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No hace falta hablar con ella para darse cuenta de que está feliz. Su sonrisa, más vivaz que nunca, hace todo evidente. Cecilia Rognoni aparece transparente. Sus gestos, por momentos, son más elocuentes que sus palabras. “Estoy súper feliz”, cuenta. Pero el brillo de los ojos lo explican mejor. Dicen que todavía no puede creer que ella sea considerada la deportista argentina más destacada de 2002. El Olimpia de Oro con el que fue distinguida anteanoche es la confirmación, por si acaso hacía falta, de que éste será un año inolvidable.
“Estoy tratando de disfrutar todo esto. Siempre se dice que cuando viene algo malo, luego aparece lo bueno. ¡Y no quiero que ahora me pase lo malo porque tuve tantas cosas buenas!”, dice esta joven sencilla, de 26 años, que siente tocar el cielo con las manos. Los triunfos y los halagos se sucedieron sin fin para ella en la última parte del año: mejor jugadora del Champions Trophy de Macao, mejor jugadora del mundo en 2002, campeona del mundo en Perth y, en el aspecto personal, recién recibida de licenciada en Turismo.
Los Olimpia ya son parte de la decoración de su casa. “Vivo el mejor año de mi vida. Esto es un sueño. Quizá lo más lógico hubiese sido que le den el Olimpia de Oro a las Leonas, a todo el equipo, como pasó con el seleccionado de basquetbol con el Olimpia de plata. Pero todavía no caigo con este premio. Creo que en el futuro voy a darle la real dimensión que posee”, comentó Cecilia.
–¿Cómo vas a recordar en el futuro a 2002?
–Va a ser un año que me va a quedar grabado, va a ser increíble: el año en que me recibí, en que me consagré campeona del mundo, y ahora esto del Olimpia. No sé qué más puedo pedir. Bueno, sí: vacaciones quiero.
Se vuelve a reír. No para. Otra vez se percibe su felicidad. Su serenidad. Y su deseo se cumplió ayer, horas después de recibir la última distinción, viajó a Italia. Allí descansará junto a su novio, Diego, y pensará sobre su futuro. Luego viajará a Alemania y Holanda, donde intentará concretar un contrato con algún club para jugar en 2003.
Pero recuerda que, al comienzo de la temporada tenía dudas sobre el futuro. “En marzo hablé con Cacho (Vigil, el DT) y le dije que estaba preocupada. Yo me canso muy rápido, me saturo y como hago todo a mil tenía miedo de no llegar al Mundial en mi mejor momento. El me dijo que no me preocupara, que buscara apoyo.”
Y le hizo caso, porque en julio sintió que ya estaba saturada de las exigencias. Buscó el apoyo de una psicóloga deportóloga. “Y ayudó, porque acá estoy, ¿no?”
–¿Son conscientes de que de ahora en más la presión para las Leonas será mucho mayor? Ahora llega la etapa de mantenerse.
–Esa presión la vamos a vivir en los torneos. Pero es parte del deporte de alto rendimiento y siempre nos la bancamos. En los Juegos Olímpicos, cuando llegó el momento que no podíamos perder ningún partido, no lo perdimos. Y cuando tuvimos que ir a un Mundial como candidatas, lo hicimos y lo ganamos. El equipo es lo suficientemente maduro para asimilar esas cosas y que no se modifique nuestro rendimiento. Este año será de cambios para nosotras: ocho jugadoras vamos a estar afuera y vamos a modificar el tipo de entrenamientos. Pero creo que vamos a responder bien a eso.
–¿Qué virtudes tiene el equipo para ser el mejor del mundo?
–Tenemos el mejor entrenador y eso es clave. Tenemos jugadoras diferentes, que hacen cosas distintas, y tenemos las que laburan y hacen un trabajo de alto rendimiento. Y en este equipo se mezclan las dos. Y las que son talentosas, también se rompen para estar bien entrenadas.
–¿Y vos, en qué grupo estás?
–Si te digo que soy talentosa te miento; talento es lo que hace Lucha con la bocha. Pero sé que tengo una personalidad diferente. Eso me hace ser un eslabón del equipo que colabora y que aporta bastante. Y me entreno muy duro. Estoy en el medio de los dos. Creo que el premio de mejor jugadora me lo dieron por la personalidad.
–¿Qué te cambió que te dieran ese premio?
–Es bueno, porque me suma otro desafío, me provoca seguir mejorando. Mientras esté adentro de la cancha con la selección, yo quiero ser la mejor. Es bueno que te reconozcan como el mejor de algo. Pero no deberías cambiar de ser vos mismo. Tengo que aprender a tomarlo como algo normal.
