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MAR DEL PLATA.- Ultimo tiempo para las palabras. Momento para la presentación antes de que la fuerza destroce las frases, los vaticinios y demás intentos por explicar, con la razón, algo que es puramente físico. Duelo de guapos, lo llaman. Acertaron. Porque el valor supremo de los hombres duros distingue a Roberto Durán y a Jorge Castro. Sobre el ring no saben de retrocesos: siempre avanzan. Esta noche, desde las 23, con televisación en directo por Telefé, chocarán en el Polideportivo de esta ciudad. Y uno deberá ir hacia atrás. Inevitablemente.
Mano de Piedra -mote que no justifica hace rato- es un veterano en esto de sobrevivir entre las cuerdas. Supervivencia que tiene que haberle causado bastante desgaste, por más que no se le note en la cara o en el cuerpo, después de dar y recibir golpes durante buena parte de sus 46 años. Es una leyenda. No una realidad. El concepto escapa a cualquier resultado. Porque si en esto del boxeo una mano cambia todo -como se escucha seguido-, la definición de su presente no dependerá de la ilógica curva que realice un brazo.
Castro nació el 18 de agosto de 1967. Ciento sesenta y tres días después de que Durán ganase por puntos su primer pelea profesional. La diferencia de edad es demasiada. Decisiva, si es que el panameño no acierta rápido.
Pero si Durán apoya su futuro en un golpe, se encontrará un adversario que jamás perdió por KO. Y eso que le pegaron mucho y bien. Recordar, por caso, las peleas con Terry Norris, Roy Jones y John Jackson. Castro aguantó siempre. Por agallas y firmeza en su cabeza, tan dura para soportar golpes como impermeable a los consejos.
Encima, Castro llegará al combate con una preparación envidiable en su mejor época. Sabe que no puede permitirse perder. Frente a un Mano de Piedra más joven, una derrota hubiese sido un honor. Hoy, todo cambió. Castro lo comprendió bien: "Si le gano, triunfo frente a un viejo; si pierdo, me ganó un viejo. Aquí, el único que arriesga soy yo".
Es cierto que un traspié frustraría sus nuevas aspiraciones. Sin embargo, una victoria contundente sobre Durán podría darle la ayuda que necesita para ir en busca de la corona mundial de los supermedianos. Por el tema de la promoción, se entiende. Es que su presentación como vencedor de un mito viviente le abriría muchas puertas.
En cambio, el panameño está seguro de que hoy no terminará su carrera. Su nombre vende. Lo demuestra el hecho de que se pague en la Argentina $ 500 por un ring-side. Por más que el ticket incluya la invitación a una buena cena. Si resulta negocio por aquí, más beneficios se obtendrán en los Estados Unidos, donde para la pelea más insignificante se manejan cifras que enrojecen cualquier cosa menos las cuentas bancarias.
Es más, Durán es necesario para el tour seniors que se prepara ante la carencia de jóvenes carismáticos. Con Oscar de la Hoya no alcanza. Con Mike Tyson y Evander Holyfield se hará un solo negocio. Los promotores -llámese Don King o Bob Arum- requieren de más peleas que entretengan a la diosa TV. Los talentosos Pernell Whitaker, Roy Jones y Félix Trinidad no alcanzan la popularidad que eleva el raiting.
Por eso se recurre a Ray Sugar Leonard y a Héctor Camacho. El ganador -o los dos- tiene turno con Durán. Por allí sigue Tommy Hearns; se tentó también al regreso de Marvin Hagler. Los gladiadores de los 80 vuelven a la arena.
Por eso, Durán tendrá garantizada su inverosímil vigencia. El gran show lo llama. Pero, salvo las dos peleas -y derrotas- con Vinny Pazienza, en la década del "90, nunca se enfrentó con alguien de la potencia, capacidad y experiencia de Castro.
Será, sí, un duelo de guapos. Porque hoy esa es la única condición que los iguala. Algo que no cambiará por un piñazo afortunado.

