El chico que se agregó un nombre en honor a su entrenador, encontró en el rugby una familia y fue adoptado

Nicolás pasaba todo el día en Los Tilos; al terminar, volvía a su instituto de menores en La Plata.
Nicolás pasaba todo el día en Los Tilos; al terminar, volvía a su instituto de menores en La Plata.
Marcos Marini Rivera
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22 de febrero de 2019  • 15:22

Nicolás no tenía familia y vivía en hogares de menores. Escrita de esa forma, parece una historia triste. Pero lejos está hoy de la tristeza el chico de 10 años y sonrisa pícara al que un día el rugby le dio la mano para no soltarlo y hacerlo encontrar en el deporte su escuela de vida. Una escuela que le ofreció herramientas educativas, que le enseñó a ser paciente y a perseverar. Con ocho años, pisó por primera vez las canchas de Los Tilos , club de La Plata. El objetivo era aprender a jugar con la ovalada, pero también abrazarse al valor de la amistad y al respeto a los rivales.

La historia tiene origen en Gastón Tuculet, padre de Juan Pedro, un muchacho de 19 años que murió baleado en un asalto por un chico de la misma edad, en Villa Elisa, partido de La Plata, en marzo de 2013. Ese dolor llevó a Tuculet a la acción. Quiso contagiar de rugby a los institutos de menores de La Plata.

"A Nicolás y a otros chicos yo los llevaba del instituto al club. Él tenía muy buena onda con mi hijo Manuel. Un día le dimos ropa, lo vestimos. A partir de eso empezó a entrenarse. Soy un convencido de que con el rugby se puede modificarle el destino a la gente. Los que hemos tenido problemas muy serios tenemos que levantar a muchos y construir una sociedad que tenga mejores hábitos", afirma Tuculet, tío de Joaquín , el fullback de los Pumas y Jaguares.

Tacklear es lo que más le gusta al pequeño, que ahora vive en Santa Fe junto a su hermano de 12 años y sus nuevos padres.
Tacklear es lo que más le gusta al pequeño, que ahora vive en Santa Fe junto a su hermano de 12 años y sus nuevos padres.

Durante dos años, Nicolás integró las divisiones infantiles. Luego de divertirse en los entrenamientos, todos los días volvía a su instituto de Villa Elisa. A veces triste, a veces contento, pero siempre con una esperanza que se le negaba: encontrar una familia. Hace poco, su vida cambió radicalmente: a Nicolás le tocó la alegría de tener mamá y papá adoptivos. Pero no era sencilla la situación, que requería un cambio de radicación, alejarse de Los Tilos. El nuevo destino era Santa Fe, al que iría en compañía de su hermano Iván, de 12 años.

Hace unos días, Nicolás sorprendió al agregar el nombre "Gonzalo" a su documento, con autorización de una jueza. ¿Por qué? Lo hizo en honor a su entrenador en Los Tilos, Gonzalo Zárate. "Lo que me enseñó Gonzalo es un tackle contundente y a cuidar siempre a mis amigos", dice Nicolás. Mary, su flamante madre (36 años, comerciante; prefiere no revelar su apellido), se reconoce nueva en el deporte. Y también para ella y su marido cambia la vida: llevaban de 15 años de habitar una casa silenciosa.

"Son chicos que nunca se aburren, hiperkinéticos. Venían muy golpeados por la historia. Esperaban desde hacía bastante una familia", cuenta Mary. Ese movimiento constante es la tecla que a Nicolás lo hace soñar siempre con el rugby. "Quiero jugar en los Pumas. Me gusta correr rápido por la línea y patear la pelota por el aire", apunta verborrágico. Pueden ser las 11 de la noche de un jueves y que Nicolás siga sin acusar recibo de cansancio. A pesar de haber estado todo el día en la colonia de vacaciones, habla y habla. Y sus palabras tienen un destinatario: Gonzalo Zárate, aquel entrenador de Los Tilos.

"Necesito verlo porque lo extraño. Y ahora me salió con esta noticia de que se puso mi nombre. Es la gloria. Nos mandamos mensajes. Me cuenta que aprendió a leer, que sigue dando su tackle", se conmueve el preparador de pequeños rugbiers. "Nicolás es muy fuerte; mostraba muchas ganas, una energía tremenda. Pero también requería de mucha atención. A veces salía corriendo porque se enojaba y había que ir detrás de él. Estos chicos venían de sufrir bastante y necesitaban de cuidados diferentes", manifiesta Zárate, dermatólogo de profesión, docente por vocación.

"Nico iba, tacklaeaba y me decía «¿viste cómo bajé a tres? Les di su merecido». Le comprábamos un cono de papas fritas cuando se portaba bien. Él tuvo este gesto conmigo, pero éramos diez los entrenadores que estábamos todo el día con él. Yo soy la cara visible, pero no me olvido de todo el grupo humano. Siempre intentamos mostrarles a los chicos el ejemplo; eso es lo primordial para que ellos se humanicen. Esta hermosa historia es Los Tilos, una gran familia integradora", se emociona Gonzalo.

También Gastón Tuculet, el factótum de los nuevos rugbiers, tiene algo por decir. "Esto es la frutilla del postre de seis años en que venimos trabajando en el club. Esto es un trabajo en equipo que los profesores Mariela Pinto, Ariel Rodríguez y Carola Lima y yo hacemos con el Organismo de Niñez y Adolescencia. Los chicos que no tienen familia o a los que la familia los abandona pasan a estar tutelados por el Estado. Los chiquitos están en hogares, y los jóvenes con causa penal, en centros cerrados de contención. En el caso de los que tienen causas penales, se procura acercar los clubes a las instituciones. Los que no tienen causas, directamente asisten a los clubes. Así fue lo de Nicolás e Iván", explica el papá del fallecido Juan Pedro. Y agrega: "Los acompañamos siempre. Cuando jugábamos en Los Tilos, ellos se quedaban ahí todo el día. En el hogar hay chicos por abandonos, por malos tratos, por pérdida de familia y por cuestiones penales. En Los Tilos creemos que el club era lo más cercano a una familia a la que ellos podían acceder".

En sus inicios como médico, Zárate se capacitó diez años en la policía científica y eso le trazó un camino: siempre estuvo en espacios de dolor. "Hacía reconocimientos médicos a chicos víctimas de abusos, lastimados. Mi formación fue ir a las cárceles, a los hogares, y ver a muchos niños golpeados por drogadicción y heridas de todo tipo. Conviví mucho con esas situaciones. Estoy muy emocionado. Estas cosas no pasan todos los días. Es muy raro que de un nene salga eso, porque muestra que no hay ningún interés. El día en que llegó al club, Nico se quedó conmigo. Como sociedad estamos todo el día consumiendo agresiones. Eso se retroalimenta y se contagia. Y lo que nosotros queremos contagiar es lo que genera alegría", cuenta el médico-entrenador.

Nicolás decidió agregarse el nombre de Gonzalo por amor a su entrenador, a sus amigos, a sus tackles. A la celebración de la vida junto a la familia del rugby, sea en Los Tilos, en una cancha de Santa Fe o, acorde con sus sueños, algún día en los Pumas.

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