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La historia del Ciclón, pródiga en momentos de felicidad, reconoce tres o cuatro épocas de gran esplendor por sobre el resto. Aún hoy habría que debatir para establecer cuáles fueron los mejores momentos, pero no hay gran margen para el error si se eligen dos: el de los Maestros de 1946, aquel equipo del fabuloso ataque formado por Armando Farro, René Pontoni y Rinaldo Fioramonte Martino, y el de los Matadores de 1968, primer campeón invicto del fútbol argentino y muestrario de un juego incomparable.
“Al final se conocían de memoria. Antes de que el Vasco Zubieta levantara la cabeza para meter un pase, ya había tres o cuatro en sus puestos para recibirla, y cuando se juntaban adelante, cerca del área, hacían malabarismos con la pelota. Nunca cargaron a nadie, pero por su forma de jugar eran superiores a todos. No había forma de marcarlos.” Bien vale la mirada, extraída de un viejo reportaje, de Diego García, su director técnico, para empezar a describir qué fue y qué significó para el fútbol el surgimiento de aquel prodigio de equipo que San Lorenzo formó en 1946.
La formación del 46 recogía la base de jugadores que dejó la muy buena campaña de 1941, año en el que los azulgranas perdieron el título sobre el final, con River. Para el Ciclón, el comienzo del torneo de 1946 no fue tan bueno como lo que ocurriría en la segunda rueda. Allí fue cuando apareció la conjunción de cracks que alumbró a uno de los mejores equipos de la historia del profesionalismo nacional. En particular, tres fenómenos en una delantera que hizo 90 goles en 30 partidos, el “Terceto de Oro”. Entre ellos tres sumaron 56. Escalofriante. Mamucho Martino era una celebridad desde el histórico gol que le había hecho al arquero uruguayo Roque Máspoli en el Sudamericano de 1945, en Chile, que le dio el título a la Argentina. Farro, un puntero derecho de gran toque, y Pontoni uno de los más grandes goleadores de la historia de San Lorenzo.
“La gente –siguió García– se acuerda mucho de Farro, Pontoni y Martino porque eran los goleadores, los tipos que daban espectáculo, pero todo el equipo anduvo bien. Si Grecco hubiera nacido cuarenta años más tarde, se habría llenado de plata jugando al fútbol, igual que Colombo y que Zubieta. Era un equipo de jugadores superdotados”. Y así era. A las tres estrellas las acompañaba una orquesta afinadísima. Empezando por el arquero, el yugoslavo Mierko Blazina, heredero de un puesto que habían ocupado hombres como Gualco y Heredia. En el fondo, la presencia de Oscar Basso le entregaba una cobertura majestuosa a todo el equipo; lo acompañaba el vasco Angel Zubieta, apto para la marca y la salida, y en el medio brillaba Bartolomé Colombo, que balanceaba al equipo. La gira por España tras conquistar el título, que se extendió hasta febrero de 1947, terminó de moldear una de las mayores leyendas de nuestro fútbol. El mote de Los Maestros le calzó justo.
Con aquella formación inolvidable, García se daba el gusto de inscribirse otra vez en la historia del Ciclón, que ya lo tenía registrado como gran goleador en el primer título, en 1933. Así definió a ambos: “El equipo en el que jugué era un poco más áspero; el que dirigí... Bueno, es una forma de decir, porque se dirigían casi solos”.
El prólogo se había escrito entre 1963 y 1964, con un equipo que logró lo que pocos en el fútbol argentino: entrar en la historia sin haber sido campeón. Se habla de los Carasucias, de aquella banda de pibes desenfadados que deslumbraban con un fútbol alegre, ofensivo, lujoso. Chicos como Veira, Telch, Casa, Doval o Areán, que ofrecían algo diferente en un fútbol, por entonces, conservador.
El paso de los años después del título de 1959, con Sanfilippo a la cabeza, reinstaló el fantasma de los 13 años: ese tiempo había pasado entre las dos primeras consagraciones (de 1933 a 1946, y del 46 al 59). Pero en 1968 llegó al Ciclón un hombre sabio: Elba de Pádua Lima. Más conocido como Tim, el brasileño moldeó un equipo al que no le faltaba nada: calidad, fortaleza, preciosismo y eficiencia.
Habla Victorio Cocco, hoy. “Los Matadores eran un equipo adelantado en todo. Tim era un tipo tranquilo, que descansaba en la calidad del plantel. No nos complicaba mucho con explicaciones sobre los rivales. Siempre salíamos a jugar igual. Cuando se lesionó Veira perdimos un poco de técnica, porque el Bambino era un jugador creativo, exquisito. Pero con Pedro González ganamos en velocidad para el contraataque.” Una viñeta de un equipo que hizo época, que jugó un fútbol fenomenal, que ganó el Metropolitano de 1968 sin perder nunca –algo jamás logrado hasta entonces–, que anotó 49 goles y recibió 12.
Ahora recuerda el Toti Veglio. “Tim siempre tenía razón. Siempre acertaba. Un día se me acerca y me dice: «Veglio, no divida la pelota». Yo le contesté: «¿Que no divida qué?». Entonces me explicó: «Sí, no divida la pelota, no la lleve delante del pie. Llévela siempre pegada para que no se la saquen». Una simpleza que me dejó sin respuesta. Nosotros teníamos fama de ser un grupo difícil, pero él nos fue convenciendo con sus conocimientos.”
El equipo fue capaz de digerir y superar una circunstancia caprichosa. El torneo se jugó en dos zonas, y el Ciclón, en la suya, le sacó 13 puntos de ventaja al ya famoso Estudiantes (que ese año conquistó su primera Copa Libertadores). Pero ambos ganaron en las semifinales, ante River y Vélez, respectivamente, y se midieron en la final, en el Monumental.
Fue un choque durísimo. Prosigue Cocco: “Ellos ya tenían sus estrategias para calentarte, eran muy ingeniosos. En el primer córner que vamos a tirar, me voy acomodando para cabecear, y un defensor, Fucceneco, que debutaba, empieza a preguntarles a sus compañeros, haciéndose el bol...: «Che, ¿quién es Cocco?». Entonces yo le contesto: «¿Sabés qué pasa, Fucceneco? Vos sos de reserva, no conocés a los de la primera...». Había que jugar con ese equipo. Meterse con Pachamé era pelear... Cuando nos ganaban 1 a 0 se me cruzó por la cabeza lo que ya era fama: éstos te hacen un gol y no les ganás más. Era la táctica contra la técnica, y yo sigo pensando que el que tiene más técnica siempre debe ganar. No lo dudo”.
Y ganó. Ganaron los Matadores, porque primero Veglio la clavó en un ángulo y después, en tiempo suplementario, Fischer terminó de poner las cosas en su lugar. El mejor de todos, donde debía estar.



