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Fiorentina seguirá siempre dentro de mí, pero la racionalidad dice que para la sociedad y para mí las cosas han cambiado". Ensayo de despedida. Palabras de adiós. Gabriel Batistuta prepara su partida de Florencia, la bella ciudad italiana que se enorgullece por el pasado del increíble Miguel Angel y del presente del goleador aguerrido con cara de ángel. No es la primera vez que el Batigol exterioriza sus ganas de quitarse la camiseta viola, pero esta vez no suena a amenaza como en otras oportunidades, sino que su despedida está más cerca de la red que fuera de ella.
La llegada del entrenador Giovanni Trapattoni en reemplazo de Alberto Malesani es uno de los puntos que aceleran la marcha de Batistuta, pues el técnico de Manchester United pretende contratar para la próxima temporada a un nuevo goleador, que provoque una sensación distinta entre los aburguesados hinchas florentinos. Casi como dándole la razón a Trapattoni, el máximo goleador del seleccionado argentino, con 38 tantos, analizó de la siguiente manera su estado actual con los tifosi: "Después de siete años, ya no soy ninguna novedad. Si hago veinte goles nadie se sorprende; si hago trece alguien dirá que fracasé."
Siete primaveras de romance no serán fáciles de olvidar. De ser el ciudadano más famoso -con una estatua construida en su honor, incluso- se convertirá en una grata leyenda. Sus goles cambiarán de ciudad y harán felices a millares de desconocidos que hoy lo padecen. Hablan de Parma y de Roma, donde Hernán Crespo y Abel Balbo, respectivamente, dejaron en las últimas semanas las áreas rivales vacías de peligro como consecuencia de sus bajos rendimientos.
En la península itálica se comenta que el dueño del gol en Florencia está a un paso de serlo en Parma, que pagaría casi 20.000.000 de dólares por su pase. Batistuta cobraría 3.500.000 dólares anuales de prima, una suma ampliamente superior a los 2.000.000 de dólares que cobra hoy y que recibirá hasta el 2000, año en que termina su vínculo con el club de Cecchi Gori.
Más allá de las alegrías que le regaló al hincha, pese a que últimamente el equipo fue silbado y eso no le gustó demasiado a Batistuta, el delantero se marchará orgulloso de "ser el capitán de un equipo rico futbolísticamente y compuesto por jóvenes excepcionales".
De frente a su computadora y con la música de Bruce Springsteen de fondo, seguramente Batistuta recordará hoy aquellas difíciles tardes otoñales de 1991, cuando llegó con sus 21 años desde Buenos Aires, con más recuerdos de su Reconquista natal que de los goles que acababa de festejar con Diego Latorre en su querido Boca.
No le resultó sencillo insertarse en un plantel que tenía como líderes a los brasileños Dunga y Masinho. Encima, Daniel Passarella, que lo había dejado libre de River, y Enrique Sívori, una voz más que autorizada en Italia, no fueron muy diplomáticos al definirlo con pantalones cortos y botines.
Frente a esta adversidad, y como en aquellos primeros picados infantiles en los que le tocó ocupar el arco porque era el gordito del grupo, Batistuta se propuso torcer su propio destino. Y lo consiguió. Hechizó a toda una ciudad con sus festejos. Posó junto con el banderín del córner como un conquistador de la Edad Media. Se hizo rico y famoso. Y se transformó en un símbolo de la ciudad, como el propio Ponte Vecchio. Todo eso fue hasta ayer, porque hoy el Batigol ensaya su adiós.




