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MELBOURNE, Australia.- "Le pegaba tan fuerte que un par de veces tuve la sensación de que estaba jugando con un hombre", dijo Lindsay Davenport, la número 1 del mundo, después de caer en la semifinal del abierto de Australia ante Amelie Mauresmo. La francesa venció 4-6, 7-5 y 7-5 y sorprendió con su potencia.
La tenista aplastó a Lindsay Davenport y asombró al mundo con su potencia
Seguramente, Amelie Mauresmo jamás sospechó que su llegada a la final femenina del Abierto de Australia generaría tanto ruido. La francesa, de 19 años, venció a la norteamericana Lindsay Davenport, N° 1 del mundo y máxima favorita, por 4-6, 7-5 y 7-5 y definirá con la suiza Martina Hingis el primer Grand Slam de la temporada. Pero hay muchas cosas detrás de este triunfo que asombra al mundo.
En un circuito que se caracteriza por la lógica en los resultados, resulta sorpresivo el arribo de Mauresmo, 29ª del ranking, a la definición de un torneo grande. No porque la francesa no tenga el juego necesario para alcanzar esa instancia, sino por la manera en que explotó su potencia en Melbourne.
Dueña de un físico imponente, con hombros híperdesarrollados y bíceps de fisicoculturista, Mauresmo es objeto de los rumores de doping. Tras la caída, Davenport declaró lo que todos pensaban: "¿Vieron esos hombros? Son enormes. No puedo creer que tenga 19 años". Pero la francesa no se quedó callada: "Todos los días hago dos horas de entrenamiento en el gimnasio", aclaró ante quienes compararon su desarrollo con el de las nadadoras chinas que incurrieron en el uso de estimulantes. Pero los cuestionamientos continúan, y la fuerza y el físico trabajado de la francesa son el comentario obligado en el Melbourne Park.
El paso fue enorme para la francesa, ya que en sus tres años como profesional nunca ganó un torneo de la WTA (sólo alcanzó la final de Hamburgo, en 1998) y que no es nada fácil sobrellevar el desgaste físico y mental de un torneo de Grand Slam.
Su trayectoria destacada en el circuito juvenil le sirve de antecedente válido. Mauresmo fue campeona mundial junior en 1996, tras vencer en Roland Garros y en Wimbledon, esa misma temporada. Es un producto clásico de la escuela francesa. Juega con una sola mano y tiene un revés formidable (con slice o top spin) como arma principal. Además, sorprendió su habilidad para prenderse en el palo y palo con Davenport, una especialista en el juego de potencia, y salir muchas veces en ganancia de esos cruces.
También es para destacar su fuerza mental. Mauresmo señaló que pudo mantener su confianza en un momento complicado, merced a un recuerdo de su infancia. "Lo vi a Yannick Noah ganar en Roland Garros, en 1983, y en el tercer set pensé en esa final, y busqué jugar de la misma manera. No me puse nerviosa porque estuve mentalizada en mi juego y sabía que no tenía nada que perder."
La francesa también reconoció que en su éxito tuvo mucho que ver la presencia de su amiga Silvie Boundon, de 31 años, que estuvo alentándola en la semifinal desde la tribuna. "Estoy orgullosa de vivir con ella", señaló.
"Jugué un gran partido, pero, sinceramente, no esperaba llegar a la final de un Grand Slam", dijo Mauresmo. Con buenas razones: estuvo cerca de ser eliminada en la primera rueda, cuando salvó dos match points ante la rumana Morariu. "Tuve el destino de mi lado. Mi coach (Warwick Bashford) me dijo que cuando sucede algo así, los jugadores ganan el torneo o llegan muy lejos", señaló la revelación del abierto australiano. Y es cierto. Amelie Mauresmo ha recorrido un largo camino. Más allá de los cuestionamientos, logró avanzar a la final. Con la fuerza de un gigante.



