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En el postergado sur porteño se cocina otra historia. Lejos del lujo de Barrio Parque, Belgrano o Recoleta, dos mundos diferentes conviven en la Villa 21-24 de Barracas. Extraños, contrapuestos, pero íntimamente unidos. Por un lado, el de la realidad social y económica de todos los días. Cruda, triste, hasta desoladora. Y por el otro, el del club Caacupé con su cricket. Pequeño y hasta efímero mundo, pero en el que renace la esperanza de más de treinta pibes que practican ese deporte de élite sin tener descendencia británica.
Desde 2009 , el Caacupé Cricket Club es el motivo de orgullo para todos los vecinos del asentamiento. Y el extraño deporte, la nueva atracción para los chicos. Se palpa en las calles, pero también en esas caritas silenciosas, curtidas por la herencia natural y por la vida, que encuentran en su club un motivo de regocijo, lejos de los potreros y los rings que suele reservarles la pobreza. "Cuando dije en la escuela que jugaba al cricket, varios me miraron raro y me preguntaron qué era eso; yo expliqué que era como jugar al béisbol", cuenta Lucas Aguilera, un pequeño crack de 15 años que relegó el fútbol para innovar en un deporte del que jamás había oído.
Por el empuje de Daniel Juárez, contador de profesión y jugador de Lomas Athletic Club, y el párroco José María Di Paola, más conocido como el Padre Pepe, el cricket llegó a la villa con la idea de transformar el deporte en un mecanismo más de integración social. "Nuestro proyecto va más allá de fomentar una actividad deportiva; buscamos que se genere un sentimiento cooperativo que integre a los chicos de la villa con otras esferas sociales", explica Juárez a LA NACION.
Durante dos siglos, la práctica del deporte en el país se mantuvo cerrada exclusivamente a la comunidad británica. Sin embargo, la Asociación Argentina de Cricket, en un hecho sin precedente, aceptó la inclusión de Caacupé Club como invitado. Desde entonces, el equipo compite en la liga nacional con otros ocho clubes (Lomas, San Jorge, San Albano, Hurlingham, Biei, Rosario Athletic, Belgrano) en las categorías U13 y U 15. "Al principio se notaba cierto prejuicio, pero con el correr del tiempo se revirtió. Hoy, algunos de nuestros jugadores ayudan a los entrenadores de otros clubes en la formación de nenes más chicos", cuenta con entusiasmo Juárez.
Entre los adultos que acompañan a Daniel Juárez están su hijo Diego, Silvina Román, trabajadora social, y Freddy Pelayo, un referente del barrio que fue pieza clave en el reclutamiento de los chicos. "Durante muchos días fui puerta por puerta invitándolos a que arrancaran, me costó mucho captar su atención. Por suerte el boca a boca hizo efecto y después de un año de insistencia pudimos armar el equipo", recuerda Pelayo. Para los pibes, lo exótico del deporte agregó un atractivo extra. "Dejé el fútbol por el cricket porque me divierto más. Tengo decidido que seré un jugador profesional", afirma Jorge Lemos, una de las estrellas de Caacupé que se prepara para competir en el torneo de invierno que comenzará en junio.
Hoy la villa se ha transformado en una cantera inagotable de jugadores de cricket con resultados sorprendentes: Caacupé aportó dos jugadores a la selección Sub 13 (Hugo Agüero y Sergio Arvalla), que logró el campeonato Sudamericano disputado en Chile, en 2012. Sin embargo, lo que más llama la atención a los entrenadores de los clubes rivales es el hambre deportivo y las aptitudes que tienen para el juego los chicos de Caacupé. "El orgullo villero, bien entendido, es un valor agregado. Lo que para otros chicos es un simple juego para ellos es una competencia que quieren ganar", argumenta Juárez.
El club no cuenta con ningún aporte estatal y se solventa a través de donaciones. Por eso, el equipamiento para los entrenamientos y los partidos –bates, pelotas, guantes y cascos– fue aportado por ex jugadores de otros clubes. Para los encuentros oficiales deben trasladarse al coqueto club Lomas Athletic, ya que la cancha del barrio no tiene las medidas reglamentarias y de seguridad adecuada.
Pero las dificultades no frenan el entusiasmo. En el postergado sur porteño, el Caacupé Cricket Club se transformó en el alma de muchos pibes que se resisten a limitar sus berretines de gloria, en un deporte para reyes.
En la actualidad, el cricket es el segundo deporte, detrás del fútbol, en cantidad de seguidores y jugadores profesionales a nivel mundial. ¿La razón? Es altamente popular en países muy habitados que fueron colonias británicas. Obviamente, son millones las personas que lo siguen por televisión –la semifinal de la Copa del Mundo de 2011, entre la India y Paquistán, fue vista por más de mil millones de televidentes–, y en esos países es común ver en un estadio 100.000 espectadores. En Inglaterra y Australia es el deporte más seguido en verano.
Por su popularidad entre la nobleza y probablemente porque entre sus reglas oficiales incluye un tiempo para tomar el té, algunos lo consideran el pasado aristocrático del béisbol. Las reglas no son sencillas: se juega con dos equipos de once jugadores cada uno. Los equipos se turnan para batear o volear la pelota. La cancha es un campo ovalado con un rectángulo en el centro donde ubican los dos bateadores en los extremos. Enfrentado a uno de los dos se sitúa el lanzador. Quien logra hacer más corridas es el ganador. A nuestro país llegó de la mano de los ingleses, a comienzos del siglo XIX.

