

Encontrá resultados de fútbol en vivo, los próximos partidos, las tablas de posiciones, y todas las estadísticas de los principales torneos del mundo.

LA QUIACA.- En medio de una enorme expectativa, el seleccionado argentino de fútbol arribó, ayer a las 12. 15, al aeropuerto Guillermo Snopek y puso en marcha la aventura de ganarle a la altura.
Más de 5.000 personas saludaron con mucho entusiasmo la llegada del conjunto que dirige Daniel Passarella, y le hicieron sentir su agradecimiento por haber elegido a La Quiaca como base de los entrenamientos de cara al partido frente a Bolivia, a jugarse el próximo 2 de abril.
De inmediato, en el hall del aeropuerto se organizó una conferencia de prensa. Y Passarella, en primer lugar, destacó su gratitud por el afecto del pueblo jujeño: "Estoy muy contento por la manera en que nos han recibido; ya les había dicho a los jugadores que nos iban a brindar un gran cariño, pero me sorprende esta multitud; también quiero agradecer al intendente de La Quiaca, Miguel Angel Tito, por el apoyo logístico al seleccionado", resaltó.
Fue tal la expectativa que produjo el arribo del seleccionado, que el intendente Tito decidió dar asueto desde las 11, para que nadie se perdiera la oportunidad de ver de cerca a las figuras del fútbol argentino.
Con respecto a la posibilidad de incorporar a los futbolistas que actúan en el exterior, Passarella informó que "es muy probable que cite a varios de ellos; van a llegar catorce días antes del partido, espero que se puedan aclimatar. Obviamente, no voy a dar nombres porque además tengo que ver como responden los jugadores que están acá, pero una posibilidad es la de llamar a Ariel Ortega..."
Por otra parte, el entrenador dijo que a alguno de estos jugadores los utilizaría por 25 o 30 minutos sólamente.
Con respecto al plan de trabajo, el entrenador reiteró que el plantel permanecerá hasta el 31 de este mes en esta ciudad e inmediatamente, en un vuelo charter, se trasladarán a La Paz.
"Vamos a jugar algunos partidos amistosos; por allí existe la posibilidad de hacerlo ante Gimnasia y Esgrima (Jujuy), aunque me gustaría también hacerlo con un equipo de La Quiaca", comentó Passarella, en obvia referencia a la oportunidad de medirse con un conjunto habituado a trabajar en la altura.
También se refirió a la incorporación del volante de Vélez Sarsfield Marcelo Herrera: "Fue importante su conocimiento de este lugar, pero también lo citamos porque está pasando un buen momento futbolístico", respondió Passarella.
Igual que en la conferencia realizada anteayer en Ezeiza, le volvieron a solicitar una opinión sobre la limitación de elegir sólo tres jugadores por plantel; esta vez, mucho más tranquilo, Passarella fue preciso y conciliador: "El tema de los cupos estaba definido de antemano y no queda otra alternativa que estar conforme con el mismo".
En otro orden, se mostró esperanzado en que "confiamos en que este largo trabajo que emprenderemos nos servirá para lograr la aclimatación deseada", señaló el director técnico.
Todo se desarrolló en un clima de desbordante alegría; no es habitual que el seleccionado de fútbol se haga presente en este lugar del país. Por eso, un gran porcentaje de los 14.000 habitantes de La Quiaca se acercó para ver a sus ídolos.
Y tamaña demostración de alegría impidió que se celebrase el acto de recibimiento que estaba previsto en la plaza central: el público desbordó los límites de la zona, y los hombres de Passarella no tuvieron más remedio que continuar su ruta; el discurso de bienvenida del intendente Tito quedó para otra oportunidad...
La rutina del conjunto continuó con un sondeo por el lugar de entrenamiento, el complejo deportivo "Carlos Facundo Menem", cuyas instalaciones fueron incrementadas para recibir al equipo argentino, con obras como el arreglo de vestuarios y sanitarios, la cosntrucción de una sala de prensa y de espacios destinados a kinesiología y clínica médica. Inmediatamente se dirigieron al hotel Provincial de Turismo.
Durante todo el trayecto, aproximadamente 10 kilómetros que separan el aeropuerto del hotel, una multitud acompañó el paso de los futbolistas a la vera de la ruta 15.
