepcionista de la IAFD respondía que no daba entrevistas.
Aunque la inmersión marina libre como deporte tuvo su desarrollo en tiempos modernos, la actividad es muy antigua. Los historiadores creen que los habitantes de la Mesopotamia se sumergían en busca de perlas allá por el año 4500 a. C., y algunos japoneses aún hoy se zambullen en pos de ellas a la manera tradicional. Pero no se convirtió en un deporte auténtico hasta que se desencadenó una rivalidad en los años 60 del siglo pasado entre un francés, Jacques Mayol, y un italiano, Enzo Majorca, cuyas proezas submarinas crearon una especie de culto en toda Europa.
Quien quedó cautivado por las hazañas de ambos fue el director cinematográfico francés Luc Besson, que posteriormente filmó la película “The Big Blue”, acerca de la destreza de esos hombres, que se popularizó en Europa y generó interés en la actividad.
Audrey Mestre se sintió atraída por el océano durante su breve vida. Su abuelo fue un ávido arponero y ella practicó buceo durante su adolescencia. Estudió biología marina en México, donde preparaba una tesis sobre fisiología marina que incluía la investigación de los cambios en el flujo sanguíneo de los inmersionistas a grandes profundidades.
Por eso se propuso conocer a Ferreras, uno de los máximos inmersionistas a pulmón libre del mundo. Al principio, trabajó para él como buzo de seguridad y en 1999 ambos contrajeron matrimonio. Pero en los últimos tres años, Audrey comenzó a competir directamente contra su esposo. Esa competencia terminó trágicamente hace una semana.
(Traducción de Luis Hugo Pressenda)

