

Encontrá resultados de fútbol en vivo, los próximos partidos, las tablas de posiciones, y todas las estadísticas de los principales torneos del mundo.


El Mundial de México 1986 arrojó infinidad de anécdotas, historias, curiosidades. Muchas de ellas llegaron de la mano de Carlos Bilardo y sus cábalas, una práctica que se fue esparciendo en todo el plantel. A 30 años de la conquista, varios de esos relatos son mundialmente famosos. Por estos días, los futbolistas suelen decir que vivieron un 2016 "particular, en el que tuvimos que contar varias veces lo sucedido; normal, el requerimiento mediático fue enorme. El recuerdo de ese logro se hace cada vez más grande", aseguran. Pero siempre queda alguna historia que tal vez no se conozca o en todo caso que vale la pena refrescar: Julio Jorge Olarticoechea, el protagonista. En realidad, el Vasco y un hombre que lo persiguió durante horas e incluso días. Hoy la historia vuelve a tomar trascendencia por el aniversario de la conquista y porque el Vasco vuelve a estar en el centro de la escena: acaba de asumir como entrenador de la selección olímpica.
"Apenas terminó la final yo me fui al banco de suplentes a tomar agua, mientras preparaban la ceremonia. Era todo una locura, yo tenía ganas de relajarme y mirar desde afuera todo lo que habíamos generado. Minutos después, cuando mis compañeros empiezan a dar la vuelta olímpica, salí corriendo para acoplarme. Rápidamente, se me pega un argentino. No me daba respiro, me pedía la camiseta y yo me negaba. Dio toda la vuelta a mi lado, insistiendo", relata Olarticoechea, en diálogo con LA NACION, a propósito de aquel episodio.
Cerca del final, el hombre se jugó la última carta. Claramente, era persistente y nada lo desvió de su objetivo. Fue un poco más allá: el hecho de pedir sin entregar nada a cambio no daba resultados. En su mano llevaba puesto un reloj Rolex. "¡Dale, Vasco! Tomá, te lo cambio por la camiseta", soltó. "Por supuesto que le dije que no…", fue la respuesta de Olarticoechea.
El 30 de junio de 1986, un día después de la consagración argentina, el hombre, insistente como pocos, apareció por la concentración del América de México. Los jugadores, más relajados, disfrutaban del día después con familiares y allegados. De hecho, en un festejo privado, todos los futbolistas se tomaron de sus manos y dieron una vuelta olímpica simbólica en el lugar que los había albergado durante más de un mes. "El tipo volvió a aparecer, ahora en el complejo del América. Era una cosa de locos, quería la camiseta de cualquier manera. Insistía con darme su reloj a cambio", cuenta Olarticoechea. "Supuestamente, yo era el ídolo…", dice sonriendo.
Hasta ahí, la historia sería una más, de esas que cotidianamente podemos ver en nuestro fútbol. Pero resta una parte: para cerrar el círculo hay que remontarse a 1999. Un grupo de ex futbolistas argentinos se trasladó a Costa Rica para jugar un partido ante un combinado local. Entre ellos, varios campeones del mundo como Ubaldo Pato Fillol, Luis Galván y Héctor Enrique. También Olarticoechea. La embajada nacional en aquel país los agasajó con un asado.
"Vasco, ese hombre que está allá, en la otra mesa, te quiere saludar. Dice que te conoce", le comentó alguien. Era el hombre que lo había corrido por México dos días para pedirte la camiseta.
"Siempre me llama la atención la capacidad que tenemos los argentinos para estar en cualquier lado: en la cancha, en la concentración y después en Costa Rica. ¡En un asado en la Embajada! Fue increíble. Capaz que ahora me lee, se acuerda y aparece, ja", dice el Vasco. Nuevamente en escena, 13 años después, el hombre que quería su tesoro. "Y pensar que es la única camiseta que me queda, las demás las regalé a todas", aclara el ex futbolista.
Olarticoechea apenas le hizo una pregunta, una duda que le había quedado a lo largo de todos esos años: "Che, ¿el Rolex era trucho?".
El hombre de la camiseta estalló de la risa y soltó una carcajada. Todos en la mesa se sumaron.
El Vasco también sonrió. "Con eso me dijo todo… Era un chanta de aquellos".

