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Retirado del alto handicap hacía ya tres años, Juan Carlos Harriott (h.) recibió un pedido inesperado: que volviera a jugar. Pero como back, cosa que nunca había hecho. Era sólo por un partido, para reemplazar a Alberto Pedro Heguy, compañero de toda la vida en el multicampeón Coronel Suárez. Tenía que darles una mano a Alberto, a Horacio Heguy -otro ex de Suárez- y a los hijos de éste, los mellizos Horacito y Gonzalo, en un equipo que por primera vez incursionaba por la competitiva Triple Corona.
JuanCarlitos aceptó el convite y jugó en lugar del hombre que tenía un compromiso impostergable -un acto político- en La Pampa. Mal no le fue: el conjunto debutante, con 29 goles de handicap, venció por 10-8 a Los Indios (31) en la apertura del Abierto de Los Indios y Tortugas. Tan bien anduvo Harriott -por entonces considerado casi unánimemente el mejor polista de la historia- que Horacito habló con su tío para disuadirlo de que se sumara al equipo: "Alberto, la política es muy importante... ¿Para qué vas a molestarte en venir?", indujo irónico. Sin éxito, porque ya al día siguiente, en el segundo encuentro, el Nº 4 fue don Alberto...
Aquél, el del 24 de septiembre de 1983, resultó, entonces, el último partido de la formidable trayectoria de Juan Carlos Harriott (h.). Y se trató, por ende, de su único desempeño como back. A la vez, fue la presentación de un equipo-leyenda: Indios Chapaleufú. El seis veces triunfador del Argentino Abierto; el único que lo conquistó con cuatro hermanos; el que, dos décadas después, sigue de rojo y blanco buscando la máxima gloria cada año.
Se dice por ahí que la primera impresión es la que cuenta, y Chapaleufú gustó en aquella presentación en sociedad. Pero si realmente conmocionó al país polístico, lo hizo en el Abierto de Palermo de ese mismo año, cuando asombró a todos con un 19-11 al campeón Santa Ana. El de los hermanos Dorignac, nada menos.
La primera conquista llegó con Los Indios y Tortugas ’85. Sin embargo, aun mayor que esa alegría fue la de la coronación en el Argentino Abierto del año siguiente. Aquel 13 de diciembre de 1986 se mantiene como una de las fechas más marcadas a fuego en este deporte: los mellizos y el ya incorporado Marcos Heguy, con la tutela del back Alejandro Garrahan, doblegaron a los poderosos de La Espadaña, con un gol histórico del tercer hermano a bordo de Marsellesa, casi de arco a arco, para el 13-12 final.
Dueños de un apellido ilustre en el polo, talentosos y jóvenes, los chicos pronto se granjearon la simpatía del público. Que se afianzó cuando en 1990 se sumó el cuarto hermano, Bautista. Los dos más grandes, Gonzalo Antonio y Horacio Segundo, eran la dinámica y el cerebro de la alineación; los dos más chicos, Marcos y Bauti, el talento, la magia. Los cuatro juntos, el buen polo. Y la garra. Esos, juego vistoso, corazón y cariño de la gente, se tornaron los rasgos más propios de Indios Chapaleufú a lo largo de la historia.
Con esa fórmula llegaron los tiempos más felices: el triplete de campeón argentino (’91, ’92, ’93), los tres años invicto (’91 al ’94), los 40 goles de handicap (’93 al ’97). Hasta el primer golpe: el 18 de mayo de 1995, Horacito perdió la visión en el ojo derecho -vital en este deporte- por un bochazo, mientras disputaba en Windsor, Inglaterra, la Copa de la Reina. No le importó: no sólo siguió jugando al polo, sino que a los seis meses ganó el Abierto de Palermo con sus tres hermanos.
Al tiempo, otro mazazo: un cáncer acabó con la vida de Horacio, padre de los cuatro mosqueteros, el 8 de enero de 1998. Y uno más: el 6 de abril del 2000 un accidente vial en La Pampa dejó a Chapaleufú sin Gonzalo, el mosquetero de la bondad. Fueron las épocas anímicas y polísticas más adversas, por supuesto.
Pero la sangre vasco-francesa del conjunto siguió emanando de un corazón resistente a las puñaladas al sentimiento. Se incorporó otro vasco, Mariano Aguerre, y con un gol de oro suyo en otra memorable final palermitana -17 a 16 sobre La Dolfina en el 2001- Chapaleufú se hizo rey mundial por sexta vez. Hoy por hoy, los mismos cuatro hombres se disponen a afrontar una temporada más en pos de continuar haciendo historia.
Veinte años -que no son nada sino bastante- transcurrieron desde aquel debut lujosamente remendado hasta hoy. Con mucha gloria encima y tras varios sacudones, Indios Chapaleufú sigue vivito..., y peleando.



