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Siempre crei -y creo, por convicción- en la Justicia. Lo que no quiere decir que en algunas ocasiones me sorprenda por ciertas cosas que, a mi criterio, son muy diferentes en nuestra tierra que en otras partes del mundo. Y como me gusta compartir lo que advierto desde mi lugar -podriamos denominarlo como el de un observador imparcial de la realidad, si se me permite-, allá vamos.
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Hace unos días, bastó que el checo Zdenek Zeman, técnico de Roma, dijese que en el fútbol italiano era lo más parecido a una farmacia ambulante, para que se generase un gran escándalo sobre un tema que sacude al deporte: el doping. Como un resorte, inmediatamente intervinieron la Justicia y el Comité Olímpico Italiano. Por estos días siguen presentándose ante los estrados judiciales todos aquellos que levantaron la voz. Desde Zeman, el que tiró la primera piedra; siguiendo por Vialli, por Del Piero y varios dirigentes de clubes italianos. A tal punto que, en algún momento, hasta se habló de que no empezará el certamen local, el más competitivo y caro de mundo, previsto para el 13 del mes próximo, si no se logra que se aclaren las acusaciones.
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Como contrapartida de lo que ocurre en Italia, hace unas horas la AFA bajó el telón sobre un tema que tuvo en vilo al ambiente futbolístico argentino días antes del comienzo del Mundial: el supuesto caso de un control antidoping positivo en un jugador del equipo nacional, que se preparaba en el pueblo de L´Etrat, aquel de la legendaria colina, refugio de los periodistas convertidos en espías, por el solo hecho de seguir los movimientos de un grupo de jugadores de fútbol, que los declaró -a los periodistas para que no haya confusión-, como los enemigos número uno porque hasta se atrevieron a decir la verdad.
Como corolario de la decisión de la AFA -el Tribunal de Disciplina cerró el caso por "inexistencia de infracción"-, recuerdo que en su momento el mismísimo presidente de la entidad de la calle Viamonte 1366, Julio Grondona, había admitido que hubo un caso de control de antidoping positivo.
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Desde mi lugar -no se olviden que soy un observador imparcial, por propia decisión-, sigo de sorpresa en sorpresa. Vi al juez Víctor Perrotta, en el medio de la Bombonera, en una charla con un grupo de hinchas de Boca. No digo que son barrabravas porque el juez Perrotta aclaró que son hinchas. Y como yo creo en la Justicia, le creo al juez Perrotta.
Eso sí: me sorprendió una decisión de hace unas horas en la cual el juez Perrotta le amplió el derecho de admisión -como se cuenta en otra página-, a tres de esos hinchas que estuvieron con él en la Bombonera: Santiago Lancry y los hermanos Rafael y Fernando Diceo, que hasta hace muy poco no podian ingresar en una cancha. Dije que me sorprendió. Nada más. Lo otro, lo que ocurre en Italia, como se actúa y se reacciona, me parece muy diferente a lo que pasa por estas tierras. Y me gustaría saber, para compartirlo algún día, por qué es así. Al fin de cuentas ya me arrogué el derecho de ser un observador imparcial. Y por propia decisión.



