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Primavera de 1999. Hace ocho minutos que la TV francesa difunde el fallo del Tribunal de Apelaciones de la FIA. La desclasificación de los pilotos de Ferrari es anulada. La máquina fue mal medida. La palabra tolerancia se introduce en este mundo de ruido especial. Y el sentido común parece vulnerado, una vez más... Cinco minutos más tarde, atiendo el teléfono. El ingeniero Rafael Sierra me cuenta que acaba de cortar su comunicación con París y me pregunta si estoy al tanto de la decisión.
Después, el ingeniero Sierra se pronuncia en forma vehemente. De común cuidadoso en sus expresiones, esta vez lo impulsa el malhumor por la torpeza del procedimiento. Explotan en su boca gruesos términos que tamizo porque lo comprendo. "Hay una mesa que vale medio millón de dólares para medir el auto como corresponde. No entiendo cómo Joachim Bauer midió la Ferrari con una escuadra de escuela primaria. No entiendo como pudo adoptar una decisión tan estúpidamente apresurada. Podía haber mantenido la clasificación en suspenso. Autorizarla con carácter provisional. Recordar que un procedimiento sabio es el de rotular todo ad referéndum de las autoridades. Podía haber hecho tantas cosas que no hizo..."
El ingeniero Rafael Sierra -para mí y en la Argentina, la Federación Internacional de Automovilismo- me confirma que en Malasia se procedió estúpidamente. Y que toda la F.1 queda galvanizada con el error y el equívoco. La credibilidad pasa a ser un elemento deteriorado. Sin valor. Todo se pierde cuando se desvanece la credibilidad.
Aunque parezca alejado, no me atrevo a separar por mucho espacio, el papelón técnico de Malasia de la venta de media categoría que acaba de concretar Bernie Ecclestone con un banco privado de inversión. Una negociación por 1300 millones de dólares no es una operación cualquiera. Aparentemente, Ecclestone podía tener la cabeza ocupada en esta imponente transacción y, a favor de su momentánea ocupación financiera, fue posible este disparate que en los buenos tiempos no hubiera podido ocurrir.
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Desclasificar a Ferrari a una carrera del final, trastornando el orden del campeonato? Semejante disparate no hubiera sido posible alojarlo -siquiera- en la cabeza del más modesto dirigente de automovilismo del más retirado lugar del globo.
¿Echarse encima a Ferrari, cuando Ferrari acaricia un sueño que tiene 20 años de impaciencia? ¿Generar el malhumor de McLaren cuando tras adelantarle el título, se la remite a Suzuka para ver si es capaz de conseguir lo que tuvo el domingo 17 a las 5 de la tarde y por espacio de siete días? ¿Poner al mundo en vela esperando la reunión casi cinematográfica de cinco austeros "justicieros jurídico-deportivos" en el remate de una semana llena de dudas, vacilaciones, asombros y ficción?
Dentro de poco más de 48 horas veremos la última carrera del año.La que debiera definir el título. Sea cual fuere el resultado, todos tenemos derecho a pensar que el título puede desviarse a manos que no lo merecen. Esta historia es tan perversa que al trastornarse los valores fundamentales no se puede estar eventualmente seguro de nada. ¿Cómo creer en la F.1 de hoy?



