Básquet. Pasado y futuro de la selección argentina

Luis Scola, el único irremplazable de la Generación Dorada, según Manu Ginóbili
Luis Scola, el único irremplazable de la Generación Dorada, según Manu Ginóbili Fuente: Archivo
Emilio Zavaley
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11 de octubre de 2019  • 08:27

Como si no se pudiera evitar ese destino, el desempeño de la selección nacional de básquet en el Mundial de China también fue llevado a la grieta. De la deportiva a la política, se puso a los jugadores en el lugar de referentes morales de Argentina. "Cuánto tiene que aprender el fútbol del básquet", se escuchó en columnas periodísticas. David Carlín -una especie de Álvaro Martín vernáculo, pero sin el carisma de la voz histórica de la NBA en ESPN- se animó a meter algunos comentarios que rozaban el tono político durante la final contra España, cuando la derrota estaba al caer y la foto de los 12 jugadores más el cuerpo técnico con la medalla plateada ya tenía su epígrafe escrito: eran un ejemplo de lucha y trabajo para ganarles a las potencias.

Pero lo que dejó a la vista esa reacción ante los buenos resultados en los ocho partidos es que no se estaba al tanto del recorrido espectacular que tuvo el equipo dirigido por Sergio Hernández desde Río 2016, el último torneo de la Generación Dorada. Mucho antes del segundo puesto, el conjunto nacional se clasificó al Mundial varias fechas antes del final de las eliminatorias y llegó con un plantel que tenía ocho jugadores compitiendo en España, la liga más fuerte del Universo FIBA, y quizás en su mejor momento, como había pasado con Manu Ginóbili y compañía en el Mundial de 2002 y los Juegos de 2004.

Facundo Campazzo y Gabriel Deck fueron campeones del último torneo español con el Real Madrid. Nicolás Laprovittola, el "jugador más valioso" de la fase regular con el Joventut de Badalona, reconocimiento que el año pasado había conseguido Luka Doncic, ahora sensación de la NBA. Patricio Garino se recuperó de las lesiones y volvió a su nivel, con una intensidad en defensa que recuerda a Andrés Nocioni, y una mente fría en ataque pulida en el torneo universitario de Estados Unidos. Luca Vildoza fue el jugador revulsivo que todo equipo debe tener para salir de un pozo anímico. Y, además, como la Generación Dorada, este equipo tiene a Luis Scola.

Fuente: Brando - Crédito: KIKO

El eterno capitán

Como dijo alguna vez Ginóbili, Luis Scola era el único irreemplazable de la Generación Dorada y, en estos últimos partidos, quedó a la vista el peso que tiene su figura dentro y fuera de la cancha.

Con la misma claridad que tuvo para decirle al entrenador del conjunto nacional hace un año que estaban para jugar las semifinales en China, Scola manejó su carrera desde que era adolescente, incluso cuando por su altura (a los 14 ya medía más de 2 metros) quemó etapas más rápido que cualquier otro jugador local. A los 15, debutó en la Liga Nacional con Ferro y jugó semifinales con el histórico León Najnudel como director técnico. Con 18 años se fue a Europa a un club de la segunda división española y consiguió el ascenso en el primer año. Después de liderar la Liga ACB, se fue a la NBA y, en la temporada debut, fue elegido en el quinteto de mejores rookies con la ahora superestrella Kevin Durant.

Sus estadísticas en la selección empezaron a estar en una especie de cadena nacional a medida que el equipo avanzaba en el Mundial. Además de los 28 puntos en la semifinal, están los impactantes récords que alcanzó en esta competencia: es el segundo goleador histórico y el jugador con más presencias en mundiales FIBA. Pero más emocionante fue lo que hizo durante la etapa clasificatoria, que por primera vez reemplazó las clásicas competencias continentales por "ventanas" -un formato similar al que usa el fútbol para sus eliminatorias-, en las que el ala-pívot, pese a estar jugando la liga profesional de China, estuvo presente en 9 de los 12 partidos. Esa entrega, la misma que mantuvo en todos los torneos que disputó desde 2001 con la selección, es el mayor logro que deja para la historia el capitán del equipo.

El guion perfecto

Tras ser determinante en el partido de semifinales contra los franceses, La Nación publicó en su sitio online una nota sobre el momento clave de la carrera de Campazzo: una fase de un torneo juvenil nacional sub-19 que se jugó en Mar del Plata en 2006, en el gimnasio de Peñarol. Con 15 años, el base jugó para Unión Eléctrica de Córdoba y, en el partido que ya estaba liquidado para los locales -los favoritos del cuadrangular-, entró a hacer lo que suele hacer: enfrentar situaciones adversas y poner la cara, pedir la pelota en todo momento y forzar situaciones en ataque para desequilibrar al rival, el mismo espíritu que dominó su juego durante los ocho enfrentamientos del Mundial. Osvaldo Echeverría, responsable de las divisiones formativas de Peñarol, poco tiempo después lo recibió para formarlo como profesional. No dio vueltas para decirle que, con menos de 1.80, la única posibilidad de ser jugador de la Liga Nacional era suplir las falencias llevando más allá sus puntos fuertes. "Lo que tenés que buscar es velocidad de ejecución", le dijo. Las sesiones de entrenamiento arrancaban entre las 7 y las 8 de la mañana, y los frutos se vieron rápido: después de debutar en la Liga en 2008, consiguió cuatro títulos, y en dos de ellos (2011-2012 y 2013-2014) fue el MVP de las finales.

"Nunca vi un base de 20 años con panza", le dijo Manu Ginóbili en la preparación para Londres 2012. Fue clave para que Campazzo hiciera el segundo clic en su carrera. Se contactó con el fisioterapeuta Paulo Maccari, que además de ser el primo de Ginóbili, fue uno de los responsables de que el bahiense superara la barrera de los 40 años dentro de una cancha, decidió cambiar su alimentación -abandonó hasta las empanadas árabes de su madre María Elena- y alinear su vida personal y deportiva con el método Busquet, que relaciona la parte física con la visceral y emocional. Ahí estuvo la llave para poder sumarse como protagonista al circuito de juego del poderosísimo Real Madrid, que conquistó la liga española en las últimas dos ediciones y la Euroliga el año pasado, y también para recuperarse rápidamente del esguince en el tobillo derecho que tuvo en la preparación para el Mundial.

Como una historia sin fin, Campazzo tiene próximas batallas que seguro terminará ganando -Tokio 2020, la próxima copa del mundo en Japón, Indonesia y Filipinas en 2023, y ¿la NBA?- con argumentos suficientes para derribar el mito de que solo los altos pueden jugar este deporte.

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