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LA PLATA.- El 6 de agosto de 1967 el Pincha se consagró campeón y el Lobo se acopló a los festejos del otro equipo de la ciudad: el club embanderó e iluminó su sede, y a Estudiantes le llegó el siguiente telegrama: "Gimnasia y Esgrima adhiere al júbilo por la obtención del campeonato metropolitano".
Unos meses después, el 10 de diciembre, los hinchas de ambas instituciones celebraron juntos. El León empató 0-0 en la cancha de Boca y se clasificó a la Copa Libertadores, mientras que el Tripero goleó 6-0 a Atlético de la Juventud de San Juan e ingresó en el Nacional. La intersección de Avenida 7 y Calle 50 se convirtió en una gran fiesta popular. Hubo cantos y banderas. No se registraron incidentes.
Todo cambió. La transformación fue tan grande que en los últimos años hasta hubo varios clásicos de voleibol femenino que debieron jugarse... sin público visitante. ¿Cuándo se dio la metamorfosis? Imposible ponerle una fecha. La sociedad fue girando hacia la violencia y la intolerancia, y el fútbol refleja el deterioro de los valores. Primero era un juego, luego se convirtió en deporte, para devenir en esto: una competencia en la que no está permitido perder. Al menos en la Argentina se vive así. Mientras en Europa los simpatizantes rivales comparten subtes y trenes, acá le prohibimos el ingreso al considerado enemigo.
Pero volvamos a La Plata. Como ocurre en Rosario, hoy la división es total. Los abuelos que querían a su equipo y simpatizaban por el otro club de la ciudad hoy ya no están. En la actualidad se disfruta más la derrota ajena, que el triunfo propio. Y esto no es de ahora.
En 1994, Estudiantes se fue al descenso por segunda vez en su historia. ¿Qué hizo la gente de Gimnasia? Organizó la 'Marcha del Silencio' y miles de personas se congregaron en un gran funeral. Un año más tarde llegó la venganza. Los fanáticos del Pincha, que ya había ascendido, armaron la 'Marcha de la Risa' porque al Lobo se le escapó el campeonato de Primera. Payasos y bufones coparon las calles.
Si la cargada quedara en eso, no habría demasiado drama. El problema es que la bola de nieve nunca dejó de aumentar su tamaño y hoy el futbolista siente que no puede perder. En La Plata los clásicos duran un mes (literal): dos semanas antes comienza la previa, dos semanas después se disipa la euforia. Y en ese contexto, hasta una gota de agua puede encender la fogata.
A veces la nota negativa la impone un barrabrava y el desenlace es una tragedia. En otras ocasiones, como el domingo, la nota triste la brindan los futbolistas y el final es un papelón. Todos somos cómplices. La policía es ineficaz, la justicia no actúa y el periodismo continúa con el vicio de narrar partidos de fútbol con términos bélicos.
Hace menos de dos años, Estudiantes y Gimnasia se cruzaron por primera vez en un certamen internacional. Lejos estuvo de ser una fiesta. El encuentro de ida se tuvo que disputar a las 14, por cuestiones de seguridad, ninguno de los dos cotejos contó con público visitante y cuando finalizó la serie un hincha fue apuñalado. Sin embargo, el show continuó.
"Tenemos que bajar un cambio todos, no sólo los protagonistas. Es algo que tiene que trabajar cada club de manera interna para que los chicos reciban un mejor ejemplo de los más grandes. Esto se corrige con educación y con respeto hacia el otro", le dijo Verón, presidente de Estudiantes, a LA NACION.
"Para mejorar lo que pasa en el fútbol, primero hay que corregir lo que sucede en la sociedad. La violencia también se ve en la calle, en la política y hasta en el espectáculo. La falta de tolerancia es la esencia argentina y tenemos que cambiar eso. Ojo, ustedes también son culpables eh, que prefieren pelearse por televisión que hablar de fútbol", agregó Troglio, entrenador de Gimnasia, quien condenó la pelea del final como así también las dos violentas patadas que derivaron en las expulsiones de Pereira y Ascacibar.
Los hinchas deberían escuchar a sus máximos ídolos, que han sido sensatos. El grotesco episodio del domingo debe marcar un quiebre.