Además, un buen número de simpatizantes bolivianos de Villazón ( distante 50 metros de La Quiaca) se acercaron para observar al equipo argentino.
Luego del almuerzo en el comedor del hotel de Turismo, los futbolistas se dirigieron a sus habitaciones para descansar.
Por la tarde la actividad continuó en el complejo deportivo a fin de tener el primer contacto con la altura: sólo se efectuó un reconocimiento del campo de juego y una caminata; recién mañana se realizará el primer entrenamiento en la altura, que tal como lo había adelantado el profesor Ricardo Pizzarotti sólo consistirá en movimientos físicos muy livianos.
Nunca es fácil llegar a los extremos. Y aquí estamos, en uno de los confines de la Argentina, detrás de un seleccionado que llegó ayer para quebrar la monotonía de todo un pueblo. Seguramente, el año próximo el seleccionado va a desfilar por los fulgores de París o de cualquiera de las otras sedes del Mundial de Francia, pero esta escala en la puna jujeña quedará como una de las más exóticas en las eliminatorias.
El cartel de bienvenida a la entrada de La Quiaca indica que la separan 5121 kilómetros de Ushuaia, el punto opuesto que cierra a la Argentina con el Sur.
Llegar a La Quiaca demanda alrededor de diez horas, poco menos que un viaje directo a Madrid. Esto, claro, si uno es un simple mortal, que no tiene el privilegio del seleccionado, que arribó al mediodía en un chárter especial. Hasta aquí, no hay vuelo de líneas comerciales, entonces los 290 kilómetros que hay desde la capital, San Salvador de Jujuy, se deben transitar por tierra.
Un trayecto suficiente para comprobar lo árido y agreste del terreno. Si bien se gana camino en la ruta, los cardones (cactus) surgen derechitos como faros; más adelante, aparecerán algunos cabritos, llamas y ovejas que traen a la mente la clonación, la palabra de moda por estos días. Este es el único vestigio de vida que se advierte en forma silvestre.
La cinta asfáltica desaparece en una bifurcación del camino y de allí hacia adelante se abren 130 kilómetros de ripio, que transforman a la combi alquilada en una especie de mezcladora de canto rodado.
A la vera, de repente, se levantan tres caseríos auténticamente fantasmas, que se identifican con los nombres de Tres Cruces, Abre Pampa y La Intermedia.
De entrada, La Quiaca se muestra con sus rituales religiosos callejeros, que congregan a un grupo de feligreses reunidos en la oración y en torno de velas. La ciudad deja ver su cara con toda la crudeza; los recursos mínimos y los rasgos duros y sufridos de algunos de sus 15.000 habitantes.
La Quiaca es ciudad fronteriza con Bolivia; un puente y las oficinas de la aduana y migraciones la unen con Villazón, del lado boliviano. Este es un pasaje incesante de gente, con toda la diversidad de vestimenta del altiplano.
De todas formas, muchos quiaqueños no ven con buenos ojos este constante intercambio, ya que muchos hermanos bolivianos cruzan la frontera con el objetivo de instalarse en esta ciudad.
La aventura de sobrevivir ya es lo suficientemente complicada como para permitir que otros vengan a ganarse la vida.
De todas maneras, esta situación no llega a límites de la intolerancia. Aquí, el tercer y cuarto domingo de octubre es muy célebre la fiesta Manca, en la que predomina el trueque de productos típicos, como ollas, birques y tinajas de todos los tamaños. También se ofrecen comidas regionales y, como en toda fiesta, es una buena ocasión para los bailes y los encuentros sociales.
Claro, otro tema inevitable son los 3400 metros de altitud, la causa principal que atrajo al seleccionado argentino. La función periodística no anda corriendo detrás de una pelota ni haciendo ejercicios físicos, pero el efecto de la altura no discriminan a nadie y trata por igual a todos los que vengan del llano.
Están las causas reales y todo lo que se encargue de somatizar la mete de cada uno. La cefalea, los trastornos gastrointestinales y la fatiga son enemigos que uno siente que lo persiguen y que lo pueden atacar en cualquier momento. Quedan veinte días para adaptarse o dar la batalla por perdida.

