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Sol a pleno, el tradicional encanto de Palermo, el mejor polo del mundo... y un clima futbolero como nunca antes se había visto. La definición del Argentino Abierto se vivió con la intensidad de siempre, pero esta vez el ambiente quedó marcado por detalles típicos del folklore del deporte más popular de nuestro país.
El comienzo de la tarde tuvo invitados especiales: los revendedores. Cuando restaban dos horas para la final, mucha gente se acercó a comprar entradas para la tribuna Dorrego, pero ya se habían agotado. Eso significó un gran negocio para los oportunistas, que entraron en acción doblando la apuesta: de los 10 y 15 pesos originales para las laterales y la central, respectivamente, los precios treparon a $ 30 y $ 40. Y aunque muchos protestaron, no había muchas opciones; las ganas de ver la final pudieron más y la mayoría se resignó a pagar el recargo .
Ya todos empezaban a apretujarse en las tribunas cuando entró en acción el numeroso grupo de gente que acercó Nueva Chicago para alentar a La Dolfina; una unión que este año se convirtió en un volcánico amor de primavera.
El público del Torito hizo base en la esquina de la Dorrego más cercana a los palenques del equipo verdinegro. Primero, las sombrillas y las banderas; las de los Gonçalves, Villa Urquiza, Lugano y Los Perales aparecían como las más destacadas.
Y enseguida, un derroche de pirotecnia: los clásicos tres tiros , paracaídas con banderines y bengalas, superando en cantidad y en variedad a lo vivido en aquellos duelos de los 80 entre La Espadaña y Chapaleufú. Claro que la gran novedad en la Catedral del polo fue el denso humo negro y verde, algo bien típico del fútbol.
La hinchada de Chicago no ahorró esfuerzos a la hora de demostrar su afecto hacia La Dolfina; también hubo un cuarteto que se hizo escuchar durante más de tres horas. Eran los integrantes de la murga La Mano de Dios, de Almagro, que con un bombo, un repique y dos redoblantes marcaron ritmo de batucada hasta un largo rato después del partido.
No obstante, y a pesar del apoyo constante de la gente de Mataderos, quedó claro que Chapaleufú II dominaba las tribunas en número. Y en la Dorrego, el glamour palermitano se fundió con el aliento visceral que propuso la gente que alentó a Adolfo Cambiaso y compañía.
"Ponga h... La Dolfina/ que esta tarde cueste lo que cueste/ esta tarde tenemos que ganar", se escuchaba como en una letanía; menos organizados, los simpatizantes de los Heguy no pasaban de algún "Vamos Chapa". Acaso más entendidos en el juego, comentaron las acciones y protestaron los fallos arbitrales. Y, como hace dos años, hubo abucheos, insultos y silbidos para Cambiaso a la hora de ejecutar un penal. "Fracasado", disparó un desubicado, que enseguida reparó su error cuando Adolfito anotó en gran jugada el 7-6 para La Dolfina: "Es increíble lo que juega este pibe..."
Mientras la final crecía en tensión, la mayor parte de la Dorrego miraba en silencio; la escapada en el resultado de La Dolfina (15-10) invitaba a preparar el carnaval, pero Chapaleufú ofreció el corazón e igualó en 16: fue el único momento en que se detuvo el aliento de la gente del Torito, perpleja ante semejante reacción.
Pero en el último chukker, La Dolfina volvió a sacar ventaja; un gol de Cambiaso frente a los mimbres de su hinchada encendió el grito de "dale campeón", cada vez más fuerte, cada vez más estridente. Ahora sí, todas eran sonrisas en la esquina más cercana a Libertador. A los 6m35s del octavo parcial, y mientras Adolfito convertía el penal para el 20-16, un centenar de hinchas ya había bajado al campo de juego para celebrar la consagración. Ya caía la tarde, y mientras la batucada acompañaba sin cesar, La Dolfina empezaba a disfrutar su hora más gloriosa.
A pesar de la invasión de cancha registrada en el final, los encargados de la seguridad informaron que no se registraron incidentes ni detenidos. El operativo incluyó los controles de la organización -unas 70 personas- y 40 efectivos de la comisaría 31ª de Palermo, además de policía adicional.
Aún no acordó su regreso a Boca, pero lejos de recluirse, Carlos Bianchi estuvo en Palermo y vivió el partido en los palenques de Chapaleufú II, invitado especialmente.


