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Extrema. Ese es el nombre de este suplemento, dedicado a deportes de riesgo o de esfuerzos físicos notables. Y es también el adjetivo que mejor cuadra con lo que Mercedes Rosauer, habitual participante en carreras de aventura, llevó adelante hace cuatro años. ¿Qué más extremo que la expedición Polo a Polo 2000, en la cual la rionegrina cubrió a pie y bicicleta 35.000 kilómetros sobre América y la Antártida?
Da idea de algo difícil, pero suena mucho más complejo al conocer los detalles: soportar el dolor que provocan -40° C, la monotonía de un paisaje blanco durante 30 días, la carga de un trineo a pie por cientos de kilómetros, la suciedad por no poder bañarse ni cambiarse la ropa en un mes... Y algo más, mucho más duro en lo sentimental, que le ocurrió sólo a Mercedes...
En realidad, Polo a Polo no se trató de un mero alarde de resistencia física y psicológica. Fue mucho más: la ilusión de un ex montañista canadiense de propalar un mensaje de altruismo a fin de siglo, encarnado en un grupo de jóvenes de diversas naciones. Entonces, la hazaña tangible resultó apenas el vehículo amplificador de la idea abstracta: paz, ecología, fraternidad para el mundo.
Mercedes llegó casi de casualidad a Polo a Polo. Dejó su Cipolletti a los 26 años para licenciarse en biología con orientación en ecología en San Martín de los Andes. Miembro de una familia no afecta al deporte, a poco de llegar en 1999 supo del Tetratlón local, participó y logró un importante 2º puesto. Y no mucho después se enteró de esa extravagante idea de Martin Williams, el canadiense de 51 años que una noche se despertó con aquel sueño idealista.
Argentina y con no mucha experiencia en deportes extremos, Rosauer fue seleccionada. Abandonó nada menos que novio y carrera universitaria y se embarcó hacia el Polo Norte con siete expedicionarios (un francés, un sudafricano, un canadiense, un coreano, un japonés y dos chicas estadounidenses), un guía y un camarógrafo; niguno médico. "Me sedujo la íntima relación del proyecto con el ambiente y las premisas humanitarias; me convenció el mensaje, además del hecho deportivo. Se necesita una causa mayor que la superación personal y el ego", dijo para explicar su decisión.
El 4 de abril de aquel año un avión dejó al grupo en medio del blanco monopólico. Comenzaba una treintena de jornadas de extrema supervivencia, en las que no existía la noche –era primavera boreal–; en que cada uno debía tirar de unos 60 kilos de lastre con esquíes; en que debían hacer un iglú nuevo cada día; en que afrontaron el pánico de toparse con osos polares dispuestos a atacarlos; en que los invadía la incertidumbre de avanzar sin saber si la dirección era la correcta; en que se suscitaban disensos profundos e intolerancias; en que nunca funcionó el teléfono satelital y apenas una vez la radio. Y, por supuesto, el frío, omnipresente, constante, intensísimo, anulador de sensibilidad en los dedos, vedador de buenos descansos, pues permitía dormitar sólo de a ratos.
Por fin, el emotivo canto de un pájaro les indicó la cercanía de la civilización, luego de un mes de aislamiento y 700 km; era tiempo de tomar las bicicletas para desandar Canadá. Pero a Mercedes la esperaba una pésima nueva: su padre estaba gravemente enfermo. Ella viajó de urgencia, y del frío y el blanco del polo pasó al otoño porteño. "Fue un shock tremendo. Le pregunté si quería que siguiera con mi viaje, y entonces me mordió una mano y con los ojos vidriosos me dijo que sí. A los dos días estaba volando para continuar. Fue el momento más duro de mi vida", relata.
Desde entonces, el trayecto sobre dos ruedas se pobló de conferencias, saludos y emociones por casi toda América; para ella, la mayor fue la gran recepción a todos los expedicionarios en Cipolletti, y ya con su papá respuesto. Más tarde recorrieron la Antártida, donde Mercedes estuvo a punto de perder cuatro dedos por congelamiento. Pero, al borde de la inconsciencia, decidió seguir, para arribar todos juntos el 31 de diciembre al Polo Sur. Debajo de la bola que oficia de mojón sepultaron, para la posteridad, los incontables deseos de paz, propósitos y plegarias recogidos a lo largo de toda América en forma de papelitos. Y misión cumplida..., tras nueve meses.
Le costó a Mercedes retomar su rutina después de semejante experiencia. Todo le parecía insignificante y, traumada, le era imposible hablar de la expedición. Pero con el tiempo y asistencia psicológica, lo dejó atrás. "Cambia la escala de valores, la visión. Hoy soy mucho más simple. Descubrí que cada persona puede dar mucho, muchísimo más que lo que cree", destaca. Fue, entonces, una travesía, pero más que eso, una enorme lección de vida. Para ella y para el mundo.

