Diego, el Trinche Carlovich y la fama

La estampa del Trinche Carlovich
La estampa del Trinche Carlovich Fuente: LA NACION
Ezequiel Fernández Moores
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10 de abril de 2019  • 00:01

Ya es casi un veterano, tiene 28 años, y juega en Primera C. Pero el Trinche Carlovich es leyenda. La rompe en el combinado de estrellas rosarinas (Mario Zanabria, el Mono Obberti y Mario Kempes, entre otros) que humilla a la selección argentina antes del Mundial 74. El partido terminó 3-1 y Carlovich, dicen las crónicas, fue cambiado a pedido de Vladislao Cap, DT de la selección. En 1976, el Trinche, que ya tiene 30 años y apenas dos partidos en la primera de Rosario Central, ambos jugados siete temporadas atrás, es convocado a entrenarse con la selección por César Menotti, nuevo DT. El Trinche no va. Niega que lo haya retenido la pesca. El misterio de Carlovich hoy es libro y hasta pieza flamante de teatro. El Trinche, nos dicen, es "el Maradona que no fue". El Diego verdadero, en cambio, será nuevo documental.

Asif Kapadia, director inglés de origen indio, ganó celebridad en 2010 con su formidable documental de Ayrton Senna, el apasionado "piloto de Dios" que corría bajo la lluvia, viajes místicos a 300 km/h, hasta que se mató en Imola. Y en 2015 Kapadia fue Oscar por "Amy", el documental conmovedor que desnuda la fragilidad de Amy Winehouse. Esquelética, triste, ropa ensangrentada, moretones, vómitos, rímel corrido, dedos quemados por la pipa de crack y ese último concierto de Belgrado, imposibilitada de mantenerse en pie, completamente borracha.

Senna murió a los 34 años, Amy a los 27. Maradona, en cambio, no solo está vivo. Cada semana, cada día, Diego puede ser una película nueva. Kapadia centra su relato en el Diego napolitano. Nápoles como metáfora. Una historia que cerró en 1991. "Luciano, vieni quá", llamó Maradona al dirigente Luciano Moggi mientras entraba en el control antidoping tras un partido ante Bari. "Vengo Diego, ci penso io" (Voy Diego, dejámelo a mí), le respondió Moggi, el dirigente que salvaba los momentos difíciles. Diego ya había dado lo mejor. "No saben lo que se perdieron", escribían los fanáticos felices en el cementerio. Y, además, Diego acababa de eliminar a Italia de su propio Mundial. Maradona consumió siempre en Nápoles. Al octavo año, tras 258 partidos, en el 259, el control dio positivo de cocaína.

"Vesubio lavali", "Senti che puzza.". Son cantos de las hinchadas del norte más rico cuando juegan contra Napoli. Que el volcán Vesubio erupte y que "hay olor". El documental de Kapadia, que tiene fecha de estreno el 14 de junio en Inglaterra y más que probable presentación en mayo en Cannes (como "Amy" en 2015), nace cuando el director ve escenas de un viejo documental jamás publicado. Impactan las escenas del arribo de Diego a Nápoles. Las imágenes que aceleran y desaceleran. Diego crudo acaso como nunca y sensible en Dubai, más disponible porque además conocía y había disfrutado del documental de Senna. Y entrevistados a los que Kapadia interroga horas y horas, respuestas repetidas decenas de veces, con pedidos de énfasis según la expresión. "El lado oscuro contado de modo luminoso y el lado divino de manera humana. Es una versión exacta -me dice Daniel Arcucci, uno de los entrevistados, biógrafo de Diego-; ni adulatoria ni condenatoria, no justifica, no endiosa, no condena. Es una maravilla".

La muy europea Federación Internacional de Automovilismo (FIA) del francés Jean Marie Balestre y el archirrival Alain Prost en el caso de Senna. El padre, el promotor, el marido yonki y los paparazzi en el de Amy. Bocón y arrogante, Maradona, claro, también coleccionaba "enemigos". Y juega el morbo por la caída. ¿Pero cómo contar que el ídolo -usado, sobreprotegido y también expuesto- puede ser acaso también el responsable de sus propios actos? Ruy Castro comprende como nadie en su gran biografía sobre Garrincha (Estrella solitaria) que los procesos de autodestrucción siguen inevitables si el ídolo sigue encerrado en el atajo victimista. Carlovich, en cambio, eligió eludir la droga de la fama. Podía ser alguna indisciplina, un vino o alguna mujer, pero jugó apenas cuatro partidos en Primera. En el ascenso, en ligas chacareras, en la infancia del potrero, sin Youtube, quedan como única referencia los grandes elogios de Menotti, José Pekerman y otros para alimentar el mito del "jugador invisible", pero que "era tan bueno como Maradona".

Alejandro Caravario, autor de "Trinche" (Planeta), se estrelló con las oportunas lagunas en la memoria de Carlovich, que a los 72 años conserva el aire ermitaño y melancólico de cuando brillaba en Central Córdoba, pelo largo y medias bajas, zurdo con aire de Riquelme. En "El Trinche. El mejor futbolista del mundo", la obra teatral de Jorge Eines y José Fernández que se estrenó el viernes pasado en Buenos Aires, el periodista que lo interroga no comprende cómo a Carlovich no le interesa salir en la tapa de El Gráfico. Cómo el deseo es propio y no de los demás. No debe ser casual que, en su primera película, en 2000, Kapadia indagara sobre el dolor de "El Guerrero". Ahora es Maradona. "Cuando lo golpean se levanta", dijo Kapadia semanas atrás en Dinamarca. Me recuerda Fernando Signorini, también entrevistado en el documental, que al ricachón Gianni Agnelli le preguntaron en 1984 por qué su poderosa Juventus no había fichado a Maradona. "No somos tan ricos para tenerlo -respondió Agnelli-, ni tan pobres para necesitarlo".

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