Otro Maracanazo

Ezequiel Fernández Moores
El Maracanazo, en 1950
El Maracanazo, en 1950 Fuente: Archivo
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8 de julio de 2014  • 23:33

SAN PABLO.- Alemania hace el tercero y la señal de la TV se corta. Roberto, que sigue el partido también por la radio y había avisado segundos antes los tres primeros goles, queda a cargo de la trasmisión. "¿Sabés por qué estuve siempre en contra del Mundial? Porque gastamos fortunas en estadios –me dice- y en los hospitales no hay ni para comprar jeringas". No puede seguir su discurso. "¡Cuarto. Cuatro a cero!", avisa. Pedro, a su lado, guarda la bandera. "Esto es peor que 1950". "¡Cuatro a uno!", grita un joven en la puerta. "Ricardo –le exigen desesperados al dueño del bar- arregla esa tele". Error. Es cinco-cero. Me vine a ver el Mundial a Brasil y asisto al Maracanazo II por radio. Van 34 minutos. Cuatro jóvenes que dejan el bar se cruzan con otros que llegan tarde. Para unos termina. Para otros empieza. "¿Cinco a cero?", exclaman apenas vuelve la tele. Lejos de sentir dolor, en la barra y mesas vecinas celebran la repetición de los goles en el entretiempo. "Uno…dos…tres…". La pantalla de la Globo muestra a un niño desconsolado: "¡Cuántos años precisará para superar este trauma!", dice el periodista Galvao Bueno. "Eu sou brasileiro…", cantan riéndose en el bar. "¡No somos más el país del fútbol, somos el país del vóleibol!", grita Roberto, el de la radio, mientras "Flamengo", como le dice a los alemanes, por su camiseta suplente, sigue haciendo goles en el segundo tiempo. Sucede en Toca do Coelho, en Pinheiros, San Pablo, donde hoy juega Argentina. Roberto se para en medio de todos y grita: "¡Quiero saber ahora quién va a votar a Dilma!".

El jueves pasado, un día antes del triunfo ante Colombia y de la pérdida de Neymar, Belo Horizonte, pareció avisar que se venía el "Mineirazo". Tres mil quinientas toneladas de hierro y cemento cayeron sobre Pedro I, la avenida con nombre de emperador, una de las principales de la ciudad. Fue a treinta cuadras del estadio. El desastre pudo haber sido mucho más grave. Diez de las treinta y dos selecciones del Mundial habían pasado por debajo de ese viaducto. La justicia prohibió la remoción inmediata de los escombros (hubo dos muertos y 22 heridos) y el micro de Brasil debió desviar su recorrido cuando llegó el lunes a Belo Horizonte. Mucha prensa, en general dura opositora al gobierno de Dilma Rousseff, habló de "desastre en una obra de la Copa". Omitió decir que el viaducto era responsabilidad exclusiva de la alcaldía de Belo Horizonte, en manos de un político alineado con Eduardo Campos, rival de Dilma. El estado de Minas Gerais, además, es dominado desde hace años por Aecio Neves, principal adversario de la presidenta para las elecciones del 5 de octubre. La campaña electoral se abrió formalmente el domingo último. Será tema de tapa ahora que Alemania liquidó el sueño de la Copa.

Las revistas, antes críticas, se sumaron a la euforia. Habían abandonado el "No va tener Mundial" por el "Eu acredito", como abrió ayer mismo en tapa Epoca, revista de Globo. "¡Ahora, garra!", pidió Veja. También los políticos opositores advirtieron que el clima había cambiado. Dejaron de criticar al Mundial. Pasaron a acusar a Dilma Rousseff de estar usando políticamente la buena marcha del torneo. La propia presidenta llegó a decir que Brasil, que todavía hace las cuentas desbordadas de este Mundial, buscaría organizar un nuevo Mundial en la década próxima. Y agregó que el domingo entregará la Copa al ganador, aún cuando vuelvan a insultarla como en la apertura y como lo hizo ayer durante treinta segundos un sector del Mineirao. Y como tal vez volverá a suceder en el Maracaná. Más incómodo deberá estar Joseph Blatter. La FIFA debe explicarle a la policía brasileña por qué su empresa asociada revendía boletos. "Desenmacarar a la FIFA, el mayor legado del Mundial", se entusiasmó en su blog el colega Juca Kfouri. El gobierno de Rousseff ya había soltado la mano a Joao Havelange y a Ricardo Teixeira, los dos dirigentes más poderosos en la historia del deporte de Brasil. Ahora, en pleno Mundial, se la soltó a la FIFA, que quedó azorada cuando supo que uno de sus socios en el negocio tenía su teléfono sometido a escuchas y era enviado a prisión. Inédito en la historia de los Mundiales.

