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Fue la imagen del jugador de potrero. Pícaro y atorrante con la pelota; carismático en su relación con la gente. Y encima provenía de Barracas, ese barrio porteño al que el imaginario popular le concedió el carácter de registro civil de cracks. "Mirá cómo juega ése, parece que hubiera nacido en Barracas". Cuántas veces se escuchó esa muletilla para distinguir la habilidad de algún extranjero desconocido.
Hoy, Alberto José Márcico, a los 38 años y a casi cinco meses de haberse convertido en un ex futbolista, tiene su sentido de pertenencia en Francia, aunque haya estado unos días de paso por la Argentina. Su lugar en el mundo es Toulouse, tierra a la que le entregó siete años de su prolífica carrera.
"Me fui porque estoy divorciado y quiero estar cerca de mis dos hijos, Pablo (14 años) y Lucas (11), que volvieron a Toulouse hace tres años. Dirijo a Labege, un equipo amateur de la ciudad que participa en un categoría que sería similar a la primera C de la Argentina. Pero ojo, con una estructura muy distinta. Tiene cancha, divisiones inferiores, sede y un presupuesto anual de 200.000 dólares", arranca el Beto la charla.
-¿No hay nada que haga volver al país?
-Si surge una posibilidad de dirigir en la Argentina, no la acepto. Aunque sea Boca, por ponerte un ejemplo extremo. Ni siquiera me interesa una propuesta de tomar un equipo que esté a 300 o 200 kilómetros de Toulouse. La mayor riqueza en este momento de mi vida son mis hijos. No cobro un peso por dirigir al Labage, que tiene por presidente honorario a Just Fontaine (máximo goleador en un Mundial, con 13 tantos, en Suecia 58). El es muy amigo mío y me dio esta posibilidad. Cuando empecé, el equipo estaba último, muy cerca de descender. Ahora faltan tres fechas para el final y si ganamos el próximo partido salvamos la categoría.
-¿No tenés otras aspiraciones?
-Mi principal objetivo es llegar al Toulouse, que acaba de descender a segunda. Firmaría por 20 años. En el último partido, los hinchas pusieron pancartas y carteles con mi nombre para que sea el técnico, pero ahora asumió un presidente con el que no me llevo muy bien.
-¿Sentís la función de técnico?
-Sí, incluso me creo capacitado para agarrar a Toulouse. Ni un equipo de la Argentina me queda grande. Mirá, Labege mejoró mucho corrigiendo algunas cositas. Por ejemplo, el equipo hacía marca individual en los centros y recibía muchos goles. Hice como el Viejo (por Griguol), marca en zona y no tuvimos más problemas.
-¿No extrañás la época de jugador?
-No, porque en Francia dirijo y a veces juego un ratito. No tengo problemas físicos porque la exigencia no tiene nada que ver con la primera división. Lo tomo como un hobby, como si fuera a jugar con mis amigos. Ya hice tres goles.
-¿Cambió algo el fútbol francés a partir del título mundial?
-No, los mejores jugadores están en el exterior. El campeonato francés sigue muy lejos del nivel del italiano, español, inglés o alemán.
-¿Cómo explicás que hayas sido ídolo en todos los lugares que jugaste, en Ferro, en Toulouse, Boca y Gimnasia?
-Puede ser que tenga un ángel especial. La gente se enganchaba más conmigo, aunque hubiera un jugador que le había dado más al club o que fuera mejor que yo.
-¿Fuiste un futbolista con marketing?
-No, Márcico nunca fue interesante para la publicidad.
-Ahora hay varios, cambiaron los tiempos.
-Sí, me llaman la atención los jugadores que firman contrato por cinco o seis años con un empresario que tiene 50 muertos atrás. El jugador de ahora no es inteligente, no se da cuenta de que ellos son lo más fuerte que tiene el fútbol. Andá a decirle al Pato Fillol o a Passarella que firmaran con un empresario por un montón de años... Sabés cómo lo echaban. A un futbolista no lo va a vender ni un empresario ni un dirigente. Se venden ellos solos con su nivel de juego. Lo que pasa es que ahora le dicen "vení, firmá acá", y cuando se dan cuenta, el dirigente y el empresario se quedan con más dinero que el jugador, que es el que da la cara. El negocio los lleva a cometer errores. Y convirtieron a los empresarios en un mal necesario.
-Criticás la función de los representantes, pero vos también tuviste uno.
-Sí, Ricardo Schlieper. Pero yo iba a las reuniones. No delegaba todo. A lo sumo le pedía que me averiguara cuándo me iban a pagar una deuda. Cuando el problema se agravaba, ahí iba yo. Antes nos podíamos equivocar por errores propios, pero no nos íbamos a dejar dormir por los empresarios.
-¿No los aconsejabas a los pibes de Gimnasia sobre este tema?
-Sí, pero no me hacían caso. La mentalidad del jugador retrocedió.
-Este Boca campeón con Bianchi, ¿es superior al que integraste vos en 1992?
-No sé, quizás éste sea más contundente. Pero no hay que olvidarse de que nosotros luchamos contra un River muy superior, que tenía a Ortega, Crespo, el Pelado Díaz...
-¿No te molesta que el empate con San Martín de Tucumán en el último partido haya sido sospechado de estar arreglado?
-Siempre hay suspicacias en las últimas fechas. Hay que tener en cuenta que lo más fácil en la Argentina es ensuciar a los demás. Hasta mataron a Maradona, el mayor ídolo futbolístico de este país.
-¿También son mentiras que aquel plantel estaba dividido entre el grupo que encabezabas vos y el de Navarro Montoya?
-Si nos peleamos fue durante un mes, pero nada grave. Después siguió todo bien. Eran algunas cuestiones de fondo por la forma de ser de cada uno. Una vez, el Mono (por Navarro Montoya) se lastimó la cara con una pesa y dijeron que yo le había pegado una trompada. Jamás le hubiese pegado.
-¿Ese equipo no tuvo más proyección por el desgaste que tenía la relación entre el plantel?
-Sí. Y eso que después llegaron buenos refuerzos.
-¿Por cuáles jugadores pagarías una entrada?
-Por Riquelme, Guillermo (Barros Schelotto), Messera, Romerito (Romero, de Gimnasia)... por el Topo Sanguinetti, que es el mejor número 4 que vi en mi vida.
-¿Que te dejó más el fútbol: dinero o amigos?
-Dinero; yo soy muy solitario.