Suena convencida de su afirmación. Pero el momento de seriedad es efímero. Prefiere tirar una broma, forzar otra vez una sonrisa. “Y afuera de la cancha, ahora me regalan almuerzos o ropa. Eso está bueno.” Lo dice y larga otra carcajada. Vuelve a demostrar que está feliz. Ya no hace falta que diga nada más. Cecilia Rognoni habló mucho; pero, mejor aún, dio señales inequívocas que éste es su mejor momento.
“Las jugadoras ya hicimos lo que teníamos que hacer. El punto central es la organización. Hay que armar un buen torneo local y otro nacional, dejar que las jugadoras sean las protagonistas. Hacer un torneo corto, intenso, con semifinal y final, llamar sponsors. Se están yendo todas las jugadoras, y eso es al margen de la situación del país. No hagas un torneo que dure ocho meses y que todos los meses tiene tres partidos suspendidos. Hay que buscar motivación y entretenimiento, para que la gente se acerque.” Así, con contundencia, habló Rognoni sobre la reponsabilidad que recae sobre la dirigencia del hockey.
Hay un antes y un ahora en la vida de Cecilia Rognoni. No para de mencionarlo, de destacarlo en la charla. Repetirá una infinidad de veces esas dos palabras, y reiterará todo lo que aprendió, lo que creció, lo que maduró. Mencionará, como un hecho central en su vida, el calvario que vivió en 1999. Todo el llanto, toda la tristeza que la envolvió. Y el agobio fue tan fuerte que hasta pensó en largar todo. Dejar el hockey, su pasión.
"Todo aquello fue triste. Fue el momento que más lloré. Estaba triste de cuerpo y alma; no podía disimularlo. Se me hacía imposible salir de mi casa." Todo comenzó el 30 de julio de 1999. Su razón se nubló; perdió el sentido de lo correcto y lo que no lo es. Eran los Juegos Panamericanos de Winnipeg, en el partido ante los Estados Unidos. Un fallo del árbitro inglés Gill Clarke la enojó: agarró una bocha del suelo y se la tiró al cuerpo. Con furia, sin pensarlo. Y allí comenzó su sufrimiento. Corrió el riesgo de ser suspendida de por vida.
"Cuando volví de los Panamericanos, estuve una semana sin salir de mi casa. Ni a comprar el diario iba. Me daba vergüenza salir a la calle. Me costó mucho volver a la facultad. Me dolía que la gente me recriminara todo el tiempo. Y yo me castigué mucho. Yo decía "me merezco todo lo que me está pasando"", cuenta ahora, más serena. Dice que volver a jugar, en el torneo local, también fue difícil. Y que su familia -mamá, Lidia, y su hermana, Rosalía- también sufrió. Que otras jugadoras la molestaban a su hermana. Y que a ella le aseguraban que no iba a poder jugar más. "Yo volvía a casa y me agarraban ataques de llanto. Llorando le decía a mi mamá "te juro que no lo quise hacer". Y fue terrible eso."
A fines de ese año, comenzó a trabajar en una agencia de viajes. "Ahí fue cuando dije no juego más. ¿Qué iba a hacer? "Para que me sigan castigando así, no tiene sentido", me decía. Habían pasado cinco meses ya. No juego más", reconoce hoy. Sentía que su pasión por el deporte ya no podía sostenerse. "No podía entrenarme, no tenía ganas ni de correr."
-¿Te arrepentiste?
-Sí, me arrepentí de lo que hice, y no sólo por lo que me provocó. No lo tendría que haber hecho, pero no lo podía cambiar. Apenas lo hice me arrepentí.
Cuando el final parecía inevitable, habló con varios entrenadores, que le insistieron para que no desistiera. Y llegó la oportunidad de declarar ante la Federación Internacional. La sanción fue de sólo un año, lo que le permitió estar en los Juegos Olímpicos de Sydney. Estaba de vuelta en carrera.
"Todo lo que me pasó en aquel momento me hizo cambiar -admite-. Yo soy muy exigente conmigo misma: nunca me conformo con lo que tengo. Y ahora digo "soy campeona del mundo. ¿Qué más quiero?" Sí, voy a querer más en el futuro, pero vivo y disfruto todo lo bueno que me está pasando. Aprendí a estar más con los pies sobre la tierra y a vivir el momento. No es fácil, pero lo disfruto más."
-¿Te quedó bronca con alguien por todo lo que viviste?
-No tengo bronca con nadie, pero sé que en el lugar de los demás yo hubiera actuado distinto. Todo eso me ayudó a aprender un montón de cosas y a crecer. Yo era muy chica y crecí de golpe.


