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Se fue Doohan. No le tembló la voz ni lo acosaron los fantasmas de algún posterior arrepentimiento. Como cada decisión tomada durante su carrera, lo suyo está bien resuelto. Y aparece como definitivo. Cansado de padecer una recuperación que intuye eterna y frustrado por vivir las competencias desde afuera de los circuitos, el australiano Michael Doohan, de 34 años, cinco veces campeón mundial de motociclismo, le bajó el telón a su carrera deportiva.
Después de las numerosas fracturas sufridas en mayo último, en el trazado de Jerez (pierna, hombro y clavícula derechos y la muñeca izquierda, además de distensión de ligamentos en la rodilla izquierda), el múltiple campeón no sólo perdió todas las posibilidades de luchar por el título del 99 en los 500cc. Empezaba entonces un calvario que -tres operaciones incluidas- se fundía con su ansiedad por volver y con el predecible riesgo de buscar acelerar los tiempos del regreso.
Se fue Doohan. En Australia se preguntan si alguna vez alguien podrá hacer ondear tantas veces la bandera nacional en la vuelta de honor. Atrás quedan memorables duelos con su compatriota Wayne Gardner, en los albores de la década, cuando éste le enseñaba a Doohan el duro trajín de la cilindrada mayor del Circus. Antes de descubrir, claro, que aquel impetuoso muchacho pronto le ganaría a todos y sin depender de nadie. A Eddie Lawson, a Wayne Rainey...
En 1992 iba camino a un título seguro y un espectacular accidente en Assen, Holanda, le destrozó la pierna derecha. El dolor lacerante lo forzó a una excursión por los más renombrados centros especializados. El diagnóstico era siempre el mismo: la amputación irreversible. El doctor italiano Claudio Costa se opuso y lo salvó. El piloto volvió a vivir y a correr en moto. Y a caminar, aunque ya no dejaría de arrastrar su pie derecho.
Se fue Doohan. Su temple se puso a prueba con lo que vino. Una larga recuperación y la ilusión del Nº 1 postergada. En el 93, Kevin Schwantz se llevó un título con macabros ribetes:Rainey quedaba confinado a una silla de ruedas de por vida y Doohan lloraba en las últimas vueltas de cada GP porque su cicatrizada pierna lo martirizaba impiadosamente.
El dolor fue desapareciendo. ¿Cómo iba a irse Doohan sin ser campeón mundial si se sabía superior al resto? Fiel a una marca (Honda), a un jefe que confió a muerte en él (Jerry Burgess) y a un médico (el doctor Costa), se rehizo. Y arrasó con quien se le puso delante.
Los campeonatos llegaron como una guarda de perlas:el de 1994, cuando el rojo adornaba buena parte de su moto;el de 1995, cuando engañó a todos aseverando que estaba "hecho";el de 1996, aunque Alex Crivillé ya amenazaba con querer discutirle primacías en su equipo;el de 1997, ratificando que era el mejor, y el de 1998, aunque le pronosticaron una abdicación en pos del debutante Max Biaggi, que no hizo mella en su ánimo. Después, aquel mediodía en Jerez 99. Una pista algo húmeda. La caída. El no va más por toda la temporada. Y el primer título que se escapa en tantos años...
Se fue Doohan. Vaya paradoja. Sus colegas lo llaman el hombre de hierro y todo lo que arrastra su dificultosa caminata es una frágil carga de huesos rotos que algunos tornillos se esfuerzan en mantener medianamente firme.
"Quería seguir, pero debo aceptar que mi cuerpo no está en condiciones de competir", dijo ayer en su casa de Gold Coast. Desde Madrid, Crivillé lo lamentó:"Lo echaré de menos", expresó, imaginando la amargura de un motociclista que no volverá a conducir. "Tuvimos grandes enfrentamientos, pero siempre enmarcados por el respeto", agregó el español. Y no hay dudas de ello.
Se fue Doohan. No como quería, seguramente. Pero permitiéndose una licencia que es todo un lujo: no cualquiera puede sentirse una leyenda en vida. Una auténtica leyenda. Hecha a fuerza de golpes. Y sin sentido metafórico alguno...



