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Son las 13.06 de un sábado cualquiera en el Almagro Boxing Club y el entrenamiento está a punto de empezar. Karen, sentada con las piernas en el aire sobre el borde del ring, se cubre las manos. Usa dos vendas: una blanca que es la que coloca primero y luego, por encima, una azul. Con el pelo atado en cola de caballo, ojos delineados, aros de plata, buzo de canguro y una campera rosa que combina con las zapatillas, termina de vendarse. Pega un pequeño salto hacia el piso y se acerca a los espejos del club. Mira a un compañero y dice: “Sos de libro, tenés neurosis obsesiva”.
Karen “Burbuja” Carabajal, de 26 años, es psicóloga, pero también boxea. Cuenta con 55 peleas amateurs y 12 combates profesionales. Su buen rendimiento la ubica tercera en el ranking nacional y sexta en el mundial de peso pluma.
Karen pisó por primera vez el Almagro Boxing Club en octubre del 2006, a los 16. Iba con dos amigas. Entrenaban en el turno de la mañana, que estaba al mando de Fernando “El Profe” Albelo. Cuando sus amigas faltaban, Karen se quedaba en la puerta esperándolas. Le daba vergüenza entrenar sola. Hasta que Albelo salió a buscarla. Pasaron los meses, Karen boxeaba mejor y el Profe empezó mirarla. “Yo le ponía las manos para que pegue y me di cuenta que pegaba fuerte”.
La historia de Karen tiene esa ferocidad que muchos boxeadores necesita. Se crió junto a su madre Patricia, su padre Marcelo y su hermano Ezequiel. Vivían en una casa de dos plantas que compartían con sus abuelos maternos. Karen, sus padres y su hermano, en el piso de arriba. Sus abuelos, abajo. En 2001, los Carabajal sintieron la crisis. Ella recuerda que muchas veces no había para comer en su piso, pero abajo la realidad era otra. “Mi mamá era de decir que no bajemos a pedir”. Después, su madre se fue a vivir a Misiones y ella se quedó junto a su papá y sus abuelos. No la pasó bien. Sufrió los gritos, la música a todo volumen mientras estudiaba, y que su padre se lleve cosas de la casa y las venda para comprar alcohol. Un día de 2010, Marcelo se fue y no volvió nunca más. La última vez que Karen habló con su papá fue el 17 de agosto del 2013 horas antes de debutar como profesional contra Vanesa “La Salvaje” Calderón.
Pero a Karen nada la frenó: terminó el secundario con el mejor promedio y después se inclinó por psicología en la Universidad de Buenos Aires, porque “quería entender por qué las personas sufren”. Estudiaba antes de los pesajes, en los viajes en tren camino a una pelea. Se movía con sus apuntes de acá para allá. Hasta que un viernes en el Polideportivo Municipal de Garín todo cambió. Peleaba a las 23 y al otro día rendía un parcial. No quería subir al ring. Le había pedido al Profe no ir, pero ya era tarde. Sonó la campana y se bloqueó: los movimientos no fluían, sus dos mundos se enfrentaron. Terminó el cuarto asalto y el juez alzó el brazo de la rival. Conoció la derrota. A partir de ahí, Karen hizo la carrera más despacio y primó el boxeo. Aunque lo logró: el 11 de diciembre del 2015 se recibió de psicóloga.
“En un momento elegí el boxeo. y cuando me recibí no lo podía creer.” (Karen Carabajal)
En la vida de Karen, Albelo tiene un rol importante: “Él me guió e hizo el papel de padre, todavía lo hace. El día del padre le mandé un mensaje, lo siento como un papá, más allá que tenga al mío vaya a saber dónde”.
Hace seis años que la Burbuja trabaja con él. Y de lunes a sábados, antes de su entrenamiento, dan clases de boxeo juntos. Además fue él quien la bautizó. “Tiene unos ojos muy saltones parecen dos burbujas. Un apodo más cariñoso que de combate. Cuando da el peso, que está muy flaca, es puro ojo”, dice.
Aunque su objetivo deportivo pasa por ser campeona argentina y después campeona del mundo, quiere seguir estudiando. Su plan es hacer un posgrado en adicciones. Mientras, despunta el oficio como terapeuta de un chico del club y todos los domingos tienen su sesión en las mismas instalaciones donde se entrena.

Karen espera frente al espejo a que la campana de inicio al round. En ese momento llega su novio, Abel Puche, que también es boxeador profesional y al que conoció en el club. Se saludan y, entre risas, empiezan a jugar: saltan para delante y para atrás, dan vueltas en círculos, juegan a ver quien toca a quién por debajo de la rodilla. Son como dos chicos enamorados en el recreo del colegio.
Suena la campana. Karen va en busca de su bolso, tras otra jornada de entrenamiento. Son las 14.15 de un sábado cualquiera y la Burbuja se mete en el vestuario. Mañana será otro día entre guantes y libros.

