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Pocos se animaban a pronosticar que podía suceder sobre el ring del Caesar´s Palace de Las Vegas hace 30 años. Aquel 6 de abril de 1987 cobijaba un sin fin de acertijos en los cuales la grandeza de la historia del boxeo corría un gran riesgo. La mayoría auguraba un papelón para este deporte y la lógica subrayaba, enfáticamente, la valía inmortal de la frase del gran Jack Dempsey: “¡Nunca regreses!”.
¿Podría Sugar Ray Leonard , a los 30 años, después de una operación por desprendimiento de retina en su ojo izquierdo y un regreso opaco ante Kevin Howard, en 1984, desafiar al mejor boxeador del momento Marvin Hagler , aumentando de peso y boxeando 12 rounds?
Costó muchísimo creer que todo esto podría ser posible. Sobre todo porque la imagen impecable de Leonard, campeón olímpico y poseedor de dos títulos mundiales, no debía ser expuesta al “sacrificio del circo romano” que implicaba desafiar a Hagler, un zurdo imparable, con marcha directa a batir el record de 14 defensas consecutivas de la corona mediano que ostentaba – por entonces- el santafecino Carlos Monzón. Las polémicas, las deliberaciones de reglas, la creación de un guante especial con el pulgar adherido a los dedos y un acuerdo final en donde el sentido común y la conveniencia pujaron cabeza a cabeza, llevó estas negociaciones a buen puerto.
El promotor de la pelea fue Bob Arum y anticipó que la venta de las 15.400 entradas del viejo “estadio tubular” diagramado en la playa de estacionamiento del casino más lujoso de Las Vegas, alcanzaría una recaudación de 7.900.000 dólares. Las bolsas fueron increíbles: 12 millones para Hagler y 11 para Leonard. Por primera vez, cifras con dos dígitos para cada participante. El ring- side alcanzaba un valor revolucionario: 1.500 dólares.
El periodismo argentino tuvo más de 20 acreditados en esa pelea. Nuestros medios tenían peso y respeto para la cobertura pugilística en Norteamerica . Carlos Losauro fue el enviado de LA NACION, y comenzó con sus informes 10 días antes del match.
Las fiestas previas, al gran desafío , fueron únicas. Lujo, glamour y abundancia. Bo Derek, “La chica 10”, era la reina de Las Vegas, y Telly Savalas, ( Kojak), parecía ser el gran anfitrión de la ciudad. Todo era festejo pero también, incertidumbre y nervios, por lo que podía pasar en el cuadrilátero. Las apuestas abrieron 7 a 1 a favor el campeón Hagler, pero tres días antes del cotejo, cayeron, precipitadamente, a: 4 – 1. ¿Que pasó? En el único entrenamiento público que Leonard efectuó, sorprendió a los expertos, con su velocidad y precisión y ahí nos dimos cuenta que el muchachito de Carolina del Norte había vuelto a vivir.
Pese a ello, el FBI y sus agentes, participaron e investigaron todo el movimiento de pronósticos en los casinos porque el cambio y la conducta de los apostadores comenzaron a virar y Sugar Ray comenzó a ser una buena opción. Hagler tenía 32 años y una carrera de 62 victorias, 2 reveses y 2 empates. Goody y Pat Petronelli, estaban en su rincón. Leonard, ganador de 33 cotejos y perdedor de sólo uno ante Roberto Durán, contaba con un trío de notables en su esquina: Angelo Dundee, Jancks Morton y Dave Jacobs.
La pelea fue de menor a mayor. Costó entenderla en primera instancia pero con el paso del tiempo se convirtió en una clase magistral de boxeo. Leonard peleó con el cerebro y Hagler boxeó con sus músculos. Y en ello, radicó la minima diferencia a favor del nuevo campeón de los medianos.
Sugar Ray dominó mentalmente a Hagler. Siendo el más débil se convirtió en el más fuerte y sus piernas y combinaciones, con más toques que golpes profundos, frenaron a un Hagler que temió al ridículo. La construcción clara y lucida de Leonard, entre el 8º y 11º round, fue vital para encontrar un segmento decisivo de dominado y dominar. Los jurados Guerra y Moretti, fallaron 118 – 110 y 115 – 113, a favor de Leonard mientras que Lou Filipo otorgó 115 – 113 para Hagler.
Los aficionados y la prensa, repartieron su opinión en modo particular. Nadie se puso de acuerdo sobre quién mereció el veredicto y mucho reclamaron por un empate salomónico. Utilizamos la frase: “¡Final del concierto!”, para cerrar el relato televisivo cuando sonó la última campana. Quizás, aquella expresión que costó entender hace 30 años hoy recobre vigencia y resalte el valor que aporta el arte a la hora de juzgar un gran combate de boxeo.