El Mundial había comenzado para Brasil con un gol en contra. Fue de Marcelo, que acaso sintió por minutos la leyenda de Barbosa, el arquero maldito del Mundial 50. El arquero que nunca lloró en público. El árbitro japonés Yuichi Nishimura salvó el desastre ante Croacia. El segundo desastre, en el último segundo del duelo de octavos ante Chile, lo salvó el travesaño. Jugadores y pueblo que habían salido al campo como valientes soldados que le cantaban a la patria, dejaron esa tarde el Mineirao en medio de rezos y llantos. "Ey Julio César", gritó esa tarde el Coliseo, por el arquero ataja-penales. La catarsis colectiva quedó lejos de tardes festivas, cuando el Mineirao le cantaba al candidato Neves, de pasado de playboy, que tomaba "mejor que la de Diego Maradona". Es que la selección de Luiz Felipe Scolari, sin elaboración de juego colectivo, no invitaba a reír. El DT distrajo hablando de un supuesto boicot de la FIFA contra Brasil. Y de jugadores que precisaban más apoyo sicológico. ¿Y el fútbol? "Nosotros, que amamos a Brasil –graficó el historiador inglés Simon Schacra- sabemos que Brasil es el cielo y el infierno, y que no hay mucha cosa en el medio". Al partido siguiente, en cuartos, Brasil eliminó a Colombia, pero perdió a Neymar y a Thiago Silva, el capitán que dejó el Titanic. Ya no sólo era el medio. También el ataque y la defensa.

David Luiz, el nuevo capitán al que cualquier candidato hubiese puesto de vice, más popular que cualquier político, falla como novato en el primer gol de Thomas Muller que abre las puertas al desastre. "Brasil es una selección Sub 20", se queja Galvao Bueno. Ronaldo, presidente del Comité Organizador Local (COL), comentarista de la Globo, queda callado. Miroslav Klose le quita la corona de máximo goleador de los Mundiales. Alemania hace recordar al 4-0 de Sudáfrica a la Argentina de Maradona. Al 7-1 global de Bayern Munich a Barcelona. Parece el Brasil del ’70 a velocidad de Siglo XXI. Es Alemania. David Luiz, evangélico, reza apenas termina el partido. A Scolari, que le exigían más audacia, lo critican ahora porque eligió a Bernard para reemplazar a Neymar y no fortaleció más el mediocampo. ¡Qué fácil acomodar todo! Un columnista de Folha llegó a decir que Brasil, el pentacampeón mundial, debía jugar como Costa Rica.

Scolari siguió sin hablar de fútbol aún después de ganarle a Colombia. Pidió suspensión para Juan Zúñiga, el defensor que sacó del Mundial a Neymar, objeto de una campaña durísima en las redes sociales, que incluyeron insultos de "macaco" y hasta amenazas de violación a su pequeña hija. El fútbol que alivia tensiones. El fútbol que las crea. Por la noche, tras la humillante caída ante Alemania, me cuentan que están quemando banderas brasileñas en Vila Madalena, a metros de donde escribo. Dicen que Getulio Vargas, presidente mítico de Brasil, amante del golf, se sintió sorprendido por la conmoción que provocó la derrota de Brasil ante Italia en el Mundial de Francia 1938. "Como si se tratase de una desgracia nacional", expresó. Peor fue el Maracanazo de 1950, nuestro "Hiroshima", como dramatizó por radio Ary Barroso. Luego llegaron los triunfos. En Brasil, "el país del futuro", como sugiere la letra del himno tan cantado en estos días, el Maracanazo II, tan inesperado en las formas, se vivió sin aquel viejo dolor de 1950. Los tiempos son otros. El fútbol también cambió. "Y mañana –como canta Chico Buarque- será otro día".

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